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Tiempo de lectura: 3 minutosLos que vuelven

Amilcar Boetto

Los que vuelven 
Argentina, 2019, 92′
Dirigida por Laura Casabé
Con Lali Gonzalez, María Soldi, Alberto Ajaka, Javier Drolas, Edgardo Castro, Cristian Salguero

Contra la narración

Por Amilcar Boetto

Hay algo verdaderamente particular que sucede con Los que vuelven, sobre todo con su primera parte (la película está dividida en tres episodios, considero que para organizar cierta desorganización estructural que igualmente termina padeciendo), que se siente, al menos a primer vista, como si uno estuviera frente a un trailer. Las decisiones formales no ayudan: hay algo en la utilización constante de una música ambient, un montaje alterno casi comparativo y una duración corta de los planos, acompañado de una rápida resolución de cada momento con alguna frase lapidaria -que no tuvo el desarrollo dramático tal para ser pronunciada con esa grandilocuencia (“este hombre está poseído”)- que genera una suerte de acumulación de pequeñísimas secuencias derivadas en lo que parece ser un anticipo de algo que veremos luego (pero no «luego» en la misma película, sino otro día, en otra sala distinta, habiendo comprado la entrada por lo que nos tentaron estos indicios para una futura narración).

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Pero no: la primera parte no es un trailer, así son las intenciones de la película, que desde el inicio expone un ímpetu constante de el clima terrorífico, plagado de eventos extraños. A su vez, rápidamente, genera un expreso contraste con la familia de clase alta, con la madre jugando a las escondidas con su hijo. Digo rápidamente porque la película se plantea dejar sembrado esté escalón para ir subiendo sin solución de continuidad, salteando de un momento climático al lado de otro.

Hay una intención, que parece que a estas alturas excede al cine y al arte. Hablamos de una necesidad de comunicar, de establecer una perspectiva antes que de narrar. En varias críticas estuve insistente con cierto vicio del cine contemporáneo que se obsesiona con terminar las escenas antes de que estas terminen. Una obsesión que obliga al salto como leit motivado narrativo. Pedacitos de escenas, segmentos de cosas, cosita de la cosita. Como ir a una ferretería de imágenes, ignorando completamente la idea de unidad dramática. Por supuesto, no hay que ser tan académicos, esto puede funcionar de formas extraordinarias y esos pedacitos pueden convertirse en una especie de ejercicio de puntillismo que cuando uno se aleja forma un cuadro estructural extraordinario (a mi me sucedió algo por el estilo con Hermila & Helena, de Matías Piñeiro). Pero el vicio denota, en este cine contemporáneo al que señalamos, un hábito que se presume autoimpuesto y normativo, una especie de formula para cierto tipo de cine que atenta contra si mismo, un atentado que lo convierte en una cosa informe que a veces se parece al cine, pero no. En el caso de Los que vuelven esa otra cosa es un trailer, un trailer largo y repetitivo, con ansias de comunicar una historia, de contarla resumidamente, antes que de narrarla.

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La directora parece, en ese sentido, ignorar ostentosamente la posibilidad de la creación de un ambiente a través del sonido. La imposición de la música -y ese estilo de música en particular- ayuda al trailer, lo une todo como una masa amorfa y le agrega automatismo, pero horada cualquier posibilidad de lo cinematográfico. Cuando aparecen los efectos, las moscas, los pájaros, el problema retorna, como si de repente la película decidiera que la selva suene y tenga entidad por medio de un colchón de sonido uniforme. El final, si seguimos con ese argumento, lleva al paroxismo a esta confusión. Hablamos de aquel momento donde el padre le confiesa a la madre haber matado a su sirvienta. En ese diálogo, la confesión queda fuera de cuadro, con un cuerpo claramente de estudio en el que no pareciera haberse logrado un trabajo de actuación con la voz que puede llegar a ese nivel de drama familiar que esa situación parecería exigir. Comparemos (las comparaciones son malas y odiosas, pero son útiles) a Mariano Llinás, en un extraordinario momento de La Flor, donde las Piel de Lava están en cuadro y su voz de director autoritario grabada en estudio, fuera de cuadro, satiriza esto. Pero claro: lo que en el cine de Llinás es conciencia, aquí es ausencia. No es justo compararlas.

Hay decisiones que están bien en Los que vuelven, no obstante. Pero son pocas y aisladas (como el chiste macabro de que la carroza al pasar le aplasta la cabeza a un personaje recién asesinado y la familia rica sigue como si nada). El problema es que en medio del caos estructural y la acumulación de escenas superfluas, la película pierde toda cohesión. O quizás tenga mucho para decir, pero no para narrar. Racismo, Romero, Tourneur, mitología: si, muy lindo todo. Pero un encuentro de ideas, una superposición de imágenes, un clima que nunca llega es una cosa. Es una intención. Incluso un statement. Pero seguro no es ese complejo y a la vez simple arte que llamamos narrar. A veces con la mirada sobre el mundo no basta.

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