La Amante (Hedi)
Tunez-Francia-Bélgica, 2016, 95′
Dirigida por Mohammed Ben Attia
Con Majd Mastoura, Rym Ben Messaoud, Sabah Bouzouita, Omnia Ben Ghali y Hakim Boumsaoudi.

Solo quiero que me amen

Por Tomás Carreto.

“Si dudo, si me alucino, vivo. Si me engaño, existo. ¿Cómo engañarme al afirmar que existo, si tengo que existir para engañarme?”

San Agustín usaba esta hermosa frase para hacernos notar de cómo la necesidad de engaño, de ilusión, de (quizás) febril enamoramiento a una cosa, una causa, una persona, es intrínseca al misterio del ser humano, siendo de algún modo el quid y el motor que da sentido a nuestra propia existencia. Una alocución –la de San Agustín- que tuvo lugar mil doscientos años antes que el cogito-ergo-sum de Descartes que es la misma frase pero destilada del pathos. Un pathos y un logos que entonces van por el mismo sendero y que son fuerzas antagónicas que confluyen y confrontan y que tienen la misma necesidad íntima de salir a la luz. De ser un reflejo fidedigno del ser.

La Amante (Hedi, su título internacional) es la opera prima del tunecino Mohamed Ben Attia y cuando uno se enfrenta a ella sin grandes referencias (supongo que varios lo hicieron) pareciera estar frente a una película de los hermanos Dardenne filmada en África.Un rara avis pero familiar a la vez. La cámara pegada a los personajes, caminando detrás de ellos, toda esa tensión que se acumula sobre el pétreo rostro del protagonista masculino tan cara a los hermanos belgas. Esa simbiosis de estilo (luego de descubrir que los Dardenne son los productores  de esta (repito) primera película de este nuevo realizador tunecino) uno no termina de saber si se trata efectivamente de  un hallazgo, un gesto genuino, una filiación auto-asumida o una marca de fábrica. Como si fuese un Peugeot fabricado en suelo africano, empresa de la que Hedi (el personaje protagonista) es empleado (N.de la R: el director Ben Attia trabajó 12 años en otra gran automotriz francesa –Renault- a la espera de poder desarrollar su verdadera vocación como cineasta); el protagonista de esta historia, agobiado por una madre imposible que no lo deja vivir (ni expresarse) y que lo quiere obligar a casarse con una mujer que verdaderamente desconoce y con la que nunca intimó.  Y es ahí donde se comienza a deshojar la margarita en la búsqueda de ciertas respuestas. Pareciera  que hay cuestiones que tanto Ben Attia como Hedi -el personaje interpretado por Majd Mastoura- no eligieron (su madre, la automotriz donde trabajan) y otras a las que se someten voluntariamente (el amor por el cine y los Dardenne en un caso, Rym la bailarina de la que Hedi se enamora perdidamente, en el otro). “Los hombres malos obedecen desde el miedo, los buenos desde el amor” decía Aristoteles y Hedi (no cabe duda desde el primer momento) es un hombre bueno, al menos aristotélicamente hablando.

La historia universal de Hedi (preferimos ese apodo cariñoso –su título internacional- al impersonal La amante que innecesariamente cambia el foco) recuerda a otras películas. El querido y colega David Obarrio con bastante tino dice “es la Breve encuentro tunecina” (¡hubiese sido un gran título comercial!). Pero no por una cuestión de estilo: acá no suena el Concierto nro. 2 Rajmanimov ni se oye el chirrido de los frenos de los trenes, ni se juega con la bruma que genera el humo de las locomotoras para alterar la percepción de los personajes, ni se da esa cosa lujosa y solemne que tenían los films de David Lean y que a veces (como en Breve Encuentro) terminaban articulando una obra inmortal; si no en cuanto a su visión de mundo y su sentido humanismo . En una película que pareciera transitar por corrientes estéticas antagónicas (de Lean a los Dardenne hay un largo trecho de diferencias estilísticas).

A mí esta ópera prima me recuerda también a otra (olvidadísima): La mujer de mi vida (Dover Koshashvili, 2001) una película que transcurre entre las costumbres igualmente rígidas de una familia judía georgiana. El mismo argumento: acá la amante es una treintañera (Judith) madre de una hija de 6 años, en derrotero sentimental por amar perdidamente a un hombre ambiguo y poco decidido para sortear las presiones de sus padres. Interpretada por la enorme e inolvidable Ronit Elkavetz (Gett , el Divorcio de Viviane Amsalem (2014)), experta en esas criaturas desangeladas, atrapadas en relaciones ruines o encerradas en amores imposibles, acaso la Jeanne Moreau israelí. Y es que sean ingleses protestantes, judíos georgianos o musulmanes como en este caso, la fabula universal habla mas de lo que Agustín de Hipona expresaba al comienza de esta crítica que a la metáfora de un contexto político determinado y explicito presente en Hedi ( me refiero a la revolución de los jazmines, en pleno 2010, uno de los puntos más altos y reconocibles de eso que se dio a conocer como “la primavera árabe”). Una lectura que el director tunecino no sobrecarga ni tampoco desactiva pero que decide correr hacia un lugar secundario.

Hedi es una mas en esta suerte de melodramas masculinos que se han filmado al signo de estos tiempos y que han venido desmintiendo la idea instalada de que el amor es cosa de mujeres. Nuestro protagonista, de hecho, está mas cerca del Richard Loving de Loving (2016, Jeff Nichols) que del Dean de Ryan Gosling en Blue Valentine (2011, Derek Cianfrance) y recuerda también un poco al “vulgar y tosco hombrecillo” (a palabras de Dickens en Grandes Esperanzas), ese Hossein de Detrás de los Olivos (1994, Kiarostami). Todos ellos almas en ebullición a pesar de su aspecto exterior algo hierático, de seres velados por el prejuicio o las costumbres. Seres introspectivos pero de gran integridad. Criaturas sensibles en entornos densos, agobiantes y hostiles. Jacques Lacan dice “amar es dar lo que no se tiene”. Y no se equivoca. O al menos no se equivoca para el cine.

Sin perjuicio de esto Ben Attia tiene la sensibilidad de captar con su cámara el flujo de miradas, los silencios, el agobio, los anhelos, la presión y los miedos que sufren estos seres, los momentos sublimes y de enorme belleza de esta película sincera y sin grandes artificios. Bajo su mirada, Hedi y Rim (Rym Messaoud) son como un alma habitando dos cuerpos.  Con ese estilo dardenniano de drama que apunta al rostro pero con una mirada mas luminosa, mas sensible a la belleza (incluso a la de aquellos personajes que uno como espectador “debería” odiar) y bastante menos binaria que la del dueto belga. Un dispositivo humanista que se propone desentrañar los misterios insondables del alma humana, incluso de aquellos que nos dignifican y nos hacen trascender como el amor.

Comentarios