¡Viva el Palíndromo!
Argentina-España, 2018, 99′
Dirigida por Tomás Lipgot.

Juegos simétricos

Por Rodolfo Weisskirch

La primera vez que escuché el término “palíndromo” fue gracias a un cortometraje brasilero del 2005 que compitió en uno de los primeros BAFICI. Lo particular del corto es que estaba narrado en sentido inverso. De atrás para delante. Lo original, en todo caso, es que el corto tenía efecto de rebobinado, pero que si cambiaba el sentido se narraba exactamente lo mismo, por lo que el título y el efecto estaba perfectamente justificado, desde la estética y el guión.

Esta forma de narrar, por entonces, estaba de moda, gracias a la sobrevalorada Memento (dirigida en ese entonces por un tal Christopher Nolan) pero el corto justamente le encontraba la vuelta al efecto, no era un mero capricho. Había ingenio genuino. Y por suerte se trataba de un corto.

La segunda vez que escuché el término, también fue en una película exhibida en un BAFICI, tres años después. Esta vez se trataba de una propuesta de Todd Solondz. La propuesta era una sátira con un humor negrísimo acerca del racismo y la pedofilia, que lleva la marca del director de Felicidad.

Nuevamente, el cine nos conecta con la terminología palíndroma a través de un documental que celebra la obsesión del director con este juego lingüístico. Tomás Lipgot se autodenomina un palindromista, un fanático que busca palíndromos y simetrías en el día a día. El juego lingüístico se traduce cinematográfica y narrativamente. Lipgot -cuyo apellido en realidad es Gotlip- viaja hasta Catalunia, dónde se desarrolla el encuentro anual de palindromistas.

El director construye un diario de viaje, un relato narrado en primera persona, como una suerte de catarsis personal cuya búsqueda es instruir al público general de cómo los palíndromos se introducen en la vida cotidiana de todos. No es realmente sorprendente que el documental está construido casi como un palíndromo. Y no es casual que dure 99 minutos exactos. Sin duda, hay demasiado material para que dure 66, pero los 99 son excesivos. Hay numerables escenas que no hacen más que repetir y reforzar información que ya estaba presente.

Acaso siendo consciente de la monotonía en la que amaga caer el documental, Lipgot decide introducir una agradable secuencia animada, y si bien el documental no carece de atractivos personajes, el foco del realizador para armar los encuadres está puesto más en los fondos que en los bustos parlantes.

El cuidado estético es la esencia lúdica de Vivan los palíndromos. Los planos de transición que muestran al director atravesando Catalunia son completamente equilibrados y simétricos, y para que quede claro, en una de las primeras secuencias, Lipgot lo explica a través del ejemplo de un documental sobre la vida de los insectos. Los entrevistados, por otro lado, no solamente se ubican en el centro del encuadre, sino que además se encuentran en espacios infinitos, como escaleras o debajo de arcos con puntos de fuga. Los traveling son circulares para generar la sensación de que arrancan donde terminan.

Lipgot se divierte jugando con sus personajes: los persigue por laberintos de ligustrina que en apariencia no tienen salida, se ofrece a una tomografía de la cabeza mientras elabora palíndromos y sale al encuentro de otros palindromistas con concursos de poemas y cantantes.

Puede ser que el documental tenga demasiado relleno, que muchas escenas estén forzadas y manipuladas para encajar con el concepto que intenta demostrar Lipgot, pero como el propio realizador lo toma con humor y mucha autoconciencia, ¡Vivan los Palíndromos! es una experiencia divertida y curiosa que nunca pierde su propósito lúdico desde el planteamiento estético y desde la búsqueda personal del realizador. El juego lo traslada al espectador y la búsqueda cruza la cuarta pared.

No será Solondz, tampoco pretende serlo. Mucho menos desea innovar desde la edición como el cortometraje brasilero, pero hay que admitir que Lipgot cumple en todos los detalles con su propósito: demostrar que los palíndromos y el cine pueden comunicarse, que la estructura palindromista y la composición visual simétrica forman parte del lenguaje cinematográfico, y por lo tanto las obsesiones personales del director de Moacir -personaje que tiene su acostumbrado cameo en la obra del director- como su profesión mantienen relación y coherencia.

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