Hotel Mumbai: El atentado (Hotel Mumbai)
Australia-EE.UU., 2018, 123′
Dirigida por Anthony Maras
Con Dev Patel, Armie Hammer, Nazanin Boniadi, Tilda Cobham-Hervey, Anupam Kher y Jason Isaacs.

Los angelitos del Titanic

Por Ludmila Ferreri

Las películas que encierran mundos dentro de mundos me fascinan. No porque representen sociedades a escala. Me gustan, en todo caso, porque tienen el objetivo puesto en cómo se suspenden las normas con las que nos movemos diariamente cuando sucede algún acontecimiento que nos recuerda que somos bastante pequeños e insignificantes frente a ciertas cosas. El problema es que este género de situaciones que generan mundos con reglas nuevas en pequeña escala también suele tener sus agachadas. Asi y todo las queremos y disfrutamos cómo esas miniaturas nos miran desde su condición de experimento de laboratorio. Si lo pensamos bien, incluso, el cine catástrofe quizás termine siendo la experiencia más adecuada para caracterizar a este género (aunque llamarlo de ese modo no deja de ser una hipérbole).

Hotel Mumbai es un pequeño Titanic. Es una burbuja a la que vemos en su proceso de formación. Que se disfraza de burbuja política y que cuando cruza frente a una fuente de luz pretende que reconozcamos todos y cada uno de los colores del arcoíris de la variedad de clases sociales. En ese sentido, se fuerza la máquina, diría Baglietto-Garré. La película necesita que veamos todas esas variantes entre los acomodados huéspedes del hotel, entre los empleados de mayor a menor rango pero también precisa que veamos las jerarquías en el interior de la organización terrorista. Podríamos decir, entonces, que la película no le hace asco alguno a la idea de pensar en ese Titanic estático como un mundo de relaciones de poder. El tema, claro está, es que la película de Cameron tiene personajes, caradura, corazón y es un cuento moral mucho mayor a las pretensiones políticas de sus momentos eisensteinianos. En Hotel Mumbai no estamos ni cerca de la más mínima tentativa humana, porque su ansiedad de corrección o incorrección POLÍTICA (como si todo el tiempo precisara recordarnos que está hablando sobre EL MUNDO Y LOS MALES DE LAS ASIMETRÍAS ECONÓMICAS asi con el formato de los grandes titulares) deja de lado a las personas, que son, al final de cuentas, quienes cargan las experiencias con las que podemos emocionarnos, con las que podemos tomar distancia y reflexionar de algún modo. Bueno, en esta película nos encontramos frente a ese gran problema: historias reales sin experiencia real. Personajes convertidos en funciones sociales que pretenden concluir cosas que en mayor o menor medida tenemos premasticadas.

Pero no seamos tan malos con la película de Anthony Maras, ya que en el empobrecido panorama de estrenos en argentina tampoco está tan mal. Por lo pronto no cae en los lugares comunes de la corrección política y la representación de la alteridad y nos presenta a un grupo de terroristas con matices. Al mismo tiempo, nos presenta matices similares en el grupo de ricachones que ocupan las habitaciones del hotel. Aunque quizás quienes salen peor parados del asunto son los empleados del hotel, que son personas configuradas como serviles empleados entregados al sacrificio de cubrirle el culo a los patrones porque “el cliente es Dios aquí”. El tema es que la película también se cree algo de esa frase. Y frente a esa deidad, el contrapunto es un grupo se serviciales ángeles. Ahí está el punto: no nos encontramos frente a una película sobre actos angelicales, que no son otra cosa que actos de entrega y salvación del otro incluso al riesgo de la propia vida. En ese aspecto es interesante el rol simbólico de Jack en Titanic, quien realmente asume ese rol de agente del cambio y la transformación del otro. Hasta me atrevería a decir que no hay obra de James Cameron sin estos actos angelicales. Pero aquí no estamos ante un mundo de transformaciones personales en el marco de contextos políticos puntuales. No: Hotel Mumbai parece incluso ir más allá de la historia que le toca contar, más allá de los personajes que puede retratar. En el fondo, su interés supremo está en la entrega. Lo que no sabemos (y acaso nos perturba) es qué hay detrás de esa entrega que está vaciada de su categoría política. Los empleados del hotel entregan sus vidas y salvan buena parte de las de quienes los sojuzgan y explotan. Es, en ese plano, la mayor de las derrotas laborales la que se nos cuenta. Lo notable es que el llamado de atención que realizaron varios colegas en relación a esta película giró en torno a la representación de la alteridad. Alarma: nos estamos olvidando de las relaciones de clase y poder mientras miramos toda las agenda de alteridades más cool.

Asi y todo, en su irresponsabilidad clasista y en su desprecio galopante por los personajes y cualquier tentativa de tridimensionalidad, la película avanza con una velocidad rigurosa, porque al menos no se olvida de narrar. Todo el tiempo, casi sin descansar. Y eso hace que nos preguntemos menos por todos los agujeros del colador lógico-político que nos proporciona, en donde el barco puede hundirse, si, pero hasta el último minuto hay que tocar los instrumentos para que la patronal sufra lo menos posible. Qué cine político de mierda que estamos viviendo en esta época de tibiezas extendidas.

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