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Tiempo de lectura: 2 minutosThe flight attendant

Por Ludmila Ferreri

EE.UU., 2020, 8 episodios de 44′
Creada por Steve Yockey
Con Kaley Cuoco, Michiel Huisman, Sonoya Mizuno, Rosie Pérez, Colin Woodell, Merle Dandridge, Nolan Gerard Funk, Michelle Gomez, T.R. Knight, Zosia Mamet, Audrey Grace Marshall, Griffin Matthews, Yasha Jackson, Sherin Shetty, David Iacono, Stephanie Koenig, Deniz Akdeniz, Berto Colon, Brandon Morris, Alyssa Cheatham, Cindy Cheung, Danny Johnson, Lorenzo de Stefano, Jason Furlani, Julia Harnett, Kresh Novakovic, Jonathan M. Parisen, Adam Ratcliffe, Alberto Vázquez, Shiloh Verrico, Jo Yang

Plan de evasión

Cuando The Flight attendant comienza lo hace con velocidad y burbujeo hitchcockiano. La imagen es obvia, repetida, calcada de otras cosas que hemos visto previamente, pero no es lo que pensamos. No. Algo se desacopla muy rápido. Como si la serie necesitara partir de esos lugares comunes…para llegar a otros?

TFA dibuja una parábola a lo largo de sus ocho episodios: los primeros tres consolidando una subida constante, abriendo posibilidades e interrogantes y jugando a ese tono de comedia negra que cada tanto HBO alienta en sus producciones (pensemos en Barry, que opera aquí como una de las referencias posibles). Hacia la mitad del camino, no obstante, la máquina narrativa de TFA ingresa en el peor territorio: cambiar trama por personajes y cambiar personajes por background. Como si en alguna medida no hubieran aprendido nada de Hitchcock, que supo hacer de la administración informativa un doctorado. Tampoco hay acá otra tentativa con la que se jugaba en un inicio, que es la relectura depalmiana. Esa que funcionaba tan bien en esa gran serie que fue Homecoming (no confundir con Homeland, por favor), porque lograba desarticular los mecanismo narrativos a la vez que avanzaba con brio y energía muscular sobre una narración que se iba enrevesando y ensimismando hasta estallar en mil pedazos. Pero no, TFA tampoco es depalmiana.

TFA, en todo caso, juega al juego de las identidades y posibilidades mientras va avanzando, aunque quiera convencernos de lo contrario. Avanza con miedo, pero parece convencida de lo que hace al obligar a su protagonista a retornar a la escena del crimen a la luz de sus propias limitaciones (ay, esos flashbacks!). En ese avance-retroceso espasmódico va perdiendo sus mejores cualidades, que versaban en la velocidad, en la superficialidad, en el juego de atrapar al asesino antes que al ladrón. En el encanto casi donneniano. Pero no, es mucho.

Todo lo que TFA amenaza hacer excede las posibilidades de lo que en efecto hace. Por eso en su segunda mitad la serie muta en lo que suelen hacer la gran mayoría: comenzar a cerrar subconflictos en base a la tracción a sangre de sus protagonistas. Si, lo sabemos: en las series cuentan más los personajes antes que las tramas. El problema es que en esta serie los personajes tampoco hacen lo que deben hacer: convencernos empáticamente de quererlos. Por el contrario, los que pululan a lo largo de algunos episodios oscilan entre el desinterés y la desidia, exceptuando saludables anomalías como el personaje de la presunta asesina.

Qué hace HBO con TFA en 2021 cuando la serie es de 2020? Una refrescada de su propia limitación a replicar series dramáticas. Una mirada hacia lo que puede ser si se permite el plan de evasión de la solemnidad (Desde El extraño hasta Mare of Easttown el esquema ha tendido a ser muy parecido a sí mismo). En este punto si la serie puede jugar a ser novedosa: por contraste con sus pares hacia adentro. Pero hacia afuera TFA demuestra que falta mucho por aprender de aquellos a quienes admira, en silencio.

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