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Tiempo de lectura: 3 minutosEntre la razón y la locura

Marcos Rodríguez

Entre la razón y la locura (The Professor and the Madman)
Irlanda, 2019, 124′
Dirigida por Farhad Safinia
Con Mel Gibson, Sean Penn, Natalie Dormer, Ioan Gruffudd, Jeremy Irvine, Brendan Patricks y Adam Fergus.

Locura: Despropósito o gran desacierto

Por Marcos Rodriguez

Uno no podía más que esperar lo peor de una película en la que Sean Penn interpreta a un esquizofrénico de época con mente brillante y corazón noble. Penn no decepciona. Pero Entre la razón y la locura ofrecía también la posibilidad de volver a ver a Mel Gibson en pantalla, ahora en un rol dramático, porque incluso escondido detrás de una barba tupida y de un acento escocés dudoso, Gibson es un animal de cine. Cabía esperar que una fuerza anulara a la otra y que esta película (coescrita por John Boorman, y a la vez primer largometraje del iraní que escribió Apocalypto) llegara a ser interesante. Casi, pero no.

Los defectos que se le podrían señalar a Entre la razón y la locura son, en realidad, su falta de defectos: todo pulido, nada fuera de lugar, la película incluso guarda un rincón para el gran Steve Coogan, que no hace de cómico pero sí de inglés (a diferencia de lo que pasa en la mucho más querible Stan & Ollie, en la que hace de cómico pero no de inglés). ¿Vale la pena quejarse? El cine correcto no sirve ni para eso.

Uno de los efectos más curiosos de Entre la razón y la locura es el espíritu ranciamente inglés que sobrevuela esta fábula de amor, locura y lingüística. Es curioso porque la película plantea la cuestión de la locura como uno de sus temas centrales (de manera directa en la traducción local del título, un poco más personalizada en el título en inglés pero no por eso menos franca) e incluso juega con ir borrando las barreras claras que traza la historia en un primer momento: el loco es el esquizo que mató a una persona y está convencido de que los muertos lo persiguen (Penn) y la razón está del lado del profesor universitario, un tanto excéntrico pero no por eso menos sabio, interpretado por Gibson: hombre de familia, académico, multilingüístico. Con el correr de la historia descubrimos que el loco sí está loco pero también es una especie de santo sometido a su propia locura, y que el profesor está poseído por una pasión tan desmesurada que casi lo transporta al otro lado de la razonable. Y estos dos se hacen amigos. Y la esposa de Gibson (Jennifer Ehle, eterna actriz secundaria, siempre solvente), cuando llega la hora de salir a defender el trabajo de su marido, señala esa unión como una ocurrencia casi milagrosa. La razón y la locura, entonces, se tocan, todo salpimentado por una historia de amor que no podría ser más melodramática y que atraviesa todo esto: la historia de la viuda del hombre asesinado por Penn, que pasa de prostituta y resentida a señora ilustrada que descubre a su pesar (aunque sin demasiado desarrollo, la verdad) que se está enamorando del loco que mató a su marido. Ahí intervienen los sentimientos de culpa del santo del manicomio y los tratamientos psiquiátricos de vanguardia de la época (al parecer, a fines del siglo XIX los médicos que estaban en la cresta de la ola creían que podían curar trastornos mentales sometiendo a los pacientes a sesiones prolongadas de vómito inducido).

Todo esto, que podría haber resultado en una película oscura y retorcida, desbordada por los cuatro costados, con personajes más grandes que la vida misma, termina siendo (por obra y gracia de esta misma prolijidad narrativa) poco más que la historia de un diccionario.

Ni siquiera es un problema el final feliz (después de todo, esta es una historia real, que terminó bien) sino ese tibio espíritu conciliatorio que viene a encauzar todos los problemas. El loco recibe un tratamiento adecuado (según placas sobre el final) y muere feliz y contento. El profesor recibe una designación real ad aeternum y logra pasar los últimos cuarenta años de su vida sentado atrás del mismo escritorio, ignorando a esa misma familia que lo sacrificó todo por él y que literalmente desaparece frente a sus ojos en una transición temporal de lo más fea imaginable, y el diccionario se convierte en institución.

La locura, parece, puede ocurrir a veces, pero lo importante es que las cosas serias e importantes pervivan en el espíritu instituido de lo razonable.

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