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Tiempo de lectura: 3 minutosLa casa con un reloj en sus paredes

Por Sergio Monsalve

The house with a clock in its walls
EE.UU., 2018, 105′
Dirigida por Eli Roth.
Con Jack Black, Cate Blanchett, Owen Vaccaro, Kyle MacLachlan.

La evolución

Hay varios Roth.

Uno de ellos es aquel que consume cine trash y que se ha convertido en uno de los profetas del exploitation qualité de los últimos tiempos. Es el mismo que cultivó amistad, por conveniencia, con Quentin Tarantino y Robert Rodríguez. De hecho los tres colaboraron en Grindhouse (el proyecto de doble función de películas que simulaban a las de autocine de los 70s y que incluyó a Death Proof, de Quentin Tarantino como a Planet terror, de Robert Rodriguez…y entre ambas varios trailers de películas inexistentes y baratas que nunca serían filmadas, algunos de estos trailers dirigidos por el mismo Roth) y gozaron en hundirse con ella en la taquilla, casi como si lo hubieran deseado. En aquel entonces, Harvey Weinstein pagaba las cuentas de los excesos de sus niños mimados…

El Eli Roth de las entrevistas, para cadenas como Vice, es un irónico parlachín, visiblemente obsesionado por el rollito de la cinefilia berreta. El personaje resulta simpático porque carece de la soberbia catedrática de sus colegas del medio.

El Roth actor en Bastardos sin Gloria se interpreta así mismo como un carnicero empedernido, como un bateador designado de cabezas rapadas de nazis. Lo vemos atrás de Brad Pitt, cuando tatúa la esvástica en la frente del coronel Hans Landa con un cuchillo. Ambos actores secundan el humor autoindulgente de QT, rompiendo la cuarta pared como dos youtubers cancheros del milenio.

Pero el Eli Roth director es menos estimado por la corrección política. Hostel, su película más famosa (que lo sacó del ostracismo de la olvidable opera prima, Cabin Fever) lo inscribe en los circuitos del terror mainstream, alcanzando repercusión internacional por saquear los yacimientos del subgénero mondo (particularmente de Holocausto Caníbal, película a la que regresaría expresamente como remake en The Green inferno, su anteúltimo largometraje) mediante una propuesta deliberadamente cutre, xenofóbica y fascistoide en palabras de sus principales críticos. Aquella película doblaría su apuesta en una secuela olvidable, efectista y redundante.

Los antropólogos verían (cuando no) en la extensión del subgénero gorno (mezcla de porno y gore, pero también conocido con el nombre de torture porn) una clara sublimación de las muertes de la guerra de Irak. La banalización del salvajismo y la brutalidad anticiparían los procesos de estilización propagandística del estado islámico. Hostel y Saw: El juego del miedo capitalizarían el mercado de la pesadilla del once de septiembre.

Knock Knock concentra el teatro de grand-guignol del director en el espacio de una casa invadida por dos chicas psicópatas, sin coartada moral alguna. Keanu Reeves era la insólita víctima de los juegos macabros de unas verdugas pop, cosificadas y súper sexys. A pesar de ciertas dispersiones narrativas, el filme lograba expresar y comunicar el sentido nihilista del creador, replicando a destiempo los simbólicos acosos de los chicos X de Funny Games, pero a la vez incomodaba por el montaje de una fantasía perversa del girl power.

La Casa con un reloj en sus paredes supone un agradecido punto de inflexión en la carrera de Eli Roth, tanto como para defraudar a los primeros fanáticos del responsable del encargo.

El dinero y la inversión mandan, obligando al rebelde de lujo a obturar sus venas inflamadas de sangre fácil. La censura del target infantil impondrá límites a la expresión de las vísceras y los cuerpos mutilados. La película, ciertamente, niega el canon explícito del autor. Sin embargo, las condiciones de la producción estimulan un cauce diferente para la personalidad anómala y singular del demiurgo de las acciones.

Por consiguiente, la película en cuestión depara una curiosa subversión dentro del esquema de la comedia fantástica. El principal argumento transgresor debe buscarse en la renuncia de amoldarse al filón de las cínicas parodias del género. El largometraje tampoco alimenta el lastre de una nostalgia ochentosa y descafeinada, a la sombra del éxito de Stranger Things.

En contra de los patrones establecidos, el agudo clasicismo de la pieza recupera el arcaísmo de tres fenómenos resistidos por la industria: la obra feliz de Joe Dante, el realismo poético francés y la democracia del gag de Jaques Tati.

Así, las manecillas del guion pueden moverse al ritmo de las entrañables obras cinéticas de Mi Tío y Las Vacaciones del Señor Hulot, salpicando a la vibración formal del diseño de personajes con diálogos absurdos o de non sense, a cargo de unos excéntricos Cate Blanchet y Jack Black, quienes añaden su dosis de veneno interpretativo al ensamble del casting.

Los protectores del niño viven en una casa llena de antigüedades, donde los muebles, las paredes y los libros incentivan la imaginación encantada del protagonista. Es natural, por ende, el enlace del plot con el surrealismo gótico de Burton y Lynch. En efecto, el papel de villano de Kyle MacLachlan sugiere la entrada de un ángulo ambiguo y abstracto en homenaje a las vueltas del tiempo de Twin Peaks.

La Casa con un reloj en sus paredes elogia el triunfo discreto y anónimo de un pequeño outsider, por sobre los prejuicios y las iniquidades de un contexto conservador.

En una era de Avengers y de héroes en crisis, la casa Amblin celebra la vigencia de sus mecanismos, de sus adorables criaturas, de sus bichos raros y de sus adaptaciones bizarras. Al final, Eli Roth honra el legado de Spielberg, Zemeckis y de los cuentos de la cripta de la televisión de los cincuenta en adelante. Por aquí seguimos atentos a su evolución.

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