Era el mejor de los tiempos y el peor de los tiempos

Por Rodolfo Weisskirch

 

1. Algunos antecedentes. Todo se remonta a la década del 60, en realidad. El reinado de Roger Corman era absoluto. La Hammer tenía su propio mercado en Europa. El cine gótico con estética lisérgica se enfrentaba a un cine catástrofe en decaída. En medio de esta batalla de seudoindustrias de bajo presupuesto que no le hacían justicia a un género que vio mejores exponentes, aparecen en 1968 dos títulos que revolucionarían las historia. Uno tenía al director del momento: un polaco que brillaba en Europa e intentaba abrirse camino en Estados Unidos. El otro era un joven hippie neoyorquino que solo había filmado algunas publicidades y cortometrajes de bajo presupuesto. Polanski y Romero abrieron una puerta que aún hoy cuesta mucho cerrar.

A partir de El bebé de Rosemary y La noche de los muertos vivos, el terror era el presente. El terror modelo novela de Siglo XIX o monstruos de post guerra le daban paso a una visión más politizada del presente. El racismo post Vietnam, el miedo a la generación beatnik. La psicodelia visual de la iluminación de la Hammer o el cine de Corman se traslada literalmente a la ciudad. Con el éxito comercial de estos dos exponentes, uno producido por la Paramount, el otro, un título filmado con apenas 100 mil dólares, se inaugurarían dos subgéneros que son hoy en día los más explotados en materia industrial: las posesiones diabólicas y los zombies.

Claro, hoy son pocos los que asocian a dichas películas con un contexto e ideología particular. La revolución sexual de entonces no es la de ahora, y por lo tanto la trascendencia de El bebé de Rosemary no impactaría de la misma forma en el presente. El caso de La noche de los muertos vivos es un poco más paradójico, porque con la proliferación del racismo del gobierno de Trump, la obra maestra de Romero cobra mucha más vitalidad que todas sus secuelas. Aún así, no es sobre el impacto de las obras con nuestra década que vamos a analizar, sino de los años subsiguientes.

Sin Rosemary no existiría El exorcista. Tampoco La profecía. La película de Polanski, que tiene muchos méritos cinematográficos hoy, ligados con la identidad autoral del director, abrió un camino que hoy en día se sigue explotando gracias la saga de El conjuro, pero en aquel momento prefirieron darle mucho más énfasis a la saga iniciada por Friedkin -que marcó otro tipo de revolución. Saga que no debía ser tal. Tardaron 4 años en encontrarle un sentido a la continuación, y el resultado fue abominable. Ni John Boorman, etiquetado desde Deliverance como un cineasta serio, ni la presencia de un elenco clase A liderado por Richard Burton, o el regreso ridículo de Linda Blair y Max Von Sydow la salvaron de ser un producto risible, que no cumplió las expectativas.

Al género zombie, por otro lado, le costó un poco más abrirse camino. No fue hasta 1979 que Romero decidiera realizar El amanecer de los muertos, que daría pie a un subgénero dentro del subgénero: la comedia de terror de zombies. Ya más afianzado con los efectos especiales y un mayor presupuesto, Romero sabría explotar las limitaciones económicas para conseguir una excelente sátira política sobre el consumismo en Estados Unidos. Ahora sí, nadie le pondría trabas al grado de gore. Al mismo tiempo, la mezcla de humor y terror no era novedosa. Corman ya la había explotado con las últimas adaptaciones de cuentos de Poe, afirmando los dotes para la comedia de Vincent Price, Boris Karloff y Peter Lorre. Pero Romero lo utilizaba para reírse del público y el gobierno.

2. El momento bisagra. Sin embargo, los 70 no solamente explotarían aquello que había funcionado o traería novedades en el género desde finales de los 60. Otro dos nombres se abrirían paso desde el cine bajo presupuesto: Wes Craven y John Carpenter, que se podrían llamar los herederos en cuanto a estética y recursos al del cine de Romero. El primero sería el padre del terror en el bosque: adolescentes acosadas por asesinos, violadores o mutantes. El segundo encontraría su camino a partir de su tercera obra: Noche de brujas (1978), ya que recordemos que Dark Star se trataba de una comedia en el espacio, y Asalto en el Precinto 13 está más relacionada con el western y el thriller.  Ambos serían los precursores de sagas y estilos que terminarían en los años 80 por descarrilar el género.

Pero para finalizar con los antecedentes, no nos podemos olvidar de dos títulos de 1975 que también derivaron en continuaciones horribles. Ambos tienen algo en común: Alfred Hitchcock. Al igual que con los casos de Polanski y Romero, acá también se da una interesante contracara. Una fue producida por Universal, otra se hizo con apenas 300 mil dólares. El director de la primera se convirtió en el realizador más poderoso e influyente de toda una generación; el otro nunca pudo igualar ese primer hit, y su carrera podría haber despegado sino fuera por que el primero le quitó el corte final de su más importante obra mainstream. Con Tiburón, el joven Steven Spielberg continuó el camino de cine catástrofe -no relacionado con pruebas nucleares- que Hitchcock arrancara con Los pájaros. Lo que ambos productos tenían en común era básicamente que no había una justificación de los ataques. En ambas la naturaleza se vengaba del ser humano por cuestiones más metafóricas que literales. Por su parte Tobe Hooper, con La masacre de Texas, sería el continuador del género slasher que arrancaría Hitchcock con Psicosis. E incluso se dice que ambas historias se inspiran en el mismo origen. Hooper y Spielberg trabajarían juntos en 1982 en la que sería, posiblemente la última gran película original de terror de aquellos tiempos: Poltergeist.

3. Los años 80: la banalización del género. Hay que decir la verdad. Hasta los años 70, el terror era un género que tenía como objetivo a un público adolescente / adulto. Salvo excepciones muy precisas y marcadas -como ciertas películas de Corman o la Hammer, o sátiras obvias- el humor no formaba parte del manual para asustar. Si había sangre, no era para un público masivo. En los 80 todo cambió. Quizás fue Steven Spielberg quién se diera cuenta del potencial que había en orientar la ciencia ficción y el terror hacia un público infantil. Nadie puede dudar de que forma la introducción de ET con subjetivas, humo y sombras, se liga más a la forma de filmar, por entonces, el terror, y no una película abocada a la familia. Con Poltergeist, también de 1982, Spielberg utiliza a familia pero ahí sí mezcla mayores elementos propios del terror. La batalla con Tobe Hooper fue justamente esa. Hooper venía de hacer obras que no le temían al gore. Spielberg buscaba el entretenimiento y la masividad. Le encontraría el perfil comercial para que cualquier obra con elementos sobrenaturales, esqueletos o fantasía, también pueda verlo el público infantil. De ahí que hasta Indiana Jones incorporaría un niño en su secuela.

De repente la fórmula fue: familias y adolescentes amenazados por fuerzas sobrenaturales, pero dejando el drama o el cuidado estético de lado. Si había poco presupuesto, se destinaba a efectos berreta o sangre de cuarta. El recurso fuera de campo y la sugerencia, las mejores armas del primer Spielberg o Carpenter, se transformó en mostrar cuerpos desmembrados. Goma espuma pintada de roja. Era regresar al clase C de finales de los años 50, pero con producciones que habían adquirido un nombre.

Con Industrial Light and Magic generando animatronics y fondos verdes por todos lados, cualquier película se aventuraba a subestimar la imaginación del espectador. El ingenio para situar la cámara en lugares increíbles fue reemplazado por el ingenio para generar trucos computarizados o robóticos. Y sí, nadie se va a animar a cuestionar la huella que dejaron en una generación entera Terminator, Gremlins o Cazafantasmas. Por fin, todo el mundo podría ver aquello que otro tiempo apenas era sugerido o se intentaba reemplazar con trucos de luces o un poco de maquillaje.

Con un temible vacío de ideas, el terror y el suspenso no eran suficientes para llenar los huecos, entonces se apeló al humor. Tobe Hooper decidió banalizar la saga de La masacre de Texas con una secuela que se transformó en la Y dónde está el piloto? de las slashers. Halloween, por su parte, también tuvo secuelas olvidables, en las que el hombre-monstruo dejaba de ser un hombre para ser un muerto viviente que deambulaba matando porque sí y persiguiendo a casi los mismos personajes con diferentes rostros, y agregando ridículas justificaciones a la realización de cada entrega.

Algo más honesta en sus pretensiones, pero más absurda y vacía en su contenido en la saga del hijo bobo de Michael Myers: Jason. También, una derivación absurda de Psicosis, con otra madre manipulando a un ser inmortal, Martes 13 continuó con éxito la premisa de un ser anormal que le resiste a la muerte y va cometiendo asesinatos sin justificación alguna, más que por tomar desprevenidos a adolescentes a punto de debutar sexualmente.

En todos estos casos hay algo en común. Ni Tiburón y sus horribles secuelas, que terminaron por destrozar una obra maestra, ni Poltergeist o El exorcista o Halloween e incluso Viernes 13, hubo una continuación de una mirada cinematográfica. Aquello que distinguió a cada una en su momento, que era la forma en la que el bajo presupuesto se convertía en una herramienta para innovar y hablar de un momento político particular de la nación, se dejaba de lado en pos de darle al público un festín de vísceras y adolescentes en topless. El caso de El exorcista es aún más patético: el autor de la novela, en plan de completo mercenario decide hacerse carga de la tercera parte con resultado aún más horribles que en la secuela de Boorman.

Hubo solo dos casos que sobresalieron en esa década: la Pesadilla en lo profundo de la noche, de Wes Craven y la saga Evil Dead, de Sam Raimi. A la primera hay que reconocerle cierta originalidad en su concepción, aunque su realización no está a la altura de su fama, más que por lo que significa el personaje de Freddy Kruger como ícono cultural, y por ser acaso, el único de estos personajes, cuyo intérprete fue símbolo de la saga. En todo el resto, los actores o actrices eran solo vehículos para que el monstruo anónimo se destaque por sobre el componente humano. La segunda, en cambio, más que la construcción de un villano tuvo la construcción de un héroe, y a pesar de derivar en olvidables imitaciones -algunas producidas por la productora Canon del realizador Menahem Golam- fue la única cuyas secuelas fueron dirigidas siempre por Sam Raimi, con el mismo actor como rostro vendible de las entregas. Sin embargo, Raimi transformó tanto las secuelas en comedias o relatos de aventuras, que de terror, en sí, quedó muy poco.

4. El VHS o larga vida a las porquerías. Antes de los años 80, si uno quería ver de nuevo una película que salió de cartelera tenía que esperar por una reposición, una retrospectiva o que la pasaran en televisión. Pero cuando salió el video hogareño -cariñosamente llamado VHS- el público podía alquilar las películas de bajo presupuesto cuando quisiera y cuantas veces quisiera. Por eso se volvió tan popular. Y muchas películas que en salas pasaron desapercibidas tuvieron una vida más extensa en formato casero. El éxito de Evil Dead en VHS, por ejemplo, fue el que provocó su reestreno en salas comerciales, y la posibilidad de realizar la segunda parte, que en realidad es la remake con mayor presupuesto, ideas y humor. Pero también, gracias al VHS, generaciones posteriores al estreno de ciertas películas le dieron una nueva vida a secuelas y otras producciones.

EL VHS, además permitió que adolescentes que no podían entrar a salas para ver películas prohibidas para menores puedan acceder a ciertos títulos y convertirlos objeto de culto. De esta forma, hay sagas clase B –Critters, Hellraiser, entre otras- que ganaron peso para que sus secuelas se estrenaran en salas, por ejemplo en Argentina. Estas películas, algunas de ellas malas copias de éxitos, otras inspiradas en novelas de autores que aprovecharon el auge de Stephen King para explotar sus sagas.

Justamente, el éxito de King en el cine, provocó una catarata de films de bajo presupuesto y muy baja calidad artística, entre las que se incluye Maximum Overdrive, dirigida por el propio autor. Un experimento que salió mal. Atrás quedaron los éxitos cinematográficos de Carrie, El resplandor -película sobrevalorada y odiada por King- y Christine.

En los 80, la influencia de King es solo comparable con de Steven Spielberg, con quién comparte varios factores en común: la mirada preadolescente, la fantasía como metáfora de cambios sociales, la forma de encarar los miedos en los suburbios. El terror más puro se fue convirtiendo en una mirada más complaciente del mundo, mezcla de nostalgia de los años ´50 y reflexión de la cultura popular.

Más allá de eso, el éxito literario de IT se transformó en una miniserie para televisión, que cuando se estrenó en VHS fue un éxito masivo, sin importar el paupérrimo nivel visual, las malísimas interpretaciones -solo el trabajo de Tim Curry se destaca- y los agujeros narrativos. Una película que apostó por el efectismo y que provocó que en los 90 hubiese un aluvión de miniseries dirigidas por Mick Garris o Tommy Lee Wallace que desprestigiaron la obra del autor.

5. Epílogo: los 90 o la masividad de lo que en algún tiempo fue rebelde. Carpenter, Craven, Romero fueron marginales. Su éxito se propuso como una alternativa de alta calidad artística trabajada con bajo presupuesto, en la periferia de Hollywood. El éxito de estas obras en los 70 y 80, fue un indicador para los grandes estudios para convertir sus películas en marcas, de las que se desentendieron. Si ellos no aprobaban las secuelas, los estudios las imitaban. Algunas llegaban directamente a las salas, otras -como la de Los chicos del maiz- llegaban exclusivamente al VHS. Carpenter probó trabajar en la industria con otro tipo de producciones, como Diario de un hombre invisible -con Chevy Chase- que fue un fracaso rotundo y decidió volver a sus raíces independientes. Romero siguió probando suerte con adaptaciones de King -la fructífera relación comenzó con la maravillosa Creepshow, que influyó en la creación de Cuentos de la Cripta– pero la adaptación de La mitad siniestra tampoco convenció, y recién en 2005, Romero hizo su gran regreso con Tierra de los muertos. Aunque hay que admitir que eso nunca se hubiese concretado si la trilogía original de La noche de los muertos vivos no se hubiese convertido en culto por los millennials.

En cambio, fue Wes Craven quien en 1996 revitalizó el género slasher junto a Kevin Williamson. El secreto de Scream fue la autoconciencia de la masividad que tuvo el género en los 80. El fanatismo de los adolescentes por sagas como Halloween o Martes 13. Ahora los asesinos eran imitadores de asesinos de películas. La fórmula, además mezclaba estrellitas de la televisión que pasaban un buen momento con varias promesas. En Scream conviven el slasher con el whodidit. Los asesinos ya no eran más seres inmortales y anónimos, sino uno o varios de los personajes que aparecían durante el desarrollo de los films. Pero con un tono más parecido a Scooby Doo que a las novelas de Agatha Christie. No era la primera vez que Craven hacía parodias de las obras que triunfaron dos décadas atrás. La nueva pesadilla tenía un lenguaje metacinematográfico con momentos bastante inspirados como cuando Freddy Kruger asesina a Robert Englund, sin embargo esto no evitaba que todas estas producciones tuviesen un éxito basado en la conciencia del marketing de la nostalgia, más que por el ingenio narrativo o porque Craven decidiera brindar una crítica política o una mirada social de Estados Unidos.

Como sea, cuando el producto que hacía crítica a la regla se convirtió en regla, ya no se tuvo más respeto por el producto original, y lo único que importó fue la manera de revivir sagas muertas. De esta forma Freddy, Jason y Chucky, cuyos últimos títulos individuales fueron desastres en la taquilla, con la autoconciecia y el redescubrimiento de las nuevas generaciones, se decidió mezclarlos, y fue un director asiático, Ronny Yu, -producto del fanatismo por el nuevo J-Horror- el elegido para revitalizar ambas sagas con La novia de Chucky y Freddy Vs Jason, respectivamente. En ambas se nota la influencia de Scream -básicamente lo único que cambia es la identidad del asesino- aunque ahora el humor está tan planificado que se extraña el berretismo original.

En las últimas tres décadas del siglo XX, el cine de terror se revitalizó gracias a una generación que aprovechó los bajos presupuestos para concretar un mensaje político. El éxito de estas fórmulas con más corazón e ideas que el cine industrial generó una catarata de secuelas e imitaciones que fagocitaron la calidad del horror. La relectura satírica de los propios directores sobre sus obras originales generaron expectativas para una revitalización del horror. Sin embargo, como un ciclo de nunca acabar, la explotación del lenguaje metacinematográfico y la reencarnación de los éxitos de los 70 y 80 apostando al público adolescente que consumía series como Party of Five o Dawson´s Creek -con sus secuelas y copias- provocó que las raíces del horror se desvirtuaran definitivamente. Lo que quedaron no fue, ni más ni menos, malos melodramas adolescentes… con unas cuantas gotas de sangre.

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