Volver y correr

Por Carla Leonardi

Después de algunos años de ausencia, con la llegada de 2019 vino el retorno. El mío a Mar del Plata, a un festival compartido con amigos. Conversar sobre las películas luego de verlas, o cruzarse en las calles para charlar y pasarse recomendaciones, es uno de los aspectos más interesantes: el intercambio de la experiencia personal y los debates que surgen a altas horas de la noche. Como siempre en esta revista, decidimos hacer las coberturas en dos partes. Por eso siempre los diarios son más impresiones personales. Y con tiempo, sin la urgencia de la cobertura, al mes siguiente, analizamos más en detalle. Por eso de lo que voy a hablar es de la experiencia personal. Y de las películas, claro.

Sin poder ver la gran esperada que era El irlandés de Scorsese, el punto más alto de mi festival estuvo dado por Il traditore de Bellochio y por el foco de John M. Stahl. Bellocchio, con sus ochenta años, se supera así mimo en cada nueva película. Propone un cine que está vivo, donde se sirve del personaje de Tommasso Buscetta y su declaración ante el tribunal en los años 80 -en la que destapó la red de narcotráfico de heroína en manos de la Cosa Nostra- para hablarnos del presente. Aquí como en buena parte de las películas en torno a la mafia, se trata de la familia como cárcel, pero a diferencia de otros personajes icónicos que quedan entrampados en el baño de sangre en la guerra entre familias, Buscetta apela a la ley bajo la figura del arrepentido como posibilidad de salida, de poder morir tranquilamente en su cama como cualquier mortal. Con ese movimiento Belloccchio pone el cuestión la idea de traición, en cuanto a delatar a alguien, para pensar en términos de traición respecto del pacto de palabra en común y de la degradación de los ideales en los que se sostenía la organización desde sus comienzos por la corrupción que instala la ambición desmedida del capital. También diferencia claramente entre la moral y la ética, como niveles de análisis para pensar la posición de Buscetta.

En cuanto a Stahl, mis preferidas fueron Que el cielo la juzgue -que era la única que tenía vista anteriormente- y Back Street, que me conmovió hasta las lágrimas. Lo que rescato de los melodramas de Stahl es esa mirada de vanguardia en cuanto a la mujer. Stahl no pone la mirada en la mujer tradicional, en la imagen idealizada de la madre y la esposa; sino en la segunda (en Back Street) despejandola del lugar clásico de vividora; en la perturbada por un amor posesivo en Que el cielo la juzque (porque sabe la importancia que el amor tiene para lo femenino), y también en el precio que paga una mujer con su cuerpo y sus renuncias cuando elige el camino de la maternidad en Seed.

De la competencia internacional, una de mis favoritas fue La virgen de agosto, porque soy una romántica incurable. Realmente es una bocanada de aire fresco, que Trueba en un mundo de tanto cinismo, desencanto y dramatismo, apueste por una historia de amor luminosa y profunda de claro registro en el cine de Rohmer. Además nos ofrece una claro retrato de la posición femenina en su dualidad de ser No-toda: la protagonista oscila entre el goce sexual y su apertura a lo otro, a lo inexplicable de la experiencia mística.

Rescato también la búsqueda de Angela Schanelec, a mi gusto mal comprendida, en su ensayo fílmico I was at home, but; que es una clase magistral sobre la puesta en acto de un saber haber con lo imposible de nombrar y de explicar de la experiencia de la muerte, que la directora lograr tocar y bordear con la poesía audiovisual de su película.

Ahora bien, me aburrí soberanamente con Vitalina Varela de Pedro Costa. Valoro su búsqueda estética, donde desde el preciosismo de las imágenes retrata el problema de la inmigración, pintándolos como muertos vivos, como seres olvidados y al borde de la experiencia de la muerte en un entorno de infierno. Pero en su mínima narrativa y su ausencia de música, se me hizo larga y soporífera. Esta película puede relacionarse con Bitter Bread de Abbas Fahdel que en un registro documental, retrata la vida de los inmigrantes sirios en el Líbano en un campo de refugiados. Aquí el realismo de las imágenes resulta mucho más impactante y descarnado. Despojado del manto de belleza con que los recubre Pedro Costa, esas familias, adquieren el claro valor del desecho del sistema capitalista que no queremos ver.

En cuanto a Planta permanente de Ezequiel Radusky, destaco la solidez del guión, que más allá del ciertos estereotipos reconocibles, transmite la experiencia del deterioro del concepto del Estado, descripción bastante convincente por cierto, al menos para quienes algunas vez transitamos laboralmente por el espacio público. Y también resalto la naturalidad con que Liliana Juárez y Rosario Bléfari encarnan sus personajes, dotándolos de las dosis de agresión, humor y sensibilidad necesarias.

Me emocioné también con La Botera de Sabrina Blanco. Es un acertado coming of age, que a través de su protagonista femenina, logra capturar esa rebeldía e ingenuidad propia de las primeras experiencias de independencia y de encuentro con el otro sexo. El patriarcado aparece como una barrera que organiza el conflicto de la protagonista y que debe sortear para devenir una mujer.

Y aquí me despido, amigos, hasta el próximo festival. Esperando que la casualidad acaso me permita el hallazgo de lo diferente y lo que me sorprenda, en medio del monopolio de películas cortadas con la misma tijera, donde el virtuosismo de lo visual, a veces se olvida de que el cine es también contar buenas historias, esas que tocan nuestro cuerpo de espectador y que causan las ganas volver a ver las películas una y otra vez. 

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