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Tiempo de lectura: 4 minutosRecomendaciones #PreBafici 2018: Desde la cocina

David Obarrio

Diez recomendaciones diez de uno de nuestros conspicuos redactores, que además de cinéfilo hedonista es uno de los programadores del Bafici. Pasen y lean, que la selección es ecléctica, feliz, sofisticada, cambiante. Y en el medio de todo eso rehuye a las modas. Con ustedes las diez elegidas del señor Obarrio.

Bafici 2018: Algunas películas raras, desconcertantes, desconocidas. Todas buenas.

Por David Obarrio

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Mes provinciales, de Jean-Paul Civeryrac

La película de Civeryac es el registro empático de una de las formas menos severas y acaso más acreditadas de la fórmula “educación sentimental”: estar en el mundo en grupo, en sectas; desconfiar de todo y al mismo tiempo querer estar en todo, con todos y en todas partes; nada menos que con el cine como numen u horizonte, abracadabra sinuoso frente a todas las puertas cerradas y a la indiferencia del otro; el carácter enamorado de la vida y a la vez tembloroso, esa naturaleza propia de los provincianos del mundo. Es decir, en algunos momentos decisivos, de todos nosotros.

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Una storia volatile, de Carla Vestroni

Una señora (la directora, nada menos) que mira Roma desde los techos; mira y comenta el bailoteo insensato de las gaviotas, invoca a reputados maestros santos – Rossellini y Robert Wyatt, por caso, dúo inesperado pero probable – y no se priva de esgrimir cuando le parece procedente cierta comicidad altiva, breves arrebatos de una risa sabia pero amable con la que ciertos modos culturales que parecen olvidados le permiten comentar con lucidez el presente. Un tesoro en miniatura.

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Fail to Appear, de Antoine Bourges

La película se toma todo el tiempo del mundo para describir las minucias del día a día del trabajo de la protagonista (acompaña en su adaptación a las personas que están en libertad condicional), sin énfasis, pero también sin piedad, al punto que podría pasar perfectamente por un documental de observación de los buenos en toda regla -su parquedad, su precisión, incluso su elegancia discreta hecha de gestos pequeños, planos impasibles, prescindencia de giros en la trama. Se trata de una ficción que funciona como si no lo fuera con la mayor fluidez y falta total de amaneramiento, pulsando un realismo hecho con una enjundia tal que hasta la tristeza profunda de la película, si se la examina un poco, parece cosa de todos los días, algo que pasamos por alto pero solo porque damos por descontada su naturaleza.

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photo by Jonas Lodahl.

Holiday, de Isabella Eklöf

Película chirriante, de una violencia y un horror secretos, puede también ser vista como un desfile de figuras opacas que parecen ofrecer su presencia fatigada frente a la pantalla como si llegaran para constituir el polo opuesto de la glamourización de los mafiosos en el cine. Entre mañanas resacosas, infantilismos sádicos y tiempos muertos, Holiday exhibe el aliento taciturno de las almas en pena que no conciben siquiera la posibilidad de redención alguna.

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When She Runs, de Robert Machoian y Rodrigo Ojeda-Beck

Película deportiva, pero sobre todo con cierta actitud deportiva que no la desmerece: al contrario, cada plano parece plantear un interrogante y resolver del mejor modo posible cómo acompañar a su espléndida protagonista, una chica que entrena, pero que sobre todo vive su vida como puede, con su pasión deportiva y sus tribulaciones mundanas a cuestas. When She Runs es un muestrario inconmovible de pequeñas secuencias prosaicas cuya vitalidad irradia un color y un calor completamente desusados.

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Song of Granite, de Pat Collins

Una obra maestra oculta, una biografía emocional y una definitiva declaración de amor por la historia de los héroes anónimos de la cultura musical irlandesa. Si la belleza de las imágenes invita a pensar que se está ante una obra grande, cuya ambición formal se percibe en primer plano, la calidez en la descripción de las vidas comunes, del trabajo, de la escasez, de la pobreza asumida sin énfasis, dan por resultado una cierta humildad impensada que fluye entre la maestría discreta del protagonista y su exposición inapelable en la pantalla.

From Where We’ve Fallen, de Feifei Wang

De una gracia en sus formas y una convicción categórica para el arte de la emotividad subterránea, casi intangible, la película podría muy bien ser considerada el descubrimiento mayor del cine asiático reciente; una de esas criaturas de naturaleza familiar cuya habilidad para narrar una historia consabida es capaz de producir destellos renovados con una contundencia pasmosa. Un cuento de amor en peligro y una reformulación del tópico acerca de la inevitabilidad el dolor.

 

Te quiero tanto que no sé, de Lautaro García Candela

En el tenor de ciertas comedias hieráticas modernas –con su intercambio de contraseñas de clase, lenguaje codificado, desvíos programáticos y narrativa difusa – el director plantea un recorrido por una ciudad de Buenos Aires nocturna en la que los equívocos, el retruécano feliz o la comicidad esgrimida como desconcierto frente a la opacidad de lo que rodea a los protagonistas se constituyen en el motor de la acción. Lejos de limitarse a ser algo así como una “comedia catastral”, el recorrido urbano remite aquí al quid de la modernidad del cine con una pertinencia por lo menos desconcertante.

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A estación violenta, de Anxos Fasáns

Película de desencanto, de amor perdido, de drogas y de fantasmas, A estación violenta planea sobre sus protagonistas como si estos acabaran de salir de un sueño solo para entrar en otro, con la salvedad de que este nuevo sueño no alcanza ya a cobijarlos. Con una espléndida selección de rock gallego como santo y seña generacional, y con una naturalidad insultante para describir el modo en el que los golpes de la vida son asumidos por los protagonistas como si fueran una segunda piel, la película es también una elegía dolorosa por la pérdida de la inocencia.

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Averno, de Marcos Loayza

El director boliviano ha hecho una película perteneciente a un cine que no se ve habitualmente, o que ya no nos es dado ver más. De algún modo se podría decir que es anacrónico en un buen sentido, ese que indica que no pertenece a su tiempo: porque no se lo tiene en cuenta, porque su tono no está al uso, o porque sus evidentes destrezas no se incluyen en el repertorio del deber ser del cine contemporáneo. Más que eso, Averno es extemporánea, como hecha a espaldas de ese cúmulo de males conocidos que afectan a muchas de las imágenes que circulan por los festivales. La película hace gala de gran imaginación y gracia, sus personajes están investidos de una extraña nobleza y su registro es el de una aventura constante, sin concesiones a la crueldad o el realismo plañidero de ocasión. En definitiva, una película en estado de fábula.

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