El silencio es un cuerpo que cae
Argentina, 2018, 72′
Dirigida por Agustina Comedi

Lo que esconde la mirada

Por Marcos Rodriguez

La mayor parte de las imágenes que componen El silencio es un cuerpo que cae provienen de las filmaciones caseras que realizó el padre de la directora a lo largo de varios años. Se trata de un material que, a pesar de lo abundante (o tal vez precisamente por ello), parecería tirar hacia lo banal: viajes familiares, reuniones, asados, celebraciones varias, representaciones escolares, toda una acumulación de situaciones que componen el devenir de esta familia, filmadas de forma amateur, con calidad vieja. Sin embargo, según nos dice la voz de la propia Agustina Comedi (directora/hija), en las horas y horas de material que componen este archivo, a su padre Jaime, que es quien normalmente sostiene la cámara, apenas si alcanza a vérselo en un par de ocasiones. Una de estas ocasiones se da en el material capturado el mismo día en que murió. La película se propone, entonces, reconstruir la figura del padre, el que no está, en una operación que parece casi imposible: hacer cine para develar el campo inaccesible, el otro lado de la pantalla, el rincón del que se esconde.

Esa ausencia no está dada solo en términos existenciales (el que ya no está entre nosotros), sino que a poco de empezado el metraje nos enteramos, junto con la directora (en una precisa dosificación de información, que construirá una trama dramática a lo largo de toda la película) de que se trata de una ausencia atravesada, a su vez, por mantos de silencio. Hay algo de lo que no se habla. Un pasado anterior a la formación de esa familia de clase media que parece tan estándar (por las imágenes que genera) pero que esconde, sin siquiera saberlo, un secreto que forma parte de un pasado negado pero, indefectiblemente, también de su identidad.

Los hilos que traman ese silencio son varios. De un lado está la familia conservadora, que no parece estar dispuesta a hablar o reconocer aquello que evidentemente ya sabe; en el otro extremo están los compañeros de militancia de izquierda, que consideran la homosexualidad una desviación burguesa y que, por tanto, también debe ser reprimida; durante un tiempo está también el gobierno de facto, que reprime a los homosexuales con la excusa de que están “incitando al acto carnal en la vía pública”; las instituciones, los compañeros, los profesores, los amigos. En el medio está Jaime, un joven cordobés, después abogado, militante, parte de la comunidad (secreta) gay, padre de familia, ciudadano ejemplar.

Años después de su muerte, su hija Agustina quiere descubrir cuál es el secreto que esconde el pasado de su padre, y encuentra resistencias, evasiones, hasta que de a poco va encontrando respuestas, vínculos, pedazos de alguien a quien creía conocer pero de quien, descubre, no sabe en realidad qué estaría pensando mientras sostenía esa cámara que registró los primeros años de su vida. Jaime ya no está.

Es llamativa la precisión, la dosificación, el espacio que le deja Comedi al espectador para seguir un desarrollo que podría haber sido mucho más chato. No hay respuestas claras o posturas tajantes. O en realidad sí las hay, pero no están declamadas como conceptos que la moral de la película quiere que el espectador se autoimponga, sino que nacen de los hechos narrados, de la convicción, de la experiencia de vida acumulada por quienes están dispuestos a contar su historia.

El trabajo sobre el material de archivo está atravesado por una sabiduría que permite convertir lo banal en cautivante. La fe que tiene la película en la fuerza de la imagen es conmovedora, incluso cuando se trata de imágenes feas, en mala calidad, muy personales. Esa fe también está en algunos planos que evidentemente fueron creados para la película y que se prolongan en una duración que se justifica más allá del “contenido simbólico” en la simple fuerza de las imágenes, como por ejemplo la secuencia de los dos chicos jugando junto al río o de la pareja que baila en un boliche.

Buena parte de la alquimia que convierte esas filmaciones caseras en cine ocurre a través del montaje. Un montaje activo, que interviene para crear sentidos directos: una visita al zoológico se vuelve metáfora de la represión, el David de Miguel Ángel pasa a ser signo de un malestar silenciado, Mickey Mouse se vuelve efigie de un mundo tradicionalista de clase media alta que representa y niega, hasta La sirenitapasa a ser alegoría de represión sexual. Todo esto con la mayor naturalidad y justeza.

¿Hasta qué punto ese montaje crea mensajes opacos sobre imágenes transparentes en su cotidianeidad? ¿O es precisamente el montaje el que destraba los sentidos ocultos que yacían latentes en esas mismas imágenes? Es evidente que mucho de lo que dice El silencio…lo dice a través del montaje (más allá de las voces y algunos carteles). Para decir, construye. La construcción puede ser a la vez mentira y verdad. ¿Un paseo por un bazar puede decir lo negado?

No, pero lo dice en esta película, con la fuerza de lo contundente.

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