La maldición de Hill house (The Haunting of Hill House)
EE.UU., 2018, 10 episodios de 60′
Creada por Mike Flanagan
Con Michiel Huisman, Carla Gugino, Henry Thomas, Elizabeth Reaser, Timothy Hutton, Victoria Pedretti, Kate Siegel, Lulu Wilson, Oliver Jackson-Cohen, Paxton Singleton, Julian Hilliard, Mckenna Grace, Violet McGraw, Annabeth Gish, Anthony Ruivivar, Samantha Sloyan, Robert Longstreet, Levy Tran, James Lafferty, Anna Enger, Jordane Christie, Catherine Parker, Olive Elise Abercrombie, Elizabeth Becka

Casas malditas eran las de antes

Por Claudio Huck

Un boom. Hay que reconocer que Netflix ha terminado de imponer una manera determinada de consumir televisión. El formato de serie en varios capítulos es el que fue aceptado como el estándar de la actualidad. Se parece más a los seriales originales que a las series de la época clásica de la TV, que si bien tenían protagonistas que se repetían, y una temática determinada, eran unitarios que podían verse en cualquier orden y de forma independiente. The Haunting of Hill House es la serie del momento, todo el mundo la está viendo y comentando, y se le está dando una manija fenomenal. Hay que ver para creer el desmesurado 8.9 con que la califica IMDb.

La historia. Olivia y Hugh Crain, pareja y arquitectos de profesión, se mudan a la vieja mansión de Hill House junto a sus cinco hijos con la intención de remodelarla y revenderla a buen precio. No cuentan con que en la antigua casona hay fantasmas que acecharán a todos y una habitación roja (Red Room, que recuerda el Redrum de El resplandor de Stephen King), aparentemente inaccesible, que tratará de apoderarse de cada uno de ellos. Después de un primer capítulo expositivo de presentación de personajes y del  conflicto, cada entrega irá desarrollando a cada uno de los protagonistas en particular, hasta llegar al capítulo 6, ejecutado como bisagra que parte en dos a la serie, dejando una última parte en la que la casa maldita y su influjo sobre los antiguos moradores es el meollo.

Terror or not terrorLa propuesta inicial de la serie es el horror adscripto al tópico clásico de casas embrujadas, pero a medida que van pasando los capítulos la historia irá virando hacia el drama familiar y el miedo pasará a un segundo plano. Nada hay más decepcionante para un cultor del Cine Fantástico que zambullirse de lleno en una serie de 10 horas, que desde el título mismo promete sustos, y en vez de ello encuentre largos parlamentos, complejos psicológicos, melodrama, alguna tragedia y duelos actorales al estilo de ¿Quién le teme a Virginia Wolf?.  No es que esté mal, pero el problema surge cuando se pierde la premisa. Uno de los temas recurrentes de Stephen King es la infancia como cuna de traumas que marcarán la adultez, y las tramas que desarrolla funcionan como terapia de superación. El ejemplo prototípico es su novela La hora del vampiro. Después de un inicio trepidante se toma un impasse de 300 páginas, lleno de dramas de todo tipo, hasta la aparición definitiva del terror. Pero cuando éste surge es abisal, monstruoso, y el miedo está asegurado. Algo que nunca sucede con Hill House, donde la promesa de terror es constante y nunca termina de concretarse. Hay algún final de capítulo que está bien logrado y augura próximos terrores. Pero al abordar la continuación, se vuelve a perfilar el costado melodramático y el horror, nuevamente, queda en un compás de espera.

La novela. Hay, al menos, dos adaptaciones anteriores de la novela de Shirley Jackson en la que se basa la serie. Una versión de 1999 de Jan de Bont no demasiado inspirada, The Haunting,  que hace hincapié en los FX y explota unos decorados alucinantes en una casa increíble. Y la dirigida por Robert Wise en 1963, también llamada The Haunting, que es el ejemplo preciso y notable del uso climático del fuera de campo. Es un filme que prescinde casi por completo de los efectos visuales y se aboca, con fortuna, a un elaborado trabajo con el sonido y sobre lo que no se ve, lo que acecha más allá del cuadro. También hay una sugerencia (bastante evidente) de atracción homosexual entre dos de las mujeres protagonistas. El grupo original era heterogéneo y estaba comandado por un parapsicólogo, no se conocían previamente, y se internaban en la casa con la intención de estudiar los fenómenos paranormales. Poco quedó de la historia inicial.

Flanagan transformó al clan protagónico en una familia que debe lidiar con el suicidio de la madre y con relaciones interpersonales que se complican con los años.

Lo que Wise insinuaba Flanagan lo explicita, y el coqueteo lésbico apenas insinuado en la película clásica es uno de los ejes narrativos principales de la serie. El guión tiene, además, una evidente corrección política: todo el mundo toma a la homosexualidad como un dato más, nadie hace la mínima referencia al novio negro que trae a la familia la hermana menor, los heroinómanos se recuperan con perseverancia y fuerza de voluntad, los que se niegan a tener hijos terminan siendo padres, y una situación de adulterio (femenino, como corresponde a épocas inclusivas) es un puñal clavado en la mujer que lo ha cometido, y la única manera de mitigar la angustia es contarlo a su pareja,  que es muy comprensiva, por cierto. Porque, como dirían los Pimpinela,  lo primero es la familia. Una historia blanca que no debe incomodar a nadie. Un asquete. Cuando se quiere contentar a todo el mundo se termina por no conformar a nadie.

Lo que no nos gusta. Un problema sustancial es la ambición de Mike Flanagan, su tendencia al alarde técnico, sus ansias desmedidas para demostrar que es un auteur. Las elipsis y los saltos temporales son los recursos que privilegia para contar su historia, pero al ser constantes a lo largo de los 10 capítulos, se vuelven rutinarios, terminan aportando confusión a la historia, y lo que pretende ser un rasgo de estilo desemboca en afectación.

El alabadísimo capítulo 6 deja en evidencia una pericia técnica notable. Consta de unos pocos planos-secuencia de composiciones perfectas y desempeño dramático admirable por parte de los actores. Cada uno recita sus parlamentos impecablemente, se mueven en el cuadro de manera que éste siempre se encuentre equilibrado. La factura es perfecta, pero habría que preguntar a los espectadores: ¿Cuántos recuerdan los diálogos o pueden hacer un relato pormenorizado de la historia, que pasa a un notable segundo plano en pos de cierta megalomanía técnica? Y habría que interrogar al propio Flanagan: ¿Es para vos el travelling, como postulaba Godard, una cuestión moral?

Tarea para el hogar: comparar la ductilidad Flanagan para mover la cámara con los travelling de Brian de Palma en Vestida para matar(1980) o en El sonido de la muerte (Blow Out, 1981). Una cosa es el dominio de la técnica y otra muy diferente hacerlo con sustancia y significación.

El combo de los saltos temporales constantes y los aditamentos tecnológicos (a los que se suman los efectos especiales ostensiblemente digitales) termina siendo altamente distractivo. Hay que entender también que este capítulo fue pensado como anzuelo promocional, con making of  incluido. Cualquier espectador no iniciado en cuestiones técnicas puede comentar las complejidades de su realización, resaltar la importante cantidad de personas (más de 100) implicadas en el rodaje, destacar el mes completo de ensayos con los actores para que la sincronía fuese perfecta, etc.

Hay también varios desaciertos de la trama que nunca se aclaran y terminan planteando interrogantes que no se resuelven. El principal: Por qué los fantasmas no conservan unidad de lugar. Las casas embrujadas están habitadas por espectros, pero no persiguen a los personajes a través del tiempo y el espacio. Aquí los personajes son hostigados por ellos después de muchos años y en los lugares y las circunstancias más disímiles. Poco después de suicidarse, Nell se presenta ante Steven en su casa o Luke es perseguido por el hombre alto que levita por las calles donde compra droga. Olivia (en el “pasado” de la historia) tiene una visión del cadáver de Nell (algo que sucede en la casa funeraria que pertenece a Shirley, muchos años después) y la Nell ahorcada es la “Mujer del cuello” que aterrorizaba a Nell pequeña (es decir, Nell se presenta ante sí misma, retrocediendo en el tiempo, arbitrariamente, en el momento de su suicidio). Se puede alegar que la casa está encantada y no es improbable que ocurran cosas raras en ese marco, pero una línea de diálogo podría haber mitigado la desazón. Si cualquier cosa puede suceder, nada tiene sentido. Las buenas obras de terror abrevan en la mitología clásica y, si no es así, crean sus propios mitos. Un ejemplo. Sabemos que los vampiros se sienten espantados por la simple visión del crucifijo. Es una regla mítica que debe respetarse, y si no se hace se cae en una inverosimilitud que va a ser percibida en el acto por el espectador y, por consiguiente, romperá la necesaria Suspensión voluntaria de la incredulidad necesaria para gozar el espectáculo fantástico. Una estupenda película de los años 80, La hora del espanto (Fright Night, Tom Holland, 1985), muestra a un vampiro que se burla del crucifijo que se le presenta, ante los ojos atónitos de su atacante. El vampiro explica que, para que la cruz cristiana funcione, debe tenerse fe. Con esa simple línea se justifica perfectamente la situación, que se torna lógica. El mito no se rompe sino que se actualiza y no cambia su naturaleza.

Nada de eso sucede en Hill House. Los fantasmas deambulan donde quieren en el momento que desean, incluso pueden viajar al pasado, y no se vislumbra ninguna regla precisa. La confusión llega a tales extremos que por momentos dudamos que los fantasmas existan realmente y podemos llegar a suponer que no son más que proyecciones psíquicas de los torturados protagonistas.

La conciencia del espectador se carga de interrogantes que lo sacan de la trama, y si a eso sumamos el dramón insistente y las relaciones sinuosas entre los personajes, de horror queda poco y nada.

Tiempo de balances. Si terminamos de mirar completos los 10 capítulos que conforman la serie es porque mala no es. Se deja ver, tiene algunos momentos logrados, sobre todo cuando la acción se centra en Hill House. El que disfrute con los melodramas tipo Family (la serie dramática de los años 70) o Gente como uno (Ordinary People, Robert Redford, 1980),  encontrará la horma de su zapato. Los amantes del fantástico, no tanto.

Alabar las actuaciones y las proezas técnicas de una megaproducción televisiva diseñada para ser exhibida en todo el mundo, es casi una obviedad. No puede pretenderse menos que eso.

Las nuevas generaciones, que tienen el ojo acostumbrado a los efectos digitales, quizás no encuentren insoportables determinadas escenas, como la aparición del fantasma de Nell en el primer capítulo, que nos recordó la imagen recurrente de un rostro que grita de la película Pink Floyd: The Wall (1982). Los momentos finales en los que se cierran todas las subtramas con tema musical de fondo, a la manera de un videoclip, con su exceso de sentimentalismo pueden provocar un aumento importante de azúcar en sangre por lo que no se aconseja a personas diabéticas.

Netflix reina en el universo televisivo. Sus series se consumen como pan caliente. Pero cierta aflicción nos asalta después de las 10 horas de vida que se nos fueron viendo Hill House. En ese tiempo podríamos haber visto, al menos, cinco grandes películas.

La vida es corta y el cine que nos falta ver, mucho.

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