Fosse/Verdon 
EE.UU., 2019,  8 episodios de 48′
Creada por Thomas Kail & Steven Levenson
Con Sam Rockwell,  Michelle Williams,  Kelli Barrett,  Norbert Leo Butz,  Aya Cash, Nathan Corddry,  Evan Handler,  Rick Holmes,  Byron Jennings,  Bianca Marroquín, Susan Misner,  Laura Osnes,  Margaret Qualley,  Paul Reiser,  Blake Baumgartner, Adrienne Lovette,  Tommy Bayiokos,  Kelli Berglund,  Andre Da Silva,  Brian Faherty, Chandler Head,  Stephen Plunkett,  Vin Scialla,  Christiane Seidel,  Nicholas Baroudi, Paloma Garcia Lee,  Arianna Rosario

It’s showtime

Por Rodolfo Weisskirch

Vivimos un presente de presunta crítica y deconstrucción constante. Tras años de abusos, violaciones, acosos, censura, discriminación y represión contras las mujeres el presente impone, en distintos ámbitos sociales -desde la política hasta la cultura, pasando por la comunicación y el arte- la invocación de una mayor igualdad, mayor inclusión y consolidación de derechos para las mujeres. Esto ha generado, inevitablemente, un reconocimiento acerca de los crímenes y faltas (culturalmente naturalizadas) cometidas por los hombres a lo largo de la historia.

El problema surge cuando caemos en la simplificación de ir con el dedito acusador, tratando de cambiar el mundo, como si el señalamiento policial fuera suficiente para resolver siglos y siglos de injusticia y desigualdad. Y si la acusación no resuelve nada, tomarse de un movimiento que nace de la necesidad de reclamo para construir ghettos de consumo, tampoco (parece más bien un recurso oportunista y misógino: algunas de esas personas levantan una bandera que no les pertenece, y comercializan esa misma lucha, lavándose las manos de culpa, encima quedando como referentes del empoderamiento: Jorge Rial, teléfono). 

Este problema no excede al Hollywood contemporáneo. Hipocresía, mascarada y culpabilidad. Pero también pasado cedido al olvido. Asi las cosas, entre tanta manipulación especulativa, también se puede ser sutil. Y a la vez remover un poco la historia. La desmitificación como compresión de la génesis y la necesidad de los movimientos que hoy reclaman por mayor igualdad. Desandar normas culturales que podían naturalizar la violencia. En esa dirección habría que pensar a Fosse/Verdon. 

Gwen Verdon fue una actriz, cantante y bailarina, que vivió casi la mitad de su vida, bajo la sombra de su esposo: Bob Fosse. Aunque fue ella quien lo llevó a Hollywood -a través de la obra y, posteriormente, la película, Damn Yanquees!– Fosse, a fuerza de talento, ideas y carisma, empezó a ocupar el lugar central de la escena. Como tensión entre esas dos figuras, a lo largo de sus ocho episodios, la serie de FX intenta bajar del podio a la genialidad de Bob Fosse y devolverle a Gwen Verdon los méritos creativos que tuvo a lo largo de la sociedad que ambos conformaron mientras realizaban Sweet Charity, Cabaret, y principalmente, la puesta de Chicago.

Lo inteligente de esta serie poderosa es cómo exhibe la tendencia que tenía (ejem… tiene) Hollywood de subestimar a la mujer en rubros creativos. Ni Bob es acusado de misógino, ni ella de naturalizar los acosos y abusos de la industria. Pero sí se muestra de qué forma la meca del cine intentaba dar continuidad a una idea más vieja que el mundo: detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer. De hecho esto era aceptado muchas veces por el propio Fosse -con tal de continuar trabajando y retener la imagen que los medios y la propia industria crearon a su alrededor- relegando hasta la invisibilidad total a la imagen de Verdon.

No: la serie no plantea nada particularmente innovador (no reconocemos en ella el menor riesgo estético), por lo que el interés hay que buscarlo en los aspectos que la narración elude, escapando cada vez que puede al biopic tradicional -porque nunca intenta separar a los personajes, uno de otro-. Y es que, aun no estando juntos en una misma escena, la serie siempre habla de la relación entre los integrantes que le dan el nombre. La historia de amor que narra Fosse/Vedron trasciende lo profesional, lo sexual y lo conyugal. Los creadores de la serie, Steven Levenson y Thomas Kail, no profundizan demasiado en las relaciones que los protagonistas tienen con otros personajes, a menos que estos influyan en la evolución de la relación de Gwen y Bob. Quizás sea por eso que nunca terminamos de conocer realmente a ninguno de los dos en relación al resto (relegando a personajes como Ann Reiking, una de las parejas extramatrimoniales más reconocidas del coreógrafo, mucho después de separarse –aunque no legalmente- de Gwen Verdon). 

No era un secreto que Fosse fuese mujeriego, pero sí que no podía decidir qué paso dar en la vida y el arte sin la aprobación de su esposa, a la que amaba con la misma magnitud con la que intentaba inconscientemente –porque el retrato de la serie no es de un hombre violento física o verbalmente- tapar detrás de su figura de genio. Es ahí donde la serie incorpora, sutilmente, otro tipo de abuso, que ha sido poco explotado y ha tenido poca profundidad. Fosse trataba a todas sus mujeres con igualdad, las defendía, pero también las explotaba y al final imponía su personalidad sobre la de ellas (al menos en la esfera pública). No era maldad, ni misoginia. Era simplemente un reflejo social de una época en la que esta forma de minimización se veía habitualmente. 

El retrato de Verdon es el de una mujer fuerte y segura, si, pero al mismo tiempo necesitada. Como leyenda de un medio muy competitivo sabía que necesitaba de Fosse para volver a tener la luz que había perdido por culpa de estar a la sombra…de Fosse. Esa contradicción, combinada a la admiración y genuino amor que ella sentía por su esposo es lo que convierte a Fosse/Verdon en un producto tan atractivo y atrapante, porque el magnetismo destructivo y constructivo entre ambos no nos deja abandonarlos. Dos personajes que no tienen malicia, pero de alguna forma se terminan fagocitando mutuamente como una simbiosis patológica. Y donde uno es, ante los ojos de los demás, un sujeto poderoso, pero que a su vez resulta tan débil que no puede hacer nada sin el otro. 

La serie no abusa de flashbacks ni flashfowards como en muchos biopics que hemos visto una y otra vez. Apenas si los utiliza por específicas necesidades narrativas, con cuentagotas. Esto la convierte en una serie con una narrativa temporal depurada, prácticamente lineal. Afortunadamente la serie no se propone una mímesis. Y es que los creadores comprenden que nunca van a poder estar a la altura de Fosse, por lo que se limitan a copiar movimientos, pero no querer ser Fosse/Verdon. No hay un intento de cometer el mismo error que Rob Marshall -el director de Chicago siempre fue mediocre porque nunca le dio prioridad a las historias o personajes, sino a la emulación estilística, por eso su cine es el del ejercicio de estilo-. Y ahí está el fuerte de esta serie. El centro puro y duro de lo que narra es el vínculo afectivo y sentimental de los protagonistas. Nada nos distrae de sus conflictos. La empatía es total. Y el gesto retro es lo que menos importa.

Michelle Williams y Sam Rockwell no son una caricatura ni un mito duro replicado con miedo. Por el contrario, son personas de carne y hueso, porque los sentimientos se sienten reales y la química, la confianza, el timing de ambos intérpretes es absoluta. Se entregan completamente uno al otro. Y eso traspasa la narración. Los silencios, las miradas y las discusiones trascienden la historia. Cuando ese vínculo permite olvidar que se trata de una biopic, significa que la obra conceptualmente funciona. Más allá de las personas reales. Hay dos personas en perfecta combinación construyendo una historia universal. 
Valga una aclaración: es verdad que Rockwell siempre fue un artista versátil y virtuoso, de un talento increíble, pero lo de Michelle Williams es una transformación extraordinaria. Imposible no sentir su potencia emotiva detrás de ese rostro gélido, que debía confrontar numerosas decepciones. 

Fosse / Verdon es una biopic, si, pero no de las obvias. Es un reconocimiento a dos artistas únicos. Y en esa representación se puede leer una lectura contemporánea de las secuelas de ese Hollywood que se autodenominaba progresista, pero seguía las pautas del Hollywood más conservador. Y asi como en la superficie se postulan revoluciones, mucho de eso que observamos con espanto no cambió. Pero la serie no es sobre una agenda contemporénea. Es, fundamentalmente, la historia de un amor clásico que trasciende la política, la denuncia y a los personajes mismos. Vale la pena recordarlo y conocerlo, evitando ciertos clisés y explotando dignamente lugares comunes del género. Podemos no quererlo, ni reconocerlo, pero la vida es un cabaret…Frente a eso, no hay nada más que decir: Que siga el jazz!

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