La casa de papel
España, 2017, 23 episodios de 70′
Creada por Alex Pina
Con Alba Flores, Paco Tous, Álvaro Morte, Úrsula Corberó, Pedro Alonso, Miguel Herrán, Kiti Manver, Enrique Arce, María Pedraza, Anna Gras, Fernando Soto, Darko Peric, Juan Fernández, Itziar Ituño, Jaime Lorente, Fran Morcillo, Roberto García Ruiz, Esther Acebo, Mario de la Rosa, Clara Alvarado, Miguel García

Partir de un clishé/llegar a uno

Por Hernán Schell

“Que esto no es una de Tarantino” dice en un momento uno de los personajes de esta serie. Lo dice porque en ese momento  se ven a cuatro de los atracadores apuntándose entre ellos con pistolas, en una escena típicamente tarantiniana. Pero uno supone también que esto tiene que ver con un director que, al menos en su forma, parece deberle algo al director de Tiempos violentos: con su desorden cronológico a la hora de plantear la historia, su espíritu cool, su gusto por un mundo criminal claramente artificial y deudor de los géneros. Y así y todo, La Casa de Papel no es Tarantino, en parte porque QT siempre supo que se pueden contar historias que se contaron mil veces siempre y cuando se le encuentre una sola, aunque sea una mínima variación. Así es como en Tiempos violentos podía contar el lugar común de un asesino mafioso que se enamoraba de la mujer del jefe, pero en lo que se detenía no era en la historia en sí sino en otras escenas distintas: en largas charlas sobre los silencios incómodos, en alguna escena descolgada que lo sacaba a uno de la historia tradicional, en algún que otro momento de baile descolgado pero bienvenido. Además, estaba el juego de poner estereotipos que se ponían de pronto a hablar de cosas que uno no esperaba: hamburguesas, parejas, posibles milagros etc… En definitiva, partir de un clishé, como decía Hitchcock, no debería ser necesariamente un problema si uno sabe cómo salir de él. El punto no es el estereotipo, sino cómo pensarlo y apropiárselo creativamente.

En La Casa de Papel también hay estereotipos por todos los costados. De hecho, posiblemente, no haya mucho más que eso: una ladrona sexy y canchera de armas tomar, el psicópata sádico, dos ladrones padre e hijo que piensan este robo como un hecho familiar, la chica rica y triste y la policía dura que debe enfrentar un mundo de hombres que la subestima. No obstante, a diferencia del cine de QT, nunca los vemos hacer otra cosa que lo que uno esperaría de ellos. De hecho, no debe haber una sola situación en esta serie que no hayamos visto en miles de otras películas y series antes. A esto se le suma otra cosa que es la voz en off narrada (vaya a saber uno por qué, porque en verdad cualquier otro personaje pudo haberlo hecho sin que ocurra diferencia) por la ladrona sexy apodada Tokio, se encarga de remarcar una y  mil veces características de los personajes y de la misma trama que se notan a años luz de distancia. Así es como, cuando tiene que hablar del psicópata de Berlín, la narradora lo presenta como alguien inestable y peligroso; cuando tiene que hablar de un nerd tímido, se nos aclarará que es un nerd tímido. Al punto tal puede llegar el nivel de obviedad y redundancia de esta serie que al tipo que planifica el robo al dedillo, midiendo cada centímetro de todo y exhibiendo una inteligencia criminal superlativa, se lo llama “el profesor”. Más aún, a lo largo de la serie debe decirse unas quince veces en boca de unos diez personajes distintos que “el profesor” es un tipo brillante y que ha pensado todo al dedillo.

El nivel de obviedad manejado es lo suficientemente grande como para que incluso la serie muestre al final una causa del por qué nos ponemos en favor de los delincuentes. La casa de papel es, después de todo, equiparable a una película sobre asaltos de guante blanco. Es decir, un cuento en donde se elabora a la perfección un plan para robar una institución grande y de poca popularidad -como la que podría ser un banco o un casino por ejemplo-. En este caso, en cambio, el blanco a robar es la casa de la moneda, y la originalidad de la serie -el único rasgo de originalidad en realidad- es que los ladrones no vienen legalmente a robar, sino a encerrarse en esa casa de la moneda con un montón de rehenes para imprimir sus propios billetes y fugarse con ellos. Hay algo ahí claramente de simpatía subversiva de ladrones que vienen a joder al sistema, a herir a algo que representa el poder económico y financiero. Para que eso nos quede claro, pero clarísimo, hay un largo monólogo que entrega El Profesor en su momento a una policía hablándole del canalla mundo financiero y aclarando que el robo que él hace no se parece en nada a los actos criminales disfrazados de legalidad que hacen las instituciones bancarias y el Estado.

Con esta sutileza de un laxante a dos horas de ser ingerido es como la serie avanza a través de 23 capítulos, mientras entrega escenas insólitas en su mal gusto visual y que a la vez descolocan por su gratuidad: primeros planos a culos de dos chicas bailando, un uso y abuso de la cámara lenta en las escenas de acción y unos cuantos movimientos de cámara abruptos, efectistas que recuerdan al espantoso cine de Guy Ritchie, y un plano final con fondo de postal turística que es un techo pocas veces alcanzado de la vergüenza ajena.
Pero también, si uno se pone a analizar la lógica interna de la serie, puede encontrarse con una buena cantidad de errores en el supuesto plan perfecto de El Profesor y trampas baratas hechas al espectador para crearle suspenso, es decir: ni siquiera puede sostener su propia lógica sin incinerarse. Y así y todo, La Casa de Papel logró tremenda masividad y adquirió de un día para otro la capacidad de instalarse -aún cuando no se sabe por cuánto tiempo- en la cultura popular reciente. Pienso que su éxito se sustenta en un par de ideas buenas de marketing (como las simpáticas máscaras de Dalí que tienen los delincuentes) pero también en su trazo grueso, en su presunta corrección política, pero fundamentalmente en esta idea de partir de clishés para llegar a clishés aún mayores, incluso al punto de ver varias tramas y diálogos que en el fondo no son demasiado diferentes de las que se pueden ver en una telenovela berreta de las tres de la tarde. Y acá está, creo yo, lo que hace distinta a muchas grandes producciones de series que vemos hoy: en épocas en las cuales las series tienden a querer ser más sofisticadas, más oscuras, más experimentales, La Casa de Papel termina siendo una serie que detrás de su apariencia lustrosa, la supuesta originalidad de su propuesta, no esconde mucho más que lo mismo que podemos ver en cualquier programa de televisión vulgar. En el fondo, ahí reside también su insospechado mérito: que por más que uno pueda burlarse de sus taras, una vez que uno se engancha en su juego berreta, es rabiosamente divertida.

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