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Tiempo de lectura: 7 minutosTales from the Loop

Luciano Salgado

Tales from the Loop
EE.UU., 2020, 8 episodios de 55 min.
Creada por Nathaniel Halpern
Con Rebecca Hall,  Duncan Joiner, Daniel Zolghadri,  Nicole Law,  Tyler Barnhardt, Stefanie Estes,  Jane Alexander,  Tatiana Latreille,  Christin Park,  Dylan Bodner, Alec Carlos,  Daniel Kang,  Jillian Danford,  Elektra Kilbey,  River Price-Maenpaa, Jonathan Pryce,  Paul Schneider,  Antoinette Abbamonte,  Sean Connolly Affleck, Emjay Anthony,  Erik Athavale,  Liliane Chretien,  Tony Hart,  Victor J. Ho, Alessandra de Sa Pereira,  Alicia Johnston,  Keenan Lehmann,  Leann Lei, James Madge,  Brian Maillard,  Chelsey Mark,  Beverly Ndukwu,  Ken Pak, Stephanie Sy

Eso de llorar es una cosa del bocho

Por Luciano Salgado

Acostumbrado a llorar por prácticamente cualquier pavada, no suelo ser parámetro emocional. Soy, digámoslo, un llorón profesional de esos que cada vez que se da la ocasión lavan los ojitos de adentro para afuera. A tal punto sucede esto que cada tanto mi novia me mira a ver si estoy por llorar cuando vemos películas o series y sobreviene algún e inevitable momento emocional. Odio cuando hace eso. Pero, ciertamente, tiene algo de razón cuando desconfía de mis lagrimales (ella, en cambio no llora casi nunca: cuando nos conocimos y vimos La La Land juntos incluso no tuvo la menor reacción en el final, yo en cambio lloraba tibiamente, pero constante). La cuestión es que cuando una serie o una película me prepara para el momento me suele activar un mecanismo de defensa: veo venir el movimiento y no se me abre ningún chakra emotivo. Al revés: desprecio esa clase de tentativas a las que considero extorsivas. En cambio me doy cuenta que cuando hay un mood, un tono que habilita a un clima de fondo, la sensación no es forzosa, sino que emerge de los mismos materiales.

Esa experiencia me pasa con algunos pocos directores emocionales, de esos que saben construir ese tono, que le impregna al relato una textura emocional que no nos suelta. Spielberg es uno de esos casos. Es uno de los pocos grandes genios cinematográficos que supo observar con minuciosidad el problema de la empatía como un problema narrativo. Porque la empatía es mirada, si. Pero es mirada global, no es mirada focalizada. Podemos empatizar cuando entendemos a los personajes integrados a un contexto. Por eso no existe la empatía como un fenómeno abstracto. Es, en todo caso, una experiencia relacional. Solo es posible la empatía en la relación entre las personas (o en la relación entre las personas y las cosas). De ahí que cuando comprendemos que Spielberg narra empáticamente lo hacemos porque integramos ese mirar desde dentro y desde afuera. En breves palabras, el director de Inteligencia Artificial narra el encuentro, narra el hiato de separación e intersección. Por eso sus planos son algo más que información cargada al encuadre. De hecho si hay un fenómeno cinematográfico que define la mirada spielbergiana es justamente ese hiato, esa separación a la vez que interesección es el plano secuencia con mediana profundidad en su cine. La experiencia de interacción entre mirada y mundo es claramente reconocible en esos planos que nos hacen formar parte pero al mismo tiempo nos relegan a una cierta periferia. Mirar desde dentro a la vez que desde fuera es una de las clásicas formas de empatizar.

Esa mirada spielberguiana aparece en esta verdadera figurita tapada que es Tales from the Loop, quizás la serie de ciencia ficción más humanista de los últimos años. Con ocho capítulos de menos de una hora de duración cada uno de ellos, la serie tiene un aroma a los viejos unitarios (ese formato que ahora hemos adoptado con nombre angloparlante: antología) que contaban en pocos minutos un cuento moral. Si, ya sé: desde las primeras experiencias en los 50s para acá tenemos uno y mil casos (desde Alfred Hitchcock Presenta a American Horror Story ha pasado mucha agua bajo el puente). Pero si todavía hay gente en la sala que no sabe de qué se trata esta clase de formato, venga el mataburros: un unitario es un programa con una determinada cantidad de capītulos (algunas décadas atrás no podían ser menos de 20 capítulos por temporada, hoy, con suerte, llegamos a 8-10 como máximo. A su vez un unitario es un programa con capítulos autoconclusivos, que no desarrollan necesariamente historias en continuidad sino que tienen un peso específico propio. Esto les da una identidad definida: se trata de un formato equiparable al del cuento breve, que tiene que tener impacto, ir a lo justo. Por eso este formato se lleva muy bien con las fábulas, con los cuentos morales. A su vez, cada capítulo tiene personajes distintos y nuevos con respecto al anterior (eso quiere decir que una serie con estas características carece de protagonistas de la temporada). Pero también es importante mencionar que el formato experimentó, con el paso del tiempo, una tendencia a la hibridación (como casi todos los géneros televisivos), por lo que de a poco empezamos a reconocer intersecciones entre los formatos sin que nos hiciera demasiado ruido, a decir verdad. Ese es el caso de esta serie, que encuentra en la hibridación entre el unitario (y su autoconclusividad) y la miniserie (con su lógica de continuidad e interrelación entre los personajes) una estructura lógica adecuada para los propósitos de lo que quiere narrar.

En sus 8 potentes episodios, Tales from the Loop nunca renuncia a las premisas argumentales de alto impacto, algo que resulta clave para que nos enganchemos a ver una sucesión de capítulos con personajes que no conocemos o que vemos por primera vez. A decir: niños que viajan en el tiempo, adolescentes que encuentran dispositivos para detener el tiempo, viajes a dimensiones paralelas en donde el propio doble ha logrado sus sueños, transmutaciones de cuerpo sin retorno (entre humanos y entre humanos y máquinas), un niño y su abuelo descubren una máquina que indica cuánto tiempo de vida tendrá cada persona, un hijo robot es abandonado por su padre y su hermano lo encuentra. Todas y cada una de las premisas comienzan con una ganancia: los puntos de partida son posibles, no porque la ciencia ficción aplicada haga bien la tarea con su verosímil, sino porque la serie (de manera spielberguiana) ha optado por ponernos en ese intermedio entre los ojos de los personajes y el mundo. Por eso esa empatía es la única responsable de nuestra credulidad. De ahí que con una premisa potente, el único combustible necesario para que la maquina narrativa arranque y no de detenga casi nunca es la elección de los personajes que protagonizarán las historias. Por eso la rotación balzaciana de esa suerte de gran comedia humana que cuentan los personajes entrelazados del pueblo en donde se suceden los hechos (un pueblo de un 1980 alternativo, en donde por un lado la tecnología aparenta haber avanzado enormemente en algunos campos pero al mismo tiempo haberse quedado algo detenida en otros) es la otra gran elección. Para decirlo de manera más contundente: puesto que los personajes son empáticos, que las historias cuentan con grandes premisas y que los personajes arman una red humana creíble y querible, es que nosotros podemos entrar y no querer salir de Tales from the Loop.

El recorrido que hace la serie, en definitiva, es ese que indicaba Blake cuando hablaba de «A tear is an intellectual thing «(«Una lágrima es un hecho intelectual» como traducción literal no le hace demasiada justicia a la riqueza de semejante frase). Es un recorrido eléctrico por las posibilidades de la empatía convertida en vehículo de ideas. Pero al mismo tiempo a los personajes y sus emociones en vehículos de pensamiento. Porque ese también es un aspecto que se agradece a esta serie que reconoce una sensibilidad que terminó perdiéndose en los pasillos de la retromanía boba de lo peor de Stranger Things. No: en esta serie la gente se muere, se pierde, se va volviendo cada vez más triste, crece sola, muere sin amor o sencillamente deja pasar el tiempo sin haber amado o sin haberse cuidado ni un poquito. Que la ciencia ficción haya logrado articular personajes con volumen, con dimensiones emocionales y que al mismo tiempo no desmerezca el componente narrativo que todo unitario precisa explotar no es algo fácil de encontrar y menos que menos de hacer. En el descubrimiento de esta serie -basada en un extraordinario libro de ilustraciones sobre un alternativo mundo del pasado pero del futuro a la vez- la ciencia ficción puede hacer algo más que dormirse en los laureles. Puede encontrar, por fuera de las experiencias exógenas y arty que el género ha ido incorporando, una reconexión con el hecho más determinante de la historia del género: reconocer, detrás del verosímil científico, la presencia vital de las personas, a las que el tiempo se les pasa. En Tales from the Loop todo está inundado de una tristeza proustiana por el mundo perdido. Pero como les dije, no es el mundo del pasado añorado por los adultos nostálgicos que alguna vez fueron pibes en los 80s, sino la añoranza por el fantasma que nunca fue. En ese acto espiritista es en donde las lágrimas y el bocho se conectan para mostrarnos que hay vida y humanidad hasta en las ideas más pequeñas: llorar es una cosa del bocho, porque la cabeza sigue siendo un enigma que excede al cerebro. En ese enigma vive esta serie con un corazón enorme.

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