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Tiempo de lectura: 3 minutosAlerta roja

Por Rodrigo Martín Seijas

Red Notice
EE.UU., 2021, 115′
Dirigida por Rawson Marshall Thurber
Con Dwayne Johnson, Gal Gadot, Ryan Reynolds, Ritu Arya, Chris Diamantopoulos, Ivan Mbakop, Vincenzo Amato, Pascal Petardi, Jay Romero, Seth Michaels, George Tsai, Tom Choi, Sebastien Large, Guy Nardulli, Andrew Hunter, Rawson Marshall Thurber, Anthony Belevtsov, Daniel Bernhardt, Martin Harris, Alexander Perkins, Joseph A. Garcia, Ethan Herschenfeld, Nick Arapoglou, MWW Michael Wilkerson, Christopher Cocke, Robert Tinsley

Un juguete caro

Quizás ya la respuesta a todo lo que podía ofrecer Alerta roja, para bien y para mal, estaba en el póster: Dwayne Johnson, Gal Gadot y Ryan Reynolds ahí parados, con los mejores trajes, con los mejores looks, con sus poses cancheras que les salen casi naturalmente. Es decir, todo el carisma -no tanto en el caso de Gadot, que es más belleza que otra cosa- que pueden ofrecer tres de las mayores estrellas del momento, sumado a un despliegue de recursos que pocos films en la actualidad pueden igualar. Y claro, la marca Netflix, como para asegurarte que está ahí nomás, a un click de distancia si tenés el servicio de streaming.

Es que lo Alerta roja es, antes que nada, una especie de experimento conceptual que en el contexto actual ya no es tan experimental e incluso es cada vez más repetido, en el que un grupo de estrellas pone su popularidad al servicio de un gigante del streaming -como en este caso, Netflix- pero también de sí mismos. Por eso este relato de robos y persecuciones que se la pasa acumulando locaciones de todo el globo no podría haberse hecho sin ellos al frente, pero también se nota, a cada plano, la necesidad casi caprichosa de hacer alarde del poder de sus rostros y cuerpos. Todo eso de la mano de un diseño de producción que roza lo exhibicionista y que luce cuando menos excesivo para un relato apenas aceptable.

Convengamos que hay algo ciertamente atractivo en el film de Rawson Marshall Thurber, que es la mitología sobre la que ensambla su narración: hay tres grandes huevos de oro que el emperador romano Marco Antonio le dio como regalo de bodas a la reina egipcia Cleopatra, de los cuales hay uno en posesión de un museo, otro de un estrafalario traficante de armas y un último que está misteriosamente perdido, con múltiples especulaciones sobre su ubicación. Alrededor de esa búsqueda es que se estructura la trama principal, centrada en John Hartley (Dwayne Johnson), un agente del FBI encargado de diseñar perfiles y perseguir a los mejores ladrones de arte. Cuando es inculpado por el robo de uno de los huevos por la ladrona más buscada del mundo, conocida como “la Alfil” (Gal Gadot), no le quedará otro remedio que unirse con Nolan Booth (Ryan Reynolds) -quien se considera a sí mismo como el mejor ladrón del mundo- para atraparla y limpiar su nombre.

Con ese punto de partida, Alerta roja acumula persecuciones y peleas rebuscadas, bellos paisajes unas cuantas partes del globo, trajes caros y muchos chistes, especialmente centrados en la cuestión de la pareja despareja, de los cuales hay unos cuantos logrados y otros que pasan de largo. También algo de aventura, aunque mayormente en piloto automático y un poquito de cine, en un film que encaja demasiado bien en la pantalla de una computadora. Thurber muestra ser un artesano competente para la acción, pero con ideas de escaso vuelo en su puesta en escena y que se muestra más preocupado por diseñar un vehículo para que los protagonistas se sientan cómodos que por narrar un cuento que capture a fondo la imaginación del espectador. Todo a nivel estético y narrativo recuerda bastante a las películas de La gran estafa, aunque hay que reconocer que aquí hay una mayor predisposición al movimiento, menos displicencia y bastante más vocación por explotar las posibilidades que puedan brindar las instancias de comedia física y verbal.

Se podrá tener en cuenta y señalar que los minutos finales de Alerta roja muestran algo más de energía y soltura, además de un par de vueltas de tuerca que encajan relativamente bien dentro de la estructura enredada del argumento, al mismo tiempo que dejan las puertas abiertas para una posible continuación sin que todo parezca forzado. Sin embargo, la sensación que impera es la de estar ante un objeto que es más un concepto que una película, en el que es más relevante la fotografía que la imagen, el ruido que el movimiento, los rostros de los actores antes que los personajes. En definitiva, un juguete caro, con el que se entretienen más sus protagonistas que el público que los mira, aunque sea coherente con la oferta de entretenimiento efímero y brilloso que suele ofrecer Netflix.

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