El último traje
Argentina-España, 2017, 92′
Dirigida por Pablo Solarz.
Con Miguel Angel Solá, Angela Molina, Martín Piroyansky, Natalia Verbeke, Julia Beerhold, Olga Boladz y Jan Mayzel.

El empleo de los objetos

Por Federico Karstulovich

El cine, al menos lo que hace al diseño dramático del espacio, está plagado de objetos. En mayor medida (y en términos de un uso mediocre de los mismos) se trata de una práctica que hace de los objetos un mero decorado. En menor medida, esos objetos tienen alguna función dramática más o menos visible (un cuchillo, una foto, una carta, un celular, etc) y en otros una función algo más solapada (desde los objetos-mcguffin como el maletín con interior brillante en Pulp Fiction hasta los objetos que portan un valor simbólico emocional que excede su funcionalidad superficial (como el bendito relicario-colgante de Super 8, que claramente portaba otro valor además de ser un simple colgante perteneciente a la madre muerta)). Sea como fuera, los objetos están ahí con un fin y el punto es saber explotarlos para que complementen dramáticamente aquello que va a narrarse. El mayor problema de El último traje, entonces, es que no sabe cómo construir emociones con las cosas, como construir afectos dramáticos. Y los reemplaza con palabras, con extremidades lacrimógenas con forma de flashbacks y con algún que otro genuino momento de emoción (el lugar dramático que adquiere la calle cerrada con acceso a la vivienda en la que el protagonista salva su vida tras escapar del campo de concentración es una de las mejores cosas que tiene la película).

El asunto es que, tal como dijimos antes, la película carece de recursos para multiplicar la emoción genuinamente. Y dado que debe contar una historia carente de mayores elementos empáticos en tiempo presente -todo o casi todo lo que le pasa al personaje que interpreta Miguel Angel Solá está determinado por la extorión moral que supone haber sido un sobreviviente de los campos de concentración del regimen nazi- lo único que le queda es el retorno constante a el relato de la víctima. Ojo, esto no convierte a la película en un andamiaje de historias sobre esa experiencia macabra, pero si condiciona al personaje en sus relaciones con los demás. Así y todo la película establece una serie de tentativas (no son más que eso: tramas en potencia o desaprovechadas) que permiten alejar al personaje del relato de la tragedia y traerlo al presente. Una diferencia con tres hijas y la huída del hogar (si, está Rey Lear por ahí), algo parecido a un posible romance con una responsable de un hotel de mala muerte, una relación con un joven con el que se intercambian favores. Todos esos elementos en menor medida logrados generan, como contraparte, la sensación de que la película puede derivarse con mayor libertad hacia otros territorios menos previsibles que el del drama de víctima.

El problema es que Solarz (aquí guionista y director, pero con mayor trayectoria en el primero que en el segundo de los casos) le impone a ese viaje, algo más rapsódico y azaroso de lo que parece, una matriz de causalidad. Por eso los personajes, avanzados los minutos, parecen menos personajes y por el contrario si parecen meras funciones, elementos de un plan más o menos prefijado para llegar a una meta. Cuando tomamos conciencia de eso nos damos cuenta que El último traje podría haber sido perfectamente un cortometraje. Y que los personajes que se cruzan por el camino de nuestro protagonista podrían no haber existido sin que medie mayor problema (que no sea el de la coproducción con actores europeos). Cuando tomamos conciencia que la historia (un hombre, una cuenta pendiente, un viaje, una búsqueda y un encuentro) precisaba de menos tiempo, menos derivaciones y más concentración, entendemos el rol del traje en cuestión: ese objeto, en la película, llega vacío. En ese objeto no se deposita ninguna esperanza, emoción o problema.
El cine argentino, que en alguna medida se olvida de sus grandiosas raíces clásicas, a veces se olvida que no se precisan grandes artilugios para poder narrar una historia emocionante. El problema es que hay que optar. La historia del hombre que se extravía en un viaje de retorno a Europa y la historia de un hombre que busca encontrar a una persona casi 70 años después no saben cómo convivir juntas. Y que no haya una amalgama entre ambas (por lo general dada por los objetos) habla de un problema endémico que el cine argentino sigue sin poder erradicar: libertad y planificación para construir emoción.

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