Edha
Argentina, 2018, 10 episodios de 40′
Dirigida por Daniel Burman
Con Juana Viale, Antonio Birabent, Pablo Echarri, Sofia Gala, Ana Celentano, Delfina Chaves, Inés Estévez, Juan Pablo Geretto, Daniel Hendler, Flavio Mendoza, Osmar Nuñez, Daniel Pacheco, Dennis Smith, Andrés Velencoso, Julieta Zylberberg, Heinz K. Krattiger, Brian Beacock, Louis-Philippe Lécuyer, Luisina Quarleri, Malena Villa, Sophia Castiglione

El misterio de la infelicidad

Por Hernán Schell

Hace un mes apenas la entrega del Oscar había decidido que era una buena idea convocar a un actor con voz horrible y una capacidad nula para entonar para cantar la canción “Recuérdame” de la película Coco. El resultado fue al mismo tiempo catastrófico e interesante. La catástrofe venía, obviamente, de haber tomado una melodía sentimental para volverla risibile, lo interesante venía por el lado de ver como una ceremonia carísima, que uno pensaría calcula todo al milímetro, cometía un error tan grosero. Digo este ejemplo pero podría decir otros: desde las peleas pésimamente montadas de las superproducciones de Michael Bay, pasando por chistes sin timing de comedias de alto presupuesto y hasta las bizarreadas de las aperturas del programa de Marcelo Tinelli. Todo esto tiene algo en común: ser la prueba de que no necesariamente el alto costo de algo quiere decir que vaya a haber un espíritu perfeccionista,  y que mucho dinero puesto en una producción no quita que pueda llegarse a pisos de horrores estéticos dignos de cualquier producción clase Z donde esa clase de errores son más esperables, porque suponemos que el menos presupuesto hace a la falta de profesionalidad.

Edha es un claro ejemplo de ese error. La primera producción de Netflix hecha en Argentina, dueña de un costo altísimo, plagado de nombres prestigiosos detrás y delante de la cámara (incluyendo por supuesto al nombre de Daniel Burman en la dirección), hiperpromocionada en spots y afiches en la calle, así y todo no sólo es una serie fallida, es una falla entera, una suerte de película de aires glamorosos que sólo puede verse (y en algunas ocasiones hasta disfrutarse) con cierto morbo.

La serie empieza condenada desde un principio, con una frase pomposa dicha en off y al mejor estilo de film noir por su protagonista. Esta frase dice así: “Dicen que en el mundo de la moda sólo importan las apariencias, los colores, las texturas, las formas. La belleza es un envoltorio, una máscara que nos protegen de nosotros mismos. Desde que murió mi madre Inés, aprendí a llevar esa máscara

Partamos de ese problema: poner esa frase propia del estilo de un film noir en medio de la estética cool de pasarelas y fotos con la que abre esta serie es un mal comienzo, justamente porque el verosímil de lo que se dice no es convincente con lo que la serie muestra. A esto sumamos que la protagonista está interpretada por Juana Viale, quien hace aquí de una diseñadora de prestigio y gran talento. Si, Juana Viale posee el rostro para ser asociada al mundo del modelaje: posee una belleza clásica y rasgos delicados. El problema es que su calidad como actriz (inexpresiva hasta lo desconcertante y peor aún, para un personaje del cual escuchamos su voz en off por lo menos tres veces en cada capítulo y a veces en largos monólogos, su incapacidad para modular la voz) le da un registro monocorde, que hace que cualquier expresión de sentimientos se vuelva insostenible. Si, podría estar cortada con la tijera de una femme fatale fría y cínica, pero no es el caso. A uno le da la impresión incluso de que la actriz fue elegida para esta serie dado que se trata de una estrella en el mapa actoral argentino hoy por hoy. Edha, en este sentido, demuestra una obsesión manifiesta: “colocar” gente conocida, como si coleccionara figuritas costosas por el sólo hecho de que llamen la atención, de que llenen la pantalla. Así es como acá pueden convivir actores hiperconocidos con papeles menores, que aparecen apenas en un par de capítulos o que aparecen unos minutos para desaparecer después, como si este producto estuviera más obsesionado por mostrar que consiguió tal o cual estrella que en hacer algo con ese personaje en cuestión.

Por un momento pensé -aunque sea para redimirla un poco- que en esta última característica puede haber algo interesante de parte de la serie: la idea de que, al estar hablando del mundo de la moda, entonces es lógico que todo se banalice, y que sus actores se vuelvan simples caritas conocidas sin que esto se desarrolle demasiado, como un acto de frivolidad en una película que se ocupa de un mundo eminentemente frívolo. Pero francamente creo que para llegar a eso Edha debería manejar un sentido de la ironía sofisticadísimo. Y para lograrlo, antes debería tener humor. Y francamente no recuerdo una serie con menos humor que esta, enviciada por diálogos dueños de una solemnidad y infinita y una falta de naturalidad que asombra, como si el artificio fuera una catástrofe que no pudieron prever en vez de un tono irónico.

Cuesta creer que quien está detrás de este producto sea Daniel Burman, realizador desparejo pero talentoso que supo en algún momento ser un representante del joven nuevo cine argentino, que justamente se caracterizó por haberle devuelto al cine nacional una idea de que los diálogos de las películas argentinas suenen creíbles y coloquiales. Algo que de hecho Burman lograba y muy bien en sus reinvenciones del costumbrismo argentino en películas como El Abrazo Partido, Derecho de Familia y El Rey del Once. Acá hay poco y nada de eso, de hecho, es prácticamente imposible reconocer el sello Burman en alguno de sus planos (hay, apenas, una subtrama de familia judía dando vueltas por ahí como para mostrar algún sello personal, pero se trata de un sello epidérmico).

En Showgirls (1996) Paul Verhoeven, su director, mostraba a mujeres que bailaban en tetas siendo entrevistadas como si fuesen estrellas de Hollywood de primer nivel. A diferencia de aquella, acá no hay autoconsciencia trash ni espíritu satírico, sólo tramas policiales insólitas y llenas de cabos sueltos, subtramas de melodrama barato y un par de vueltas de tuerca imposibles. Quizás como resultado positivo de todo esto es que, a su modo, Edha de tan mala termine siendo inolvidable, y que el gran logro argentino haya sido llegar a Netflix para inaugurar la primera serie de esta imperial plataforma que se disfruta como consumo irónico.

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