Van Gogh: En la puerta de la eternidad (At Eternity’s Gate)
Irlanda-Suiza-Reino Unido-Francia-Estados Unidos, 2018, 111′
Dirigida por Julian Schnabel
Con Willem Dafoe, Rupert Friend, Oscar Isaac, Mads Mikkelsen, Mathieu Amalric, Emmanuelle Seigner y Niels Arestrup.

Las palabras y las cosas

Por Sergio Monsalve

Cuando fui de visita al museo de Van Gogh en Ámsterdam, compré un libro y un folleto. Andaba de turista con mi novia del 2013, Claudia Requena, con quien compartimos el gusto por las artes plásticas. 

Viendo los cuadros, repasaba los textos de sala y las líneas de los exegetas del creador de los paisajes postimpresionistas. En el camino leí un razonamiento clarividente. Por décadas, las interpretaciones del excéntrico egregio buscaron asociarlo a una propuesta de resistencia estética, en un gesto de vanguardia progresista contra el capitalismo. 

Así, una bota magnificada por un lienzo significaba una suerte de manifiesto comunista. No obstante, en su caso, una bota era una bota, una calavera era una obvia exposición del peso de la muerte, y no una forzadísima interpretación marxista del género soviético. Por décadas, la crítica quiso ver en él a una especie de genio del realismo social, ignorando las raíces metafísicas y panteístas de su obra. 

Julian Schnabel ha roto el maleficio, haciéndole justicia al sentido original de las piezas del autor holandés, recuperando las ideas y los principios que asentaron su devenir vital. 

Antes que él, en el cine, Kurosawa y Kiarostami habían tributado el legado de los planos de los girasoles, del viento que nos llevará, de las orejas cortadas sin explicación alguna. Martin Scorsese, por segundos, fue un espléndido Van Gogh. Y en años recientes, la escuela de la animación filmó una carta de amor loco para Vincent.   

En el subgénero audiovisual, dedicado al maestro, mis padres evocan la memoria de Sed de vivir, de Vincente Minnelli. Yo soy más de la época de Vincent y Theo, de Robert Altman así como también de la gran Van Gogh, de Maurice Pialat, a la que recuerdo como una cinta esquinada, luminosa y maldita. 

En la puerta de la eternidad se ha ganado un espacio en el top five de biopics sobre el retratista e ilustrador de bodegones transfigurados, debo decir. Pero en todo caso es lo que menos importa. Es que la película tiene la bondad de asumirse con una libertad que le permite narrar con la justa economía. Lo suficiente y lo mínimo, para no espantar al personal, entre el registro de escenas naturalistas y grabaciones de cámaras espontáneas, operadas por los mismos actores, a veces. 

El grupo de actores se entrega de lleno a la propuesta de rodar un proyecto coral, salpicado de los brochazos del falso documental y de los ensayos de Al Pacino con Shakespeare tales y como los vimos en En busca de Ricardo III. Y en ese plan se permite pensar sobre la tradición de llevar a la pantalla a vidas célebres en vez de optar por el automatismo de los biopics más convencionales.

A Schnabel, el director, le conocíamos su vocación de reinventar y adaptar el criterio del Dogma 95 en La Escafandra y la Mariposa, una posible domesticación mainstream y artie de las notas de combate del Lars Von Trier de los noventa.  

En la puerta de la eternidad será aborrecida por los haters de Schnabel, al considerarlo un simple imitador de las bombas suicidas de la periferia. Supongo que el contexto afecta la percepción. En un Festival europeo o de indies radicales, encontrarse con lo nuevo de Julian debe parecer un recorrido por una serie de postales de un influencer hipster con una cuenta de Instagram. 

En mi caso, la pude atajar en una sala de Caracas, justo antes del apagón eléctrico más trágico y lamentable de la historia del país. Los problemas de acceso cultural de la Venezuela chavista impiden actualizarnos y seguirle el ritmo a la metrópoli. Pero igual no estamos de víctimas; aguantamos y apreciamos que los distribuidores se atrevan a proyectar un largometraje para unos pocos que nos energizamos y salimos de la rutina carcelaria de la dictadura, gracias al incentivo de una generación alternativa que no se rinde. 

En la puerta de la eternidad permanece anclada en mi cerebro bajo exclusiva responsabilidad de la interpretación kamikaze que lleva adelante Willem Defoe, pero también por el secundario de Oscar Isaac en el rol de un Gauguin saturado del circo del espectáculo de los salones y las exposiciones europeas, pero también por el diálogo con un Mads Mikkelsen de sotana, por la secuencia con los niños, por el desenlace melancólico y por los flashes alucinados de una mente entrañable sin por ello convertirla en material para victimizarlo o para bajar línea de manera absurda, como mencioné al inicio. 

Una película de los disidentes y los martirios que generaron una ruptura necesaria, privilegiando el desprendimiento, la austeridad y la observación alterada de la naturaleza. Por la semana santa y por las caras de tormento del protagonista, bien podría enmarcarse en un ciclo doble con La última tentación de Cristo

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