Dark
Alemania, 2017, 10 capítulos de 60′
Creada por Baran bo Odar y Jantje Friese
Con Anna König, Roland Wolf, Louis Hofmann, Oliver Masucci, Jördis Triebel, Sebastian Rudolph, Mark Waschke, Karoline Eichhorn, Stephan Kampwirth, Anne Ratte-Polle, Helena Abay, Harald Effenberg, Sebastian Hülk, Deborah Kaufmann, Ella Lee, Andreas Pietschmann, Walter Kreye, Peter Benedict, Christian Steyer, Leopold Hornung, Tatja Seibt, Lisa Vicari, Hermann Beyer, Angela Winkler, Peter Schneider, Stephanie Amarell, Carlotta von Falkenhayn, Arnd Klawitter, Anatole Taubman, Luise Heyer, Lena Dörrie, Julika Jenkins, Michael Mendl, Gwendolyn Göbel, Lisa Kreuzer, Hannes Wegener

Das komplex kulebron

Por Federico Karstulovich

“Es complejo” es una construcción que suele decirse para justificar muchas cosas. Usualmente (y con el paso de los años) esa construcción ha terminado siendo un caballito de batalla de la despolitización (“pero si tal régimen que apoyás mató a X cantidad de personas?” a lo que como respuesta sobreviene “Bueno, es complejo, no es todo tan simple”). Pero la frase no queda limitada a la despolitización sino que también afecta a los artefactos audiovisuales que bordean el camino de ruptura. Hablar de algunos experimentos de Resnais y compañía casi medio siglo atrás (y un poco más también) podía llevarnos a aquel latiguillo: “es un cine complejo, es de autor, no es tan simple de entender”. Afortunadamente los años pasaron, Resnais también se permitió ser más burbujeante y juguetón y menos solemne. Pero también sus experimentos lograron permear esa capa superficial de inventos mainstream para, de a poquito, ir ampliando algunos límites. Para ser más concreto: desde El ladrón de orquídeas (Spike Jonze, 2002) hasta Lost (2004-2009) podemos intuir la presencia indirecta de aquel director de la Rive Gauche. Y es que a veces las influencias no tienen que ser declamadas ni gritonas, pero están. Tanto la película de Jonze como la serie de JJ Abrams supieron ser formas del arte popular que se permitían bordear zonas en otro momento infranqueables para el mainstream. Hoy, a 16 años de la primera y a casi una década de la segunda, tenemos maravillas como Rick and MortyBlack Mirror y otras tantas que terminaron por diseminar en el espacio del consumo masivo y hogareño a toda una serie de inquietudes que durante mucho tiempo estuvieron reservadas a delirios autorales. En ese sistema de integración de la vieja ruptura es en donde podemos encontrar a una serie como Dark. El problema es cuando el rizo se riza tanto que volvemos a la categoría inicial. Y cuando la influencia está mal administrada sobreviene el mencionado latiguillo: “No es simple de entender, es complejo”. Bueno, la serie alemana de viajes en el tiempo y culebrones varios no solo no es compleja, por el contrario, es un quilombo (si tienen dudas, miren el cuadro de aquí abajo, lleno de spoilers pero también de explicaciones y parentescos).

Ahora bien, que algo sea complejo no lo convierte necesariamente en bueno, necesario, estimulante. Si es un quilombo, menos que menos. Para los lectores no rioplatenses, el uso del lunfardo quilombo remite a “burdel, prostíbulo” pero también a “desorden, escándalo, confusión de cosas, enredo” y por último a “dificultades o problemas familiares  o comerciales”. Excepto por la primer acepción, todas las demás parecen haber sido concebidas para describir el sistema de relaciones que propone Dark. En esta serie alemana hay escándalos, enredos, confusiones pero también problemas familiares y comerciales. Si, me dirán que también hay toda una línea metafísica que se cuestiona el concepto de libre albedrío y la mar en coche. Bueno, lamento decirles que detrás de todo eso, antes que nada, hay un culebrón que nada tiene que envidiarle a las tiras diarias en formato telenovela de 200 capítulos. El problema es que lo que en aquella toma tiempo en nuestra serie se debe resolver en 10 capítulos, incluyendo al menos una docena de subtramas coordinadas, tres cruces temporales, desdoblamientos (hasta por tres!) de la personalidad y varias cosas más. Acaso ese sea uno de los grandes inconvenientes de esta maraña: asume que más (cantidad de información) es mejor. Pero carece de tiempo. O en todo caso, la paradoja es que lo administra mal.

William Shakespeare construía obras de teatro monumentales (de hasta cuatro horas de duración) por las que desfilaban al menos una treintena de personajes. Dark cuenta con unos 29 personajes centrales. Shakespeare entendía que no podían estar todos en escena todo el tiempo y por eso administraba sus intervenciones para que la maquinaria narrativa avanzara. Dark superpone personajes, administra sus conflictos de manera oscura o al menos opaca, no permite el lucimiento de ninguno de los sujetos que pululan por sus diez horas de duración y como avanzada la trama nos perdemos en los cruces de caminos, precisa de verbalizaciones, de split screens que expliquen los paralelismos imposibles entre personajes que pueden ser padres, hijos y tíos a la vez, dejando a Predestination (si, la película de Ethan Hawke en la que tiene un hijo…consigo mismo) al nivel de complejidad de un capítulo de los teletubbies.

Pero bueno, además de pretensiones shakespereanas que se convierten en telenovela de la tarde, Dark también se alimenta de otras fuentes. Ahí está David Lynch. Particularmente el de la década del 80, el de Terciopelo Azul y, naturalmente, el de Twin Peaks. Como en aquellas, en esta pequeña localidad con una central atómica (así como en la serie de Lynch funcionaba un aserradero), nada es lo que parece, lo que en la superficie se muestra como una vida atravesada por rutinas regulares en el fondo esconde asesinatos, pedofilia, secuestros, bigamia y varias cosas bonitas que no viene al caso revelar. Ahí aparece un segundo problema propio de las influencias mal adquiridas: en la serie y la película de Lynch hay un depósito cultural al cual se vuelve porque en el mismo se encuentra encerrada una hipótesis del mismo director: hay una representación de la cultura americana media y superficial que durante décadas se cristalizó y que merecía una revisión. Por eso el imaginario del cine del director de Corazón salvaje vuelve una y otra vez al universo del EE.UU. eisenhoweriano de los 50’s, como si en ese momento se hubiera consolidado una matriz a la que había que destruir.

En Dark, presuponemos, ese imaginario tiene que ver con la Alemania de postguerra y con una figuración bastante poco sutil sobre los horrores del pasado echados bajo la alfombra. Por eso ahí donde el espanto del mundo de los artefactos lyncheanos se vale de la historia solo como punto de partida para abismarse en lo desconocido, en la serie alemana se procede al revés: se comienza en torno a lo desconocido para fundamentar casi todas las relaciones posibles. Casi, me atrevería a decir, como si esta serie operara por una negación del fantástico, por una negación de la ambivalencia, de la ambigüedad. Por eso su movimiento es oscilante: precisa del misterio pero no puede avanzar sin resolverlo parcialmente (a golpe de explicaciones), porque sino es imposible seguir la línea del mundo de consecuencias que propone, al mismo tiempo, cuando más explica es cuando más se aleja del fantástico y de la línea no metafórica, no figurativa del mundo representado. Como si, de alguna manera, la serie estuviera desgarrándose entre una naturaleza (la narrativa, la que cree en lo inacabado, la que cree en las imágenes) y otra (la que precisa de explicaciones, la que descree de la imagen y se erige como cerebral, la que busca tener todo bajo control). En el medio de ese tironeo quedamos nosotros, los espectadores, intentando entender por dónde viene la mano, hacia donde van estos personajes dejados a su suerte.

Dark está plagada de ideas, pero no sabe cómo llevarlas a un puerto que las explote consecuentemente. Y cuando se pone excesivamente explicativa cae en uno de esos males en los que la televisión no debería caer: patear la pelota hacia adelante, para en algún momento poder seguir la jugada. Pero como esos jugadores que no dominan el balón, se lo quiere sacar de encima, como si le pesara, como si le quemara. Lo patea hacia adelante pero en el medio corre solo, pierde aire, se queda sin energía. Esa pelota/balón pateada al vacío de una jugada mágica que resuelva todo en algún momento, tiene un nombre. Se llama cliffhanger para la segunda temporada.

 

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