Sauerbruch Hutton Arquitects
Alemania, 2013, 73′
Dirigida por Harun Farocki
Con Matthias Sauerbruch, Louisa Hutton

Silencio. Gente pensando

Por Sebastián Rosal

Un aliento clásico  atraviesa de punta a punta el último y definitivo film de Farocki, apoyado en unas imágenes tan tersas, tan pulcras y cristalinas como esas superficies que definen el estudio de Matthias Sauerbruch y Louise Hutton, dos de las estrellas que pululan en el universo arquitectónico europeo (por cierto, un cielo saturado de divos, algunos con fama bien ganada y otros no tanto: la arquitectura, el diseño y el mundo gourmet son las disciplinas más expuestas en las nuevas sociedades, las más mimadas, las más proclives al exhibicionismo para satisfacer una demanda constante y creciente. También, por qué no, una de las renovadas formas que lo snob asume para ejercer su canto de sirena). A primera vista, esa afirmación inicial puede resultar paradójica en un film de  quien planteó, frente a las imágenes, una desconfianza constante, un  estado de alerta continuo. Sin embargo, en dicho espíritu sosegadamente clásico hay un movimiento doble y en tensión permanente, porque si por un lado en la superficie todo se desarrolla de manera clara y sin sobresaltos visibles, por debajo hay algo que bulle con fuerza, sólo que silenciosamente. Y esto es, ni más menos, que el pensamiento en acción. Es decir, si  Sauerbruch-Hutton Arquitectos abre un mundo es menos el de un estado de la arquitectura en la actualidad, de sus maneras y sus modos, o el de la  forma de relacionar a un profesional con sus clientes, sino precisamente la dinámica que puede adquirir un grupo de mentes en movimiento en pos de un objetivo. Una serie de turbulencias, de cuestionamientos y de soluciones para salvarlos. Un derrotero en espiral ascendente para sacar finalmente a la luz una idea que se resiste originalmente a materializarse en una forma.

Por eso es que poco importan los proyectos en sí, apenas presentados con placas con su nombre y emplazamiento: vale lo mismo un centro educativo de miles de metros cuadrados que un pequeño picaporte, una silla o la panelería necesaria para recubrir una universidad. Lo que importa es el trayecto que habilita el paso del concepto a la materia informada. Y la capacidad inmanente del cine, en tanto testigo y registro de esa transformación, de materializar ese proceso. Todos en la oficina trabajan en ese sentido, y excepto algunos pasajes en los que se muestran las conversaciones y las rispideces entre Hutton y sus comitentes al momento de presentar los avances en la propia obra, la cámara no sale de las paredes que enmarcan el estudio. Y dentro de ellas, la figura del propio Sauerbruch tiene una fuerza que, probablemente sin haberla buscado, es un verdadero hallazgo. Concordancia de tema y de puesta en escena: si la cinemática sigilosa y oculta  que el film del alemán muestra es la del pensamiento, la del arquitecto jefe parece manifestarse, precisamente,  en una especie de eterna y convincente pose del hombre abocado al ejercicio mental. “¿Es esto lo que queremos?” repite más de una vez frente a las propuestas de sus equipos de trabajo, pregunta con la que se corporiza el delicado equilibrio en el que su posición de cabeza del estudio lo ubica: una forma, en definitiva, de aguijonear los egos sin herirlos, una sutil manera de maridar el compromiso colectivo con la responsabilidad individual. Una huída amable y efectiva hacia delante.

Hay un punto que no deja de ser sorpresivo para este mundo digitalizado, en el que el 3d en sus diversas formas parece avanzar incontenible en busca del sitial de honor en las formas de producción de lo visual- un reinado que, de alguna manera, tuvo como una de sus puntas de lanza precisamente  el mundo arquitectónico. Autocad, renders y toda una serie de programas fueron suplantando la vieja tradición de la maqueta para representar a escala y tridimensionalmente los espacios habitables. Sin embargo, una parte fundamental del trabajo de los ayudantes  del estudio es a la vieja usanza, cortando cartones, modelando hierros, pegando pequeños pedazos de acrílico, materializando en miniatura los diseños que surgen en los tableros. Como si la película necesitara mostrar que no es sólo actividad intelectual la que se pone a funcionar allí dentro. Aunque más sofisticado, vestido con un aura de eficiencia sajona, lo que persiste ahí es el viejo orgullo artesanal, alguna forma de conexión con nuestro homo faber original, el gusto por la sensualidad de los materiales. No parece demasiado descabellado pensar que alguna vez un hombre entró a una caverna para guarecerse de los animales salvajes y acumuló un poco de pasto seco en un rincón para hacer su sueño un poco más seguro y confortable. En ese preciso instante en el que la Naturaleza se convirtió en Cultura quizás haya nacido la arquitectura, y se haya empezado a tejer ese hilo invisible que tiene en el film de Farocki un nuevo eslabón.

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