The Miseducation of Cameron Post
EE.UU., 2018, 90′
Dirigida por Desiree Akhavan
Con Chloë Grace Moretz, Sasha Lane, Forrest Goodluck, John Gallagher Jr., Jennifer Ehle, Quinn Shephard, Dalton Harrod, Christopher Dylan White, Emily Skeggs, Isaac Jin Solstein, Steven Hauck, McCabe Slye, Melanie Ehrlich, Alexandra Imbrosci-Viera, Seamus Boyle, Billy Brannigan

Descubrimientos

Por Raúl Ortiz Mory

María Elena Matos es pastora de una iglesia evangélica. Durante 20 años fue lesbiana, 10 de ellos los vivió con una pareja estable. Cuando su relación terminó cayó en un abismo depresivo que le llevó a pensar en que nada tenía sentido. Incluso, el suicidio se posó en sus pensamientos a modo de alternativa hasta que Dios apareció como un refugio, una suerte de salvador. Una vez establecida en la gracia del señor, Matos decidió fundar en Perú el Centro de Restauración para Homosexuales y Oración (C.r.e.h.o.). La razón principal por la que inauguró este espacio de rehabilitación se debió a que ella tiene “el secreto para que los homosexuales no se sientan atraídos por personas de su mismo sexo”. Tests, entrevistas, charlas y mucha oración son algunos de los componentes de la fórmula ganadora que regenera a los descarriados que buscan el amparo de la pastora. Matos no es una charlatana, pero su proclama es tan férrea como su voluntad. Sin embargo, la burbuja en la que vive esta limeña de edad madura revienta cuando se queda sin respuestas ante cualquier interrogante de enfoque fisiológico, afectivo, sociológico o, simplemente, sexual. Cuestión de fe, dicen los entendidos. Cuestión de tolerancia, argumentan los más escépticos. Pero, ¿se puede aplicar terapias de corte religioso para “curar” a lesbianas, gays, transgéneros y bisexuales, o tan solo es una justificación para que la fe, sea cual fuere su origen, cuestione y se aproveche de un sector vulnerable de la sociedad?

The Miseducacion of Cameron Post narra la historia de Cameron (Chloë Grace Moretz), una chica de 16 años que vive con su tía y su abuela conservadoras en una localidad ultracatólica del interior de los Estados Unidos. Cameron es recluida en una clínica de deshomosexualización al ser descubierta por su novio en un encuentro sexual furtivo con su mejor amiga, Coley (Quinn Shepard). Una vez instalada en la casa de conversión conoce a Jane (Sasha Lane) y Adam (Forrest Goodluck), dos muchachos que como ella cuestionan los métodos de la directora del centro, Lydia (Jennifer Ehle), y las costumbres de una sociedad donde tener una opción sexual distinta puede ser desde causal de mala imagen política hasta una afrenta familiar que desprestigia las buenas costumbres americanas. Pero, sobre todo, una manera de sentirse culpable ante la libertad y el deseo. En primera instancia, TMOCP es una película que pone el foco sobre el cuestionamiento de la identidad sexual al interior de una sociedad regida por normas que en teoría forman mejores ciudadanos, sin afectar las libertades de los semejantes. La mirada inicial de este planteamiento podría parecer bastante cándida si revisamos la película en un sentido reivindicador. Esa dimensión moral candorosa se acaba cuando el cuestionamiento social desdobla la mirada general hacia las subtramas potenciadas por el elemento religioso. Tanto Lydia como el reverendo Rick (John Gallagher Jr.), los guardianes de la fe en la clínica, le temen a algo que va más allá del fracaso que involucra la tarea de reconversión sexual. Lo que aterra a estos censores es la duda que les provoca la propia fe. Es decir, el enemigo no es la supuesta sexualidad invertida o la confusión psicológica, sino la sustentabilidad de la excusa religiosa.

En el primer largometraje de Desiree Akhavan, Appropriate Behavior (2014), Shirin, una mujer bisexual de raíces iraníes, asentada en Nueva York, busca darle un aire distinto a su vida al término de un romance con quien pudo ser su gran amor. Algunas situaciones rociadas de humor y sarcasmo encaminan a un personaje aquejado de dudas hacia la autoconciencia de su sexualidad. Lo particular del AB es que la protagonista se mueve por dos aceras antagónicas: la tradición persa que la constituye a partir de lazos religiosos y costumbres poco abiertas a las libertades sexuales de occidente, por un lado; y la visión cosmopolita de una gran ciudad que moldea a los individuos que la habitan, por otro. En medio de esas dimensiones, Shirin -interpretada por la propia Akhavan- no juzga el comportamiento de sus semejantes, ni se sorprende por el mundo que va descubriendo. Una mirada casi ingenua va recorriendo sus experiencias hasta fortalecerla de cara a la adultez. De alguna forma, un punto que une a AB con TMOCP es el tratamiento de la ruptura amorosa. En AB la consecuencia tiende a transformar a Shirin en alguien que redescubre el mundo con optimismo y no se siente culpable por su bisexualidad. La diferencia con Cameron de TMOCP radica en que la adolescente sufre por la respuesta indiferente de Coley en medio de un encierro forzado. Es decir, para la directora el quiebre de las relaciones afectivas puede tomar diversos caminos dependiendo de la edad y del contexto social. Es muy distinto ser una descendiente de musulmanes arraigados en Nueva York que está a medio camino hacia la treintena, a ser una adolescente blanca y cristiana que tiene pocas posibilidades para emanciparse. Otra brecha que separa a los personajes de ambas películas es que mientras Shirin corresponde a una versión soft, casi alter ego, de Akhavan, Cameron proviene de una adaptación de la novela escrita por Emily M. Danforth que lleva el mismo nombre que la película. La distancia en el origen de Shirin y Cameron abre una óptica versátil en el trabajo de Akhavan que ayuda a explorar con mayor minuciosidad el mundo de las minorías sexuales. Akhavan, en ambos casos, cuestiona los estereotipos de la discriminación, pero lo hace desde una presunta inocencia para luego replantearlos con acciones que golpean, sino recordemos el intento de suicidio de uno de los compañeros de Cameron al cortarse los testículos por el rechazo de su padre, un macho alfa que no aguantaba el afeminamiento de su hijo. O cuando los padres de Shirin pregonan las consecuencias nefastas que significa ser homosexual ante los ojos de Dios. Akhavan acaricia con una mano al plantear sus películas y retumba con un mazazo cuando revela los matices de sus personajes.

 

María Elena Matos asegura que más del 60 por ciento de los jóvenes que llegaron a C.r.e.h.o. “se curaron” y volvieron a ser los mismos que Dios puso sobre la Tierra para vivir bajo su mandato. Cameron escapó del Centro de Rehabilitación junto a Jane y Adam haciendo autostop por una carretera rural. La toma final de los tres muchachos con las miradas perdidas, casi aliviadas, denotan un nuevo comienzo. Desiree Akhavan ganó el año pasado el Gran Premio del Jurado del Festival de Cine de Sundance por The Miseducation of Cameron Post y se ha convertido en una de las voces referenciales de la cinematografía LGTBI. En los tres personajes centrales de este texto, Matos, Cameron y Akhavan, frutos de la realidad y de la ficción, hay algo que parece inquebrantable, más allá de sus equivocaciones o aciertos: creen que el hombre y la mujer solo pueden moverse por errores que los lleven a redimirse. Sin decisiones radicales, dislocadas o inteligentes, pierden toda condición para asumir un riesgo mayor. En medio de todo se encuentra la manipulación religiosa y la corrección política, esa relación que persiste por las prebendas clientelistas, que para mala suerte suele parir espacios como C.r.e.h.o. y que, felizmente, ponen a prueba la inteligencia de gente como Akhavan.

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