True Detective III
EE.UU., 2019, 8 episodios de 55′  
Creada por Nic Pizzolatto
Con Mahershala Ali,  Stephen Dorff,  Scoot McNairy,  Carmen Ejogo,  Mamie Gummer, Rhys Wakefield,  Ray Fisher,  Sarah Gadon,  Brett Cullen,  Michael Rooker, Emily Nelson,  Michael Greyeyes,  Brandon Flynn,  Michael Graziadei,  Jon Tenney, Deborah Ayorinde,  John Charles Dickson,  Katy Harris,  Julie Ivey,  Julia Lashae, Richard Meehan,  Anthony Molinari,  Chuck Meré,  Joey Nappo,  Corbin Pitts, Lauren Sweetser

La cicatriz interior

Por Rodolfo Weisskirch

Cuando la primer temporada de True Detective se estrenó, en enero de 2014, dejó una vara bastante alta con respecto a las expectativas que podría generarse en siguientes temporadas. La fusión entre el escritor de novelas noir, Nic Pizzolatto, y el realizador independiente, Cary Joji Fukunaga supuso descubrir un ritmo narrativo y estético inusual para los productos televisivos de entonces (y hablamos, solamente de cinco años atrás), adelantándose a lo que se produciría en Netflix en los últimos años. Fue un modelo exitoso y a imitar, aún cuando también tenía sus falencias.

Fukunaga filmó cada episodio como si se trataran de pequeñas películas continuadas. La oscuridad, densidad del relato, y de cada uno de los personajes, sumado al fino trabajo estético, una composición visual, planteado para una pantalla grande en vez del típico formato televisivo, la convirtieron en una serie de culto instantáneo. Las interpretaciones y química entre los personajes de Cohle -Matthew McCoughney en un trabajo que cambió su paradigma interpretativo- y Hart -Woody Harrelson siempre en un nota alta- dieron pie a numerables imitaciones, nunca logradas, especialmente, porque lo de ellos era genuino -de fórmula- pero orgánico con el tono de la serie.

Y aún así, yendo al fondo, la historia per sé, no terminó siendo tan innovadora o sorprendente como se esperaba. Lo que provocó la excitación era más bien el cómo, lo que se intuía, lo que se dejaba sentir, más que el qué. Esa es la clave para entender las tres temporadas enteras.

La partida de Fukunaga de la segunda temporada significó una visión más terrenal y uniforme de la estética. Ni Jon Chu, o ninguno de los directores que HBO puso para reemplazar al realizador de Sin tierra, dio con un tono audiovisual comparable a los riesgos estéticos y formales del próximo director de James Bond. Lo que perdió en riesgo audiovisual, lo ganó en el terreno narrativo. Pizzolatto, se apuró por escribir un producto completamente distinto aunque con la misma esencia de la original, -la pasión y obsesión por resolver asesinatos de uno o varios personajes al margen de la ley- y la cadena de cable eligió un notable elenco encabezado por Colin Farrell, Vince Vaugh y Rachel McAdams, que logró sorprender por el justo tono, la química y la oscuridad, (mucho más compleja que la de los personajes de la primera temporada), para llevar adelante este relato de corrupción sindical, alejado de los elementos religiosos y seudo filosóficos que rodeaban a  Rusty y Martin. 

Pero el público quería volver a la zona rural, a sus benévolos antihéroes de la primera temporada, y no a estos seres imperfectos, drogadictos, solitarios, villanos tristes y melancólicos que se movían en bares que parecían salidos de Twin Peaks. Los textos y las actuaciones sobresalían ante una dirección de manual y opaca. Pizzolatto echó la culpa a la falta de tiempo, pero en realidad, bajo presión logro un trabajo más personal, e incluso, humano. Algún día esta “fracasada” segunda temporada será revindicada.

Pasaron 5 años y HBO le metió presión al escritor para que repitiera el éxito de 2014 -que con justicia se vio superada en toda entrega de premios por la superior Fargo– para que realizara una tercera temporada, y quizás repuntar el nivel exigido de un producto que prometía trascender por muchos años. Esta tercera parte, en teoría iba a ser dirigida por el extraordinario Jeremy Saulnier -ver las excelentes Blue Ruin y Green Room– que prometía mantener en vilo y darle adrenalina al relato. Pero después de dos capítulos iniciales fue despedido, y el propio Pizzolatto se animó a dirigir los mejores episodios de esta tercera entrega.

El protagonista absoluto es Wayne Hays -Mahersala Alí- un ex rastreador de Vietnam devenido en sabueso de la policía de un pueblo casi rural. Su compañero, Roland West -Stephen Dorff- también es un veterano de Vietnam, rústico y medio solitario. Entre ambos hay una notable química y ninguno de los dos son corruptos, lo que los diferencia de todos los personajes de las temporadas anteriores. Realmente, a ninguno le interesa demasiado ni el poder ni el dinero, sino más que nada seguir trabajando e investigando. La temporada comienza con la desaparición de dos hermanitos de 10 y 7 años respectivamente. Hijos de una pareja con problemas conyugales -ella, drogadicta, él, alcóholico- los niños desparecen en medio del bosque y los primeros sospechosos son una pandilla de adolescentes, y un recoge-chatarra, también veterano de Vietnam. Al poco tiempo, se encuentra al niño muerto, con un golpe en la frente y en pose religiosa, rodeado de extrañas muñecas caseras, lo que hace suponer una posible conexión con la red de pedofilia de la primera temporada.

El relato se divide en tres tiempos, lo que también la conecta con la historia de Cohle y Hart. El primero sucede en 1980, cuando se sucedió el crimen y la desaparición de Julie. Después, en 1990, cuando se avista al personaje, y por último hoy en día, cuando una periodista de un programa llamado irónicamente True Criminals decide entrevistar a Wayne teniendo en cuenta novedades del caso, que desde un principio sabemos que nunca fue resuelto.

Pizzolatto es ingenioso e inteligente en la forma en la que va desperdigando la información para revelar de a poco por qué el caso siempre quedó impune, y queda bastante temprano claro qué personajes están y quiénes no en la actualidad. Lo importante, al igual que en las temporadas anteriores, no es tanto el quién sino el cómo y el por qué. Pero la mayor novedad de este año pasa por el punto de vista. Wayne sufre de trastornos en la memoria hoy en día, y la cámara está dentro de su mente y por lo tanto, lo que el personaje reconstruye en su cabeza es lo único que el espectador ve, aunque nunca queda en duda qué es real y qué no. 

Así como en la segunda temporada, los detectives no son los único “detectives” de la historia. A ellos se suma Amelia -Carmen Egojo- maestra de los niños y futura esposa de Wayne, quién por su lado también investiga la desaparición y se convertirá en clave para que la mente del protagonista active constantemente. Y también está el complejo Tom -Scoot McNairy- padre de los niños desaparecidos, quién a su manera pasará de ser sospechoso a investigador del caso.

Si bien con respecto a climas, temporalidad, química entre detectives y contexto espacial, primera y tercera temporada se conectan -incluso en términos literales- no puede ser más distinta la esencia de una y de otra. Si visualmente intenta emular al trabajo hecho por Fukunaga, narrativamente Pizzolatto se juega más por las emociones y los sentimientos. No hay tanta maldad ni oscuridad, salvo por la pereza de los jefes de los protagonistas que solo les interesa cerrar los casos en 1980 y 1990 para sacarse a la prensa de encima. 

Pero, lo cierto es que no hay maldad. Pizzolatto es ingenioso en la forma que engaña y manipula constantemente la información que brinda al espectador, y especialmente al personaje, de quién tiene compasión por su condición, pero que no le molesta tanto humillar ante ciertas circunstancias. El juego del autor es hacerle suponer que va a seguir la línea de la primera temporada… pero, no. Si en la primera y segunda temporada le daba heroísmo a perdedores, acá decide quitarles méritos profesionales a los dos detectives protagonistas, perdiéndolos en laberintos mentales, lagunas y falsos juicios y pistas. La obsesión es la única unión de las tres temporadas, y también el gancho narrativo de esta tercera y lenta segunda parte.

Pizzolatto se deja llevar por la buenas intenciones de sus protagonistas, más cercanos a Don Quijote y Sancho Panza que al dúo metafísico de la primera parte. Acá Wayne y Roland tienen una cofradía, una relación prácticamente amorosa, interrumpida por Amelia, quién nunca parece demasiado cómoda con Wayne. Pero la fantasía forma parte de su universos. Son un poco patéticos y absurdos dado el contexto, y quizás en esto influye su pasado en Vietnam.

Lo que para muchos debió ser decepcionante de esta temporada es cierta banalización del caso. Alargar tanto, algo tan simple. Pero lo que queda claro, es que al autor nunca le interesa tanto el destino del caso, sino las consecuencias humanas en la mente de los investigadores. Las secuelas físicas y sentimentales, y las paradojas. Cómo la obsesión de un caso puede generar que una persona construya una familia, y también la pierda. Y también el amor entre dos hombres, una relación amorosa implícita que es el núcleo real de la historia. Sabemos de entrada que Amelia, hoy no está, que falleció, y poca importancia tiene realmente que Wayne se reconcilie con sus hijos. Lo importante es la reconciliación con Roland. Los años que Wayne y Roland han vivido distanciados, nunca se ven.

Y es acaso este el mayor riesgo formal y narrativo de la tercera temporada: la concreción de un amor que trasciende la amistad, en tres tiempos, pero durante toda una vida. Casi como si trasladáramos Diario de una Pasión a un novela noir. Es acá donde vale destacar las genuinas interpretaciones y química entre Alí y Dorff. 

Se puede acusar a esta tercera temporada de ser “liviana” filosóficamente -prácticamente no hay crítica política ni tantas sublecturas sociales y morales- pero el corazón que Alí y Dorff le imponen a sus personajes es maravilloso. Aún cuando ciertas actitudes de la tercera edad, bajo capas de maquillaje, están un poco forzadas y estereotipadas, es imposible no sentir empatía por el respeto y  amor mutuo que ambos se profesan. La profundidad y complejidad psicológica de Wayne -Alí se va a ganar todos los premios con justa razón por este personaje- es notable, y la humanidad que le aporta Dorff es genuinamente emotiva. Ambos demuestran versatilidad y cambios  de temperamento sin alejarse de la esencia de cada personaje. True Detective 3 no tiene ese gancho o nivel de adicción de otras series. No genera ni tanta tensión ni adrenalina, emoción o expectativa-salvo por una escena particular- que nos tiene acostumbrada la televisión hoy en día. No hay suspenso ni acción. Se maneja por una línea dramática paralela, y se agradece que aún se apueste al riesgo y no tanto a la fórmula. Los temores de una imitación a la primera temporada se van disipando cuando se descubre una búsqueda diferente, más asociada a lo sentimental que a lo intelectual. No va a lograr trascender, pero al menos, gracias a la buena recepción, garantiza que en un futuro se hable de una cuarta temporada, que ojalá aporte de nuevo esa carga de misterio, que es esta temporada coherentemente, con la propuesta per

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