Desobediencia (Disobedience)
Reino Unido-EE.UU.-Irlanda, 2017, 114′
Dirigida por Sebastián Lelio.
Con Rachel Weisz, Rachel McAdams, Alessandro Nivola y Anton Lesser.

Los niveles del pudor

Por Rodrigo Martín Seijas

Las elecciones de puesta en escena condicionan las potencialidades y límites de un relato, pero también implican posicionamientos éticos respecto a lo que se está contando. La ética en las decisiones formales pero también en el modo en el que nos acercamos a los personajes y sus historias, implica también niveles de pudor, sutileza, pero principalmente respeto por lo que se narra para obtener las mejores vías para interpelar al espectador. El chileno Sebastián Lelio sabe esto plenamente y lo demostró con creces en Gloria y en la ganadora del Oscar a mejor película extranjera de 2017 (entregado a inicios de 2018), Una mujer fantástica, dos películas cuyas premisas permitían esperarse un tratamiento aleccionador al extremo, pero que nunca desbarrancaban. En Desobediencia vuelve a demostrarlo, porque nuevamente los estamentos y convenciones del decoro (que también es una manera de la ética) son claves.

En realidad, analizando un poco más en profundidad al cine de Lelio, podemos darnos cuenta que siempre ha sido pudoroso y que se ha alejado del señalamiento fácil, de la sentencia, incluso por más que coquetee con el desborde. Lo suyo en verdad es la observación. Pero no se trata de una observación cínica como tampoco se trata de esas falsas descripciones, que al fin y al cabo  poseen todas las respuestas de antemano (como podría ser el caso de directores como Juan José Campanella o Alejandro González Iñárritu). No, la de Lelio es una posición esencialmente respetuosa y por eso exploratoria: no tanto de las respuestas sino de los dilemas que aquejan a los personajes. Su cine es sobre gente que realiza elecciones de manera voluntaria o forzada por las circunstancias. Y que, en última instancia, debe lidiar con las consecuencias. En Desobediencia, particularmente, vemos a Ronit (Rachel Weisz), hija de un venerado rabino que prácticamente huyó de la comunidad judía ortodoxa que habitaba para radicarse en Estados Unidos, y a Esti (Rachel McAdams), que no pudo salir de esa comunidad y que hasta afianzó el vínculo casándose con Dovid (Alessandro Nivola), el discípulo y protegido de aquel rabino. Cuando Ronit debe retornar a la comunidad para despedir a su padre recién fallecido, la atracción entre ella y Esti vuelve a encenderse, y de la mano ingresan los propios dilemas existenciales que las atraviesan. Pero como dijimos antes: el cine de Lelio es un cine de preguntas en tensión, no de resoluciones.

Lelio se hace cargo del contexto que aborda, del conjunto de reglas, normas y convenciones que condicionan a Ronit, Esti y también a Dovid –que no solo tiene que ver con la cultura judía ortodoxa, sino también con el lenguaje cultural anglosajón-, y por eso su puesta en escena trabaja fundamentalmente los silencios, gestos y miradas. Esa articulación, esencialmente física y gestual, se relaciona con la administración informativa: hay un gran mérito en cómo la narración devela paulatinamente los vínculos entre los personajes, sus historias pasadas y sus repercusiones en el presente. Se trata de un  cine de indicios, que no precisa de explicaciones derivadas de monólogos ni de diálogos. Un ejemplo de esto lo encontramos en la secuencia donde Ronit y Esti van a la casa del padre fallecido: allí empieza a resurgir lo pasional que nace de las sensaciones interiores que estaban reprimidas, pero también aparece el miedo, dado por los condicionamientos exteriores, pero fundamentalmente por ese fantasma paternal que sigue rondando. Lo interesante es el sistema de progresiones, como si se tratara de un dominó, donde todas las derivaciones son fruto de una lógica impuesta por instancias previas que venían insinuando lo inevitable.

Sin embargo, el distanciamiento y el medio tono al que apela Lelio, poniéndose al servicio de personajes que luchan por expresarse a fondo y que solo lo logran en ocasiones puntuales, también le juega un poco en contra al impacto propio del relato. Desobediencia es un film decoroso, si, respetuoso, claro, pero también es una película en la que prevalece una cierta frialdad que conspira contra la empatía que podría llegar a construirse en el espectador. Valga decir que, en un punto, la película es consciente de esto y hasta podría decirse que atraviesa el mismo dilema que sus protagonistas: cuánto decir, manifestar, expresar, no solo desde el lenguaje corporal sino también desde la verbalización. No es casualidad que los pasajes que hacen más ruido están vinculados a la palabra –como un diálogo entre Ronit y Esti sobre las reglas judías ortodoxas- o a giros del guión que parecieran querer direccionar la trama en una determinada dirección para decir algo sobre el mundo, justamente cuando la película no lo pide.

Aún así, con los desbalances entre lo explícito y lo implícito, asi como los mencionados condicionamientos impuestos en la última media hora, lo que prevalece siempre en Desobedienciaes el foco sobre las elecciones de los personajes, y cómo eso está regido por sus niveles de pudor y por sus rangos de libertad. Recién en los últimos minutos Lelio encuentra el balance justo y pertinente entre el habla, las miradas y lo gestual, en una decisión que toma Dovid y que va a marcar de manera decisiva a Ronit y Esti. Allí, desde lo explícito pero también desde lo sutil y decoroso, Desobediencia sostiene su formulación ética: construye emoción sin extremos en el espectro. Bien por el contrario, elige construir un mundo con personas decidiendo de qué manera vivir las vidas que les tocaron.

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