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Bafici 2022 – Diario de festival: Carrero, El Nacional, The Cry of Granuaile

Por Sergio Monsalve

La ópera prima de Lena Brown y German Basso, Carrero, ha recibido los mejores comentarios en BAFICI, por replantear los códigos que dieron fama al nuevo cine argentino, a finales de los noventa, desde Pizza, Birra, Faso hasta Mundo Grúa. El filme cuenta la historia de Ale al momento de conocer a un joven que se dedica a llevar un carro con un caballo, para recolectar y vender productos usados, dejados en la ruta. Son, a su modo, recolectores como los quiso Agnés Vardá, chicos al margen del relato centralista del éxito y el privilegio clasemediero. No por ello, los directores los angelizan, los santifican demagógicamente. Tampoco los condenan con el filtro de la pornomiseria. El procedimiento de Brown y Basso replantea el género o la tendencia en la Argentina, que en cada Festival porteño tiene uno o varios ejemplos prescindibles, ahondando en los códigos de representación de los protagonistas y las imágenes que los acompañan. El inicio es toda una declaración de principios, de la escuela francesa de Al Azar Baltazar, en cuanto fija detalles de la hermosa contextura de un caballo. De igual modo, la cámara amplía el foco del hiperrealismo minimalista, al diseñar secuencias pregnantes de un montaje sensual que evoca a la obra de Ming Liam y Weerasethakul, al ritmo de una edición de Wong Kar Wai. La madre del protagonista, desea otro futuro para su hijo y lo alienta a buscar un destino distinto al elegido. Pero algo mueve a Ale a seguir su instinto, detrás del caballo. Varias problemáticas se interpondrán entre él y su objetivo dramático: las propias condiciones adversas de la villa, la corrupción que agrieta el compás moral de secundarios que lo rodean, la violencia y la muerte que ronda como condena a un destino incierto en la calle. “Carrero” se la juega por darle una oportunidad a su protagonista, saliéndole al paso a los típicos clichés de la mirada pesimista que cosifica la pobreza, llevándola por un camino de obligatorio clavario y victimismo. La película se gana como su Ale, el derecho a conseguir la independencia, fuera de una argumentación predecible y binaria. De ahí procede su trascendencia en el actual panorama del cine argentino. No es frecuente que descubramos a dos realizadores con tanto futuro por delante. Esperamos verlos crecer con la misma libertad y desparpajo, para reinventar lo que está y ya no funciona. 

Viendo el modélico documental de Alejandro Hartmann, pensaba en el replanteamiento local de paradigmas instrumentados por los tótems del cine directo y de observación. El Nacional sabe redefinir la óptica de Wiseman y del Nicolas Phillibert de Ser y Tener, para narrar la evolución de Colegio Nacional de Buenos Aires, instituto de educación argentino, durante el transcurso de un año electivo. Entiendo que Alejandro es egresado y que su largometraje se concentra en las actividades de 2018, antes del inicio de la pandemia, cuando el rector Gustavo Zorzoli cumpliría su último año al frente del cargo. La cinta intercala videos hechos por estudiantes en el pasado, con planos que revelan las paradojas humanas, burocráticas y estructurales del colegio. Vemos el aburrimiento de los chicos en clase ante unos profesores que los doblan en edad y que no se comunican en sus códigos. La brecha generacional estalla como conflicto medular del relato, al momento de hacerle seguimiento a una protesta de chicas empoderadas, que reclaman por sus derechos, al tiempo que la media las destrata y subestima, tildándolas de “niñas”. El director pasa, justamente, de la óptica maniquea de la prensa parcializada, para permitir que la cámara exponga como radiografía de una época, tomando la posta de autores claves de América Latina, como Pino Solanas, en su evidente militancia a favor de luchas sociales. Por supuesto que El Nacional brinda rostro e identidad a la batalla actual por la inclusividad y la despenalización del aborto. El tema es que el espectador no se siente ofendido o manipulado, pues lejos de adoctrinar y bajar una línea, el documental explora los propios dilemas del ejercicio político, recordando la fuerza y el impacto de El Estudiante de Santiago Mitre. Personalmente discuto algunas posiciones de “les pibis”, varias de sus ideas más radicales y fanáticas, pero estimo valioso el hecho de poder escuchar sus reclamos en un filme que no busca aleccionarme, sino mostrarme las luces y sombras de una era, de una casa de estudios que es símbolo de las grietas del país.   

Una directora norteamericana, afectada por la muerte de su madre, viaja a Irlanda con motivo de realizar una película sobra una leyenda de la piratería, la corsaria Granuaile, a quien el país rinde culto en libros, museos y estatuas. La creadora se embarca en el proyecto, como forastera, siendo secundada por una asistente, con una mochila igual de pesada en problemas personales. The Cry of Granuaile es un film que nos atrapa a las primeras de cambio, por la destreza con que plantea su conflicto, aprovechando la presencia y el oficio de su reparto principal. Pero si la cinta navega con solvencia en su punto de partida, puede que comience a zozobrar y naufragar, ahogándose en su propia dialéctica, conforme transcurren los minutos y las redundancias retóricas. Más productiva es la parte donde ella discute con los lugareños, sobre su lugar enunciativo, defendiendo su derecho a contar una historia que no es la suya. Así logramos refrendar el criterio de la adaptación, que supera la restricción del pasaporte y el idioma. De modo que como una buena escritora, ella puede elaborar y acometer la versión que quiera, acerca de la historia, en cualquier territorio, sin que la limite el discurso woke de “la apropiación cultural”. Ya de por sí, el rostro de la protagonista es un hallazgo y su edad madura blinda su concepto frente al entorno adverso. Posteriormente, la película cae presa de la dinámica del inmovilismo y la reiteración, mientras se regodea en el exotismo enigmático de los paisajes y de los tiempos muertos. De ahí en adelante, The Cry of Granuaile propone una clásica imbricación de la realidad con la ficción, bajo un clima de alucinación y posesión creativa. Un poco como el Herzog de los setenta con Kinski, o de los experimentos de Peter Watkins en Reino Unido. Prefiero la contundencia de “Clementina”, si hablamos de introspección y de investigación en la ruptura de esquemas que nos constriñen. The Cry of Granuaile nos gusta más como el making off, como el working in progress, de una idea de revisión histórica.  

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