La favorita (The Favourite)
Irlanda-Reino Unido-EE.UU, 2018, 119′
Dirigida por Yorgos Lanthimos.
Con Olivia Colman, Emma Stone, Rachel Weisz, Nicholas Hoult y Mark Gatiss

El sátiro

Por Marcos Rodriguez

Un componente no menor de la última película del griego de moda es la sátira. Sátira social en su sentido más clásico y, en este caso, sátira de la sociedad inglesa del siglo XVIII, con sus pelucas, su maquillaje, su refinamiento y su decadencia. No hay que hacer un esfuerzo de interpretación demasiado extenuante: ahí tenemos las sutiles escenas en ralenticon una carrera de patos (y su posterior refuerzo por diálogo) y con un enano en bolas y empelucado, que sirve de blanco humano a los juegos de puntería con fruta madura de la nobleza aburrida. El nombre de Swift se deja caer como al pasar (¡che, pero qué cultos son estos directores europeos!), entretejido en los diálogos afilados que componen La favorita, pero también como clave para el espectador/lector. Pero a diferencia de Swift, que usaba la sátira para criticar la sociedad de su época, un presente muy concreto y claro, Lanthimos ambienta su historia en un pasado no solo lejano sino hasta bastante poco frecuentado por el cine, casi en una tierra mítica de conspiraciones de salón. La Historia, dirán algunos, hay que respetarla, pero el propio Yorgos se encarga de reírse de la fidelidad con gestos bien posmodernos y, en todo caso, la ambientación de época no exigía una sátira del decadentismo. ¿Para qué se mete en eso Lanthimos? ¿Por qué le importa tanto?

Se me ocurren dos posibles respuestas. La primera es que Lanthimos esté usando la crítica al decadentismo del siglo XVIII como una excusa velada e indirecta para criticar la sociedad de su presente. Sería un recurso muy propio de un satirista consumado aunque, debo confesor, no se me ocurre a quién podría estar criticando el buen griego, porque todos sabemos que vivimos en una sociedad donde todos somos piolas, hacemos siempre lo que queremos, no respetamos códigos impuestos por autoridades exteriores y definitivamente no estamos tan aburridos como estaban esos señores de sangre noble. La segunda opción que se me ocurre no anula la anterior pero sí la vuelve mucho más terrible. Al hablar del siglo XVIII y burlarse de sus comportamientos, Lanthimos no estaría criticando algún comportamiento específico de sus contemporáneos, sino que, simplemente, está hablando sobre alguna verdad general sobre el ser humano. Lanthimos, el que te canta la posta. Los seres humanos del siglo XVIII eran ridículos pero todos los seres humanos somos ridículos y yo, el director esclarecido, lo plasmo en la pantalla para abrirle los ojos al espectador que vivió engañado.

Mentira, se me ocurre una tercera opción para explicar la meticulosa atención dedicada a la sátira en La favorita, pero es tanto más banal que dudaba en incluirla. No se trataría de un agudo comentario sobre el estado del mundo en el que vivimos, tampoco sería una reflexión profunda sobre la existencia del ser humano como animal social. Algo en mí me hace sospechar que Lanthimos incluyó esos elementos de sátira no porque tuviera algo puntual para satirizar, sino porque le divierte ridiculizar a las criaturas ridículas que crea. Porque sí. Para meter elementos cómicos en el conjunto. Para mostrarle al espectador lo inteligente y superior que es y para que el espectador pueda, cobijado bajo el paraguas de su agudeza, sentirse a su vez inteligente y superior.

Todo esto como preámbulo (un tanto largo, perdón) para hablar de la que creo que es la única escena que realmente me gustó de La favorita: la escena del baile. Lo confieso: me reí. Todo viene muy pomposo, muy inglés, muy cortesano, hasta muy aburridamente decadentista (¡decadentismo aburrido!, hay que tener ganas, Lanthimos) con lady Sarah medio en pedo en un gran salón de fiestas, subida a regazos ajenos. Y, de pronto, se organiza el baile y la Weisz sale a bailar. (De paso: hace mucho que no la veía a la Weisz en pantalla, sigue estando más buena que comer pollo con la mano.) Los bailarines se ponen en fila y de pronto Weisz y su compañero se lanzan a una coreografía espasmódica, ridícula, cruza de break dance y Monthy Python, que es una belleza. Ya Joe Wright había hecho algo parecido en su Anna Karenina,en la que los bailarines estallaban en una coreografía complejísima, exagerada, casi ridícula, pero lo suyo por supuesto era dentro del campo del melodrama y el baile venía a ocupar el lugar de todas esas convenciones sutiles y complejas que aprisionaban a su criatura en una trampa sin salida. En La favoritaese baile es puro gesto canchero: incongruencia elaborada, oxígeno en medio de la atmósfera opresiva, traba en el entramado argumental y, por supuesto, exageración que viene a señalar (una vez más) lo ridículos que eran todos los comportamientos de esa gente que se encerraba en salones iluminados por velas y se disponía a trazar arabescos fatuos con sus cuerpos.

Y, con todo, me reí. Por lo inesperado, supongo. También por la belleza de esos movimientos, que estaban muy bien armados, y por la ligereza (tanto más ligera en el ambiente de una película como La favorita) de ver a Rachel Weisz revoleada y zarandeada por los aires, siempre con gracia impoluta.

No es necesario que una idea empiece bien para que termine siendo rendidora.

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