Dogman 
Italia-Francia, 2018, 102′
Dirigida por Matteo Garrone.
Con Marcello Fonte, Edoardo Pesce, Alida Baldari Calabria, Nunzia Schiano y Adamo Dionisi. 

Dientes

Por Marcos Rodriguez

No le seguí la carrera a Matteo Garrone. Recuerdo (¿hace cuántos años?, ¿más de diez?) el estreno de Gomorra, de la cual hablaban todos y con razón. No la he vuelto a ver y me vengo a enterar de que no se trata, como creía, de su primera película. Dicen que volvió el mejor Garrone y puede ser. Abrazamos con tal entusiasmo (entusiasmo, el verdadero juego de la crítica de cine) la aparición (escasa, fortuita) de un nuevo director interesante en Europa (lejana tierra marchita del cine “de autor”) que es difícil medir exactamente cuánto hay de interesante en una nueva película y cuánto de ese interés no es, en realidad, la pura emoción de toparse con algo que podría llegar a resultar interesante. ¿Alguien de menos de 70 años filma algo vibrante en Italia? Es razón para festejar.

Lo que más me llama la atención de Dogman (como había pasado en Gomorra) es el modo en el que Garrone narra el espacio. Los lugares hablan en esta película con un acento fuerte y claro. Casi que el argumento no importa, si no fuera porque la historia, los personajes, sus reacciones, sus posturas y hasta sus narices parecen concebidos para resaltar ese lugar, que se cuenta a través de los hechos que ocurren en él. Garrone busca la fuerza y trabaja de forma consciente y precisa el valor icónico de la imagen cinematográfica. Marcello Fonte (quien interpreta a Marcello) está impecable porque actúa como los dioses pero sobre todo porque actúa con la curva de los hombros, con el ángulo de su mandíbula. Y Garrone sabe que tiene que filmar eso. La empatía, la moral o la trama solo tienen sentido a través de esos párpados saltones. Y de los perros. Y esos ojos y esos perros tienen sentido porque generan un impacto visual inmediato. Ese es el juego de Garrone: por eso arranca con un perro gigantesco encerrado en una pileta, encadenado con una cadena que parece para atar a un titán, que gruñe y muestra los dientes. El primer plano de Dogman, sin más, presenta al personaje y su profesión (y su actuar dulce que termina por domar, o que por lo menos intenta hacerlo, a las fieras) pero, sobre todo, presenta otra cosa. Presenta una paleta de colores. Presenta la violencia. Presenta la miseria. Presenta la decadencia dulce y cómoda de quienes construyen sus vidas alrededor de las ruinas, buscando los recovecos para generar una cueva donde pasar sus días.

El espacio representa a sus personajes con una artificiosidad de novela naturalista y de ahí su fuerza. Una cosa encaja en la otra y la traba. Los planos generales y los primeros planos. La miseria y la violencia. El corazón bondadoso del protagonista (que rescata perros enanos de congeladores) y su desencaje final. La playa y el cemento. El relato policial y la anécdota familiar. El realismo pulgoso de crónica (todo esto está basado, al parecer, en un caso real) y la elegancia de los encuadres. El sur de Italia y el abandono. Todo confluye hacia lo inevitable y lo inescapable. ¿Dónde más podía terminar el hombre perro, ese tipo simpático y querendón, buenudo y dulce, ese pibe de barrio que para vivir donde vive tenía que conocer los códigos del mundo que lo atraviesa, ese adulto que parece un nene y respeta más de la cuenta, más de lo aconsejable, más de lo práctico, más de lo razonable los códigos del bajo mundo, como si todos los códigos no fueran medio una mentira, como si conociera realmente ese mundo que en realidad solo se aprovecha de él? ¿Su camino lo llevaba a algún otro lugar más que a la locura?

Probablemente el mérito mayor de Garrone en Dogman sea el modo en que logra soldar sin costuras realismo y mito, mugre y destino, dotando a cada elemento de pleno sentido. No son muchas las películas que logran esa dinámica: que el mundo le dé fuerza al cine, que el artificio le dé sentido al mundo. Sin que se note el esfuerzo. Sin que la sociología aplaste la individualidad. Sin que le soltemos nunca la mano (nunca) a un protagonista que por momentos parece un bicho, por momentos parece un muñeco de peluche. Y que termina como termina.

Comentarios