So Long, My Son (Di jiu tian chang)
China, 2019, 175′
Dirigida por Wang Xiaoshuai
Con Liya Ai,  Du Jiang,  Zhao-Yan Guo-Zhang,  Jingjing Li,  Xi Qi,  Wang Jingchun, Roy Wang,  Cheng Xu,  Mei Yong

Pasarla mal

Por Marcos Rodriguez

Sería difícil describir lo que lloré y lo hermosa y profundamente mal que la pasé mientras miraba So Long, My Son. Sé que desde mi (relativamente) reciente paternidad soy blanco fácil para cualquier historia que involucre el vínculo padres/hijos, pero también resultaba evidente en la función en la que vi la película (la sala más grande del complejo, repleta) que sobre todos sobrevolaba una angustia silenciosa y ajustada, que se confirmó definitivamente en el final con una resonancia prolongada de narices y pañuelos mojados con lágrimas de tristeza/felicidad/nudo-en-la-garganta-imposible-de-disolver. Habrá, por supuesto, quien no esté dispuesto a ir a pasarla mal a una sala de cine, pero quienes amamos el cine descubrimos este amor precisamente por experiencias como esta. Habrá, por supuesto, quien no haya estado dispuesto a someterse a tres horas de drama familiar chino, pero esa persona se perdió una de las experiencias más intensas que ofrecía este último BAFICI.

Se puede hablar, claro, del fresco socioeconómico que pinta So Long, My Son (en definitiva, un retrato de los cambios que sufrió China en las últimas décadas), pero más allá de la precisión y la maestría con la que Wang Xiaoshuai pinta el paso de la historia a través de sus efectos en dos familias trabajadoras (tarea casi imposible y que hasta ahora solo había visto llevada a buen puerto en el cine de Jia Zhang-ke), lo que sorprende es el pulso estable y seguro con el que lleva adelante una historia sentimental insoportable, a través de una serie de flashbacksque pueden resultar un tanto confusos en un primer momento, pero que se desarrollan hasta alcanzar una claridad máxima en el final. Wang no tiene el menor reparo en hundir el dedo en la llaga hasta el fondo, con una frontalidad sin timideces digna del mejor melodrama, pero lo hace con un tono seco, contenido. El efecto es arduo (son tres horas de gente que la pasa muy mal, y que la pasa muy mal de entrada y no hace más que pasarla cada vez peor y después, a medida que pasa el tiempo, un poco mejor pero siempre destruida) y es devastador. Hay que estar dispuesto a ver So Long, My Son.

El punto es que ese fresco enorme (distintas clases, diferentes épocas) se sostiene precisamente porque la historia familiar es fuerte y punzante. Para panoramas y desarrollos del devenir histórico de un país, mejor un manual de texto que una película. Ahora, si uno quiere comprender (sentir en carne propia, digamos) los efectos que una política de Estados como la Ley de Hijo Único puede tener sobre las personas que la padecen, entonces cine. Hay algo de novela naturalista en todo esto. Hay una cuestión de perspectiva en todo esto: la historia se articula a través de las personas que toman decisiones en posiciones de poder, pero ocurre en la gente de a pie; el dolor parece quebrar el fluir del tiempo pero nuestras vidas están hechas de tiempo; un retrato de la modernización violenta que sufrió China puede parecerse a una crítica política, pero So Long, My Son (que es cine) sabe que nuestras vidas no se reducen a definiciones simples, a determinaciones de épocas, ni siquiera a las tragedias que nos atraviesan.

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