El reino de la corrupción (El reino)
España-Francia, 2018, 132′
Dirigida por Rodrigo Sorogoyen.
Con Antonio de la Torre, Mónica López, José María Pou, Nacho Fresneda, Ana Wagener y Bárbara Lennie.

Caiga quien caiga

Por Carla Leonardi

Un plano secuencia muestra el ingreso de un hombre de traje desde la playa, caminando por los pasillos, para pasar por la cocina, tomar el pedido y entregarlo en la mesa para deleite de sus compañeros. Se trata de un almuerzo de miembros de un partido político de España, del cual el hombre en cuestión es un importante cuadro. Este virtuoso plano secuencia es interesante porque ya da cuenta de la habilidad del protagonista para moverse en el lado de atrás de la fachada visible. El comienzo de El Reino de la corrupción nos muestra la vida de opulencia y lujuria de esta banda de “Compañeros” de militancia que se dicen amigos: comidas en restaurantes de nivel, paseos y fiestas en yates, vidas familiares acomodadas.

El protagonista, Manuel López Vidal (Antonio de la Torre) es el viceministro de gobierno de una provincia, con aspiraciones de ascender en el cargo político a nivel nacional. Desde Madrid, el gobierno quiere dar una imagen de transparencia y nombra a Rodrigo Alvarado (Francisco Reyes) como interventor. Es así como se filtra información y estalla la causa de corrupción que involucra a Paco (Nacho Fresneda), un miembro del partido allegado a Manuel y que podría salpicarlo. Efectivamente, tras una apariencia de protección que le brindan miembros superiores del partido celebrando un pacto de silencio hasta que Paco sea liberado, no obstante; en medio de la caza de brujas, se termina filtrando un audio que lo involucra. La presión por las próximas elecciones, donde no es lo mismo la imagen una banda organizada que un caso aislado, hace que la cúpula inste a Manuel a asumir los cargos que se le imputan y a quedar fuera del partido. Manuel se constituye entonces en el chivo expiatorio al que el le sueltan la mano, precisamente aquellos que se decían sus amigos. 

Planteada la situación, la película se desarrolla como una ficción de género político, hibridada con el cine criminal, donde el partido aparece como una suerte de pandilla gangsteril de guante blanco. Es ese el motivo que justifica que esté narrada empleando acertadamente los recursos narrativos y formales del thriller para dar cuenta del encierro y la situación límite en la que se encuentra el protagonista. A partir de entonces asistimos al descenso al abismo en caída libre de Manuel, al ritmo de tensión frenética, marcada por la banda sonora de compás electrónico y por los planos en espacios cada vez más claustrofóbicos y oscuros que dan cuenta de la atmósfera paranoica en la que el protagonista se va sumiendo. 

Las causas de corrupción que afectaron en el último tiempo al PP español, fueron resonantes, y si bien fueron la fuente de inspiración para esta ficción, el director opta por no especificar claramente de qué partido político se trata, pues apunta a un cuestionamiento amplio de la clase política española en su conjunto. El director da cuenta de la superficialidad y la hipocresía de los vínculos en la política donde en los buenos tiempos todos se dicen amigos y se disponen a hacerse favores, pero que son capaces de actos de vileza y traición en cuanto hay presunción de ser manchados por un escándalo, todo con tal de cuidar su puesto y su carrera. 

Pero Manuel no acepta ser el cordero sacrificial del partido y apunta a hacer todo lo posible por zafar de las causas en su contra, ya que no considera haber hecho nada malo, sino “apenas” ser parte de un engranaje corrupto que funciona desde hace añares. Según su punto de vista, él es un mero soldado que cumplía órdenes, excusándose así de su responsabilidad. Dejado en banda por los buenos muchachos del partido, apunta a hacer todo lo posible por hacerlos caer a todos. Pese a que Manuel es el chivo expiatorio de la banda de amigotes en el poder, la película tiene la virtud de no lo colocarlo en el lugar de víctima ni en el del héroe que ha caído y tiene oportunidad de redimirse. Cada acto que Manuel realiza para desrenponsabilizarse de los cargos, lo aleja aún más de las posibilidades de que el espectador empatice con él. 

La venganza de López Vidal no se trama en el terreno judicial. Manuel no es un “arrepentido” que acepta su culpabilidad y en el marco de la ley denuncia los hechos de corrupción de otras miembros del Partido a cambio de beneficios en su causa, como es la posición de otro funcionario del partido, que así actúa en función de la vergüenza y la mancha en la imagen en relación a sus hijos. La posición de Manuel es claramente de un cinismo canallesco. De ahí que se vea involucrado en una cadena de actos cada vez más oscuros, que empiezan por intentos por “arreglar” su situación, pasan luego por el engaño, la invasión a la privacidad de otros, y finalmente llegan hasta el asesinato, con tal de no caer en soledad y salvar su futuro político. No hay sentido de dignidad, ni moral alguna ni una mínima posibilidad de reflexión sobre sus actos que operen como punto de detención en su fuga hacia adelante con tal de salvar su pellejo. Para Manuel, como para mucha gente, la corrupción es una situación normal y cotidiana que forma parte del ejercicio de la política y que no es necesario poner en cuestión. 

“El Reino” del titulo hace referencia a un territorio delimitado en el cual el amo ejerce su dominio. El agregado “de la corrupción”, acentúa la dimensión de la voluntad de poseer a través de enriquecerse a partir de los privilegios que da tener un cargo en el Estado. La política es un mundo sostenido en un orden jerárquico, donde siempre hay un pez más grande por encima. La cuestión es entonces poder soportar la pasividad en relación a otro hombre, sin experimentarla como un menoscabo. Que el partido le suelte la mano, es experimentado por Manuel como ser sodomizado, por el sucedáneo del padre, esa suerte de “Padrino” que es el presidente autonómico José Luis Frías (Josep Maria Pou). La dificultad para resolver simbólicamente su complejo de inferioridad, es lo que explica que no pueda tramitar esa rivalidad en el terreno de la justicia y que se inmole en ese ultimo acto de linchamiento mediático haciendo pública la “libreta” que da cuenta de los pecados de la corrupción del partido en un reconocido programa de televisión. 

En un lógica masculina, la posibilidad de tener mayor poder (que reforzaría la virilidad) es una buena estrategia de convencimiento a la hora de realizar un pacto de intercambio. Esta vía de soborno es la que Manuel aplica con Alvarado y también con Amaia (Barbara Lennie), la periodista estelar. Respecto a esta ultima, Manuel está dispuesto a darle el sustituto simbólico que le falta para que la tomen en serio, esto es una primicia exclusiva de su propia mano. En este punto es donde Manuel yerra. Es esta dimensión femenina la clave, precisamente porque desde este punto de vista simbólico, no le falta nada y tampoco tiene nada que perder: en ningún momento adopta una actitud condescendiente con López Vidal, sino que lo confronta y lo cuestiona públicamente respecto de lo que él considera como un acto heroico (presentar públicamente las libretas de la corrupción) y esto aunque le cueste su puesto de periodista estrella del canal de televisión cuyos directores mantienen relaciones de connivencia con la clase política. 

Sin girar en torno a señalamientos específicos, la película construye entonces una idea, que es la que mejor funciona con el universal que plantean los géneros: puede construirse un film de gangsters con el sistema político funcionando del mismo modo que una mafia. Desde esa elección, por tanto, la película de Sorogoyen excede los problemas de un país, de un tiempo y de un espacio específico. Por eso el contexto y la coyuntura no se limitan a España, motivo que convierte al film en uno particularmente perturbador y cuestionado de casi cualquier sistema político que conozcamos.

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