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The Girl and The Spider

Por Marcos Rodríguez

Das Mädchen und die Spinne
Suiza, 2021, 99′
Dirigida por Ramon y Silvan Zürcher
Con Liliane Amuat, Yuna Andres, Henriette Confurius, Lea Draeger, Ivan Georgiev, Ella Gfeller, Flurin Giger, Dorian Heiniger, Andre Hennicke, Ursina Lardi, Dagna Litzenberger-Vinet, Birte Schnoeink, Philippe Schuler, Sabine Timoteo

Departamentos

Hay una tensión, digamos, en principio interesante en la propuesta de The Girl and the Spider: la abstracción y el formalismo de la puesta en escena, en contraste con la absoluta cotidianeidad y banalidad de lo filmado: mucha forma para registrar una mudanza. Planos estáticos, primeros planos antinaturales, un Eugene Green tomado con soda. También hay algo de danza, cosa que en Green no está: muchos de los primeros planos de protagonistas y personajes se articulan como una coreografía de personas que van, vienen, pasan, hacen cosas por el costado mientras quien sea que esté en cuadro en ese momento se queda parado en el centro mirando un ratito más, sin intervenir en la acción (escasa, pero acción al fin) que lo rodea, espectador dentro del plano. A esa consciencia exacerbada del plano se suma la belleza: belleza de las chicas (incluso con herpes), belleza de los muchachos, belleza de las señoras y señores, de los perros, de la luz, de la juventud que permea de forma temática cada uno de los planos de la película. The Girl and the Spider es linda de ver, incluso cuando filma arañas. A esa vitalidad contenida (por la forma) se le suma además la dispersión espacial, que resulta en la coralidad: el tema de la película es la mudanza de una jovencita que deja su departamento compartido para irse a vivir sola. El espacio es casi el punto central de todo esto. Pero el espacio, por una operación curiosa y encantadora, no resulta únicamente en los límites de un departamento de dos ambientes, sino que se extiende a los vecinos, a los pisos de arriba y abajo, a la vereda, al negocio de enfrente, al edificio que está dejando la que se muda, a los vecinos de ahí, a los obreros que rompen las veredas, al gato de la familia que se fue de vacaciones, a la vieja loca del piso de arriba. Todo resulta curiosamente cordial en esta pequeña ciudad suiza, en la que la generosidad de la belleza de la luz hace que hasta un cubrecamas lleno de pelos se convierta en algo melancólico y emotivo.

Uno puede sentir en cada plano de la película una emoción por estar filmando ese plano: la belleza de lo filmado y la belleza de estar filmando esa belleza de esa forma tan peculiar. La juventud y la emoción de ser tan joven. En algún punto, igual, esa belleza aburre (en mi caso, bastante rápido): las caras de los jóvenes que casi nos miran son lánguidas pero la languidez es un motivo que se lava rápido. Es curiosa la idea de trabajar la abstracción para retratar la banalidad: todo es extremadamente rígido (o fluido, acompasado, rígido en su fluidez) y a la vez todo es un poco sonso. ¿Había algo para filmar en The Girl and the Spider? Hay un herpes, hay amores, hay melancolía, pero una melancolía como la que descubre un veinteañero que cree que está descubriendo algo. El gesto es simpático pero es un gesto nomás. Hay un intento en la película por anclarse en lo concreto: el bendito herpes, una esponja, un cutter, un casco, cemento perforado, pero incluso estas cosas materiales terminan perdiendo su gravedad y empiezan a flotar por la estratósfera que propone esta película. Hay un departamento, un plano del departamento, conversaciones sobre la nivelación del piso, pero en realidad “The Girl and the Spider” transcurre en los sentimientos: la piba que está enamorada de la piba, el pibe que está enamorada de la piba, la madre que se excitó con el obrero, la empleada de la farmacia que mira desde atrás de un vidrio (ella, pobre, la que tiene que trabajar mientras los demás corretean por los pasillos de sus emociones). La abstracción de la puesta en escena le sirve a The Girl and the Spider para despegarse de esa materialidad que dice querer retratar y adentrarse en la “interioridad”. Pero esa interioridad joven tiembla poco, duda poco, sufre poco; cojen pero la tensión no sobrepasa lo que uno encuentra en una propaganda de perfume. Esos jóvenes creen que su juventud es importante, que sus sentimientos son importantes, y la película les cree. Pero no hay pasión, no hay angustia, no hay incertidumbre, apenas esa melancolía dulce, empalagosa, que intenta mecernos como olas.

Supongo que el espectador que esté dispuesto a dejarse envolver por esas olas podrá entrar a esos departamentos y entregarse. Pero, la verdad, la película no ayuda.

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