(No) todos los héroes van al cielo: la justicia paralela y el rol del anti héroe

Por Raúl Ortiz Mory

1. Cum finis est licitus, etiam media sunt licita

Hermann Busenbaum, un influyente jesuita alemán del siglo XVII, sostenía que ocultar, mentir y violentar eran acciones que podían justificarse a razón de salvaguardar la vida de alguien o iniciar una defensa cerrada del catolicismo. Para zanjar el tema de cuajo y no seguir dando opciones de réplica a sus detractores el hombre de fe rebatía que su postulado estaba en función de las circunstancias en las que se producían los hechos y no en valoraciones de principios absolutos; por lo tanto, defender los procedimientos legales que acordaba la comunidad política se traducía a emparentarlos con casos comunes de soluciones fáciles, o hacia algo que “pueda manejarse sin apuros”.

Casi 400 años después queda claro que Busenbaum interpretaba que cuando todo se salía de su cauce, lo ilegal asomaba como alternativa para restablecer el orden colectivo. El fin justifica los medios, así la ética del ideal político esté en juego o, en el peor de los casos, la conciencia ciudadana pueda ver a dicha “justicia alternativa” como algo normal y valedero, más no como un riesgo.

La esencia de El Castigador transcurre, precisamente, por un largo y sinuoso camino de ilegalidad que demanda orden de carácter fundamentalista en aras del equilibrio social. El Castigador de los cómics ha pasado por varias etapas. Primero, mostrando su nacimiento a modo de personaje secundario en la piel de rival de El hombre araña; segundo, con series gráficas propias que le proveyeron personalidad, conflictos y trascendencia. Su “independencia” de las páginas del arácnido, a mediados de los ochenta, llamó la atención de la industria cinematográfica. Esta última creyó conveniente que para satisfacer la creciente legión de seguidores del cómic (gracias a la dupla Grant/Zeck) había que lanzar una película.

La primera de las tres películas que se han hecho hasta el momento se titula Vengador y data de 1989. Fue dirigida por Mark Goldblatt, un montador que debutó como realizador gracias a New World Pictures, la productora de Roger Corman. Dolph Lundgren es el protagonista y encarna a Frank Castle con algunas variantes profundas en cuanto al aspecto físico que plantea el cómic. Eso es lo de menos. La aproximación de Goldblatt está volcada en una película de serie B donde prima la acción y la convierten en un divertimento que visto a la fecha entretiene y se sube a la ola de las películas de género que son reconocibles por toda una generación entre fines de aquella década y mediados de los noventa. El primer castigador es querible, pero no esboza ni un ápice de profundidad. El villano encarnado por John Travolta es risible por sus cuatro costados (menos mal que Tarantino salvó al actor cinco años después).

La versión de Jonathan Hensleigh (El Castigador, 2004) se basa en la etapa de uno de los genios de Marvel: Garth Ennis, aunque se queda a medias en la construcción del justiciero y al igual que Goldblatt termina exponiéndolo desde una capa bastante superficial, por más que su intención sea dotar a la película de una mirada más intimista, donde la motivación de Castle (la matanza de su familia) marca el destino de sus acciones. Hensleigh traza un personaje más sentido, cercano y compadecible. Thomas Jane se esfuerza por ser un Castle convincente, pero termina cayendo en el estereotipo que imita a Chuck Norris, Van Damme y Steven Seagal. Sin duda, las dos primeras películas sobre El Castigador forman parte de un espectáculo de balas y detonaciones para encaminar a los neófitos por la senda del cine de acción.

El castigador: zona de guerra (Lexi Alexander, 2008) es la cinta que mejor capta la naturaleza de Frank Castle. Las altas dosis de violencia y la doble moral circunstancial acercan al personaje hacia el discurso de Busenbaum. Diez años después de su estreno (distinguido por el fracaso comercial y por el vapuleo a manos de la crítica de esa época), la película de Alexander se deja ver como un placer culposo bastante disfrutable. Me atrevo a decir que esta entrega sí tiene más claro el planteamiento de un hombre atormentado que, entre el deseo de venganza y la necesidad de justicia, vive la encrucijada de ser un héroe o un nuevo criminal.

Los nuevos vientos del streaming le han caído mejor a Frank Castle. Netflix lanzó en el 2017 Marvel’s The Punisher, spin-off de Marvel’s Daredevil, con una temporada de 13 capítulos y a cargo de 10 directores distintos. A diferencia de las tramas de las películas mencionadas, que estaban más enfocadas en combatir el crimen organizado, en la serie de la plataforma web Castle (Jon Bernthal) lucha contra el sistema corrupto del servicio de inteligencia estatal que solo ve a sus efectivos como simples piezas de cambio. Sumemos a este panorama la constante del pasado familiar y obtendremos líneas argumentativas con puntos de inicio bastante básicos, aunque conforme va avanzando la serie empiezan a tomar vuelo. La naturaleza de este castigador se presenta más sólida: Castle actúa por su cuenta siguiendo su propio código de conducta donde impone el orden infundiendo terror y practicando la violencia. No lo hace para construir un poder personal sino para ayudar a construir un orden público.

La reflexión de Marvel’s The Punisher también pasa constantemente por la estrecha y frágil línea que implica el cuestionamiento que hay entre ser un héroe y un villano. Solo los códigos éticos determinan, en un escenario convencional, cómo el protagonista ve el mundo y cómo el mundo lo ve. Aquí, El Castigador tiene códigos distorsionados ante la comunidad política y las normas judiciales. Sin embargo, existe una complicidad ciudadana que hasta cierto punto avala sus mecanismos y acciones (secuestro, tortura, extorsión y asesinatos). El pensamiento de Busenbaum sobrevuela e interviene en cada paso que da Castle separando la paja del trigo, a veces a costa de daños colaterales. No hay duda que el cine aún está en deuda con la creación de Marvel. En cierta medida, el personaje ha alcanzado un crédito mediano en la televisión. La segunda temporada en Netflix podría consolidarlo como “antihéroe de carácter” o cavar un hoyo que lo condene a un nuevo ostracismo.

2. Quis custodiet ipsos custodes?

Habitualmente se afirma que Alan Moore es uno de los tótems de la historieta mundial. Su éxito en los ochenta con V de Vendetta y Watchmen, dicen los fans, lo han hecho inmortal. Más allá de las preferencias personales y los indudables méritos del artista inglés, las adaptaciones cinematográficas de sus obras han sido suavizadas para llegar a un público más amplio. Un ejemplo de ello es Watchmen (Zack Snyder, 2009). La versión del cineasta se basa en una lectura bastante fiel a la del cómic en términos argumentativos, sobre todo, en la historia central, pero deja de lado subtramas que pudieron darle un enfoque distinto a la película.

Valgan verdades, llevar todo el material original a la pantalla supone un ejercicio que podría confundir al espectador si no ha leído las historietas. Curiosamente, la principal acusación que se le hace a Snyder es esa. Discrepo rotundamente. Los cuatro primeros minutos, de ¡214! (Director’s Cut), son de los más hermosos que se han hecho sobre superhéroes/antihéroes. El inicio marcado por la voz nasal de Bob Dylan a través de The Times They Are A-Changin es planteado por Snyder en forma de secuencia-resumen para entender el contexto de una sociedad estadounidense gobernada por Nixon en los ochentas y donde los superhéroes han sido declarados ilegales porque el restablecimiento del orden solo es responsabilidad de la policía.

Marginados legalmente por el sistema, los personajes de Watchmen se ven obligados a regresar clandestinamente para resolver un crimen que los llevará a descubrir una amenaza que pondrá en peligro al planeta. Ese regreso de los cuarteles de invierno es tan nostálgico como patético que no deja de transmitir una reflexión sobre lo duro que es entender el ocaso del héroe. Sin embargo, ello queda de lado cuando se evidencian los métodos de trabajo de la mayoría de estos seres. El Comediante, Rorschach, Ozymandias, principalmente, son antihéroes violentos y hasta crueles, caminan por el mismo sendero que los paramilitares: no rinden cuentas a nadie o tienen carta libre para ajusticiar. Usan el terror y la violencia; recurren a la tortura como método habitual, violan constantemente el Estado de derecho y los procesos legítimos de juzgamiento obstaculizando el trabajo de las autoridades; sin contar los daños colaterales.

Snyder retoma el problema de Las manos sucias de Jean Paul Sartre con la pregunta: ¿están los políticos sometidos, en razón a sus responsabilidades en el gobierno, a unas normas morales diferentes a las de los demás seres humanos? ¿Debe existir una fuerza paralela que haga el trabajo sucio con métodos inaceptables avalada por el gobierno a fin de frenar el caos y luego reprimirla? Esta violación a los principios éticos de la conformación social en sociedades democráticas donde, en teoría, se respetan los derechos humanos, responde a necesidades que son encajadas a hombres y mujeres implacables que se saltan la legislación con sus propios códigos. Rorschach es sanguinario, tiene severos traumas infantiles y no teme morir imponiendo su ley; pero nunca dejaría que un abuso quede impune. El Comediante asesinó mujeres, niños y ancianos en Vietnam, sometió sexualmente a una compañera heroína y se jacta de su amistad con las altas esferas del poder. Ozymandias es un megalómano que en nombre del equilibrio mundial y la plutocracia puede hacer desparecer una ciudad completa; no obstante, está desarrollando tecnología al servicio de la humanidad.

Todos, a su estilo, generan su propia justicia. Son fundamentales y descartables a la vez. Pero, ¿quién vigila a los vigilantes? Los políticos, en razón de su rol, deben tomar decisiones y realizar acciones para que quienes están por fuera de la política consideren que no se está violando las normas morales. El filósofo Michael Walzer dice que algunas situaciones justifican implementar acciones moralmente censurables, como la tortura, pero una vez que pasa lo que corresponde es aceptar una sanción legal para salvar la comunidad política. Las autoridades en Watchmen se dan cuenta de ello y deciden cortarles las alas a los héroes y sus excesos, empujándolos hacia el anti heroísmo. Espectro de Seda y Búho Nocturno son los que más sufren con estas decisiones. Ellos emplean la violencia, pero, a diferencia de los otros tres vigilantes sí sienten culpa y procuran hacer el mal menor.

Snyder también expone la función política oficial desde la prepotencia y el absurdo cuando Nixon analiza atacar a la Unión Soviética. El presidente asume una moral “utilitaria”, otorgando primacía a ese fin sin reparar en medios, incluyendo las manos sucias en caso de necesidad. Entonces, los héroes a la sombra (o antihéroes visibles) saben que podrían ser los sacrificados, los que se encarguen de poner el pecho en la primera línea de fuego. Si el miedo y la violencia (algo que los personajes de Watchmen saben hacer muy bien) motiva la conformación de una comunidad política, las autoridades sabrán aprovechar sin ensuciarse las manos a sabiendas que los antihéroes son conscientes que también serán perseguidos una vez finalizada su intervención.

Watchmen es una película sobre política, al igual que Marvel’s The Punisher. En los dos casos, para llegar a fines positivos, hay que aceptar que a veces es necesaria cierta dosis de inmoralidad, considerada como legítima por parte del status quo. Algo similar a defenderse con corrupción frente a quienes la han utilizado antes. Eso significa que, a la luz de la legítima defensa, es necesario defenderse de quienes no respetan los derechos. El filósofo Fernando Savater dice que “cuando no es mero desahogo de instintos brutales o sádicos, la tortura puede también tener logros estimables: quizá salve algunas vidas de inocentes, descubra conspiraciones o permita la condena de asesinos especialmente empedernidos. Muy bien, ¿y qué? ¿Ofende por ello menos a quien valora la dignidad humana y también la decencia básica que debe servir de peana moral para la sociedad democrática? ¿Acaso lo que se consigue a corto plazo vale más que lo perdido para siempre?” Watchmen de Moore y Snyder, El Castigador de Gareth Ennis y Netflix transitan ese derrotero ambiguo como funambulistas marginales.

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