Les fantômes d’Ismaël
Francia, 2017, 110′
Dirigida por Arnaud Desplechin
Con Mathieu Amalric, Marion Cotillard, Charlotte Gainsbourg, Louis Garrel, Alba Rohrwacher, Hippolyte Girardot, Samir Guesmi, Laszlo Szabo

Sombras de cine

Por Marcos Rodriguez

Hay algo que debería ser fresco y descontracturado en el cine de Arnaud Desplechin y, sin embargo, termina por oler un poco a tesis doctoral y naftalina. Sus películas son laberintos largos y vericuetosos, llenos de digresiones, de recursos prestados y pegados de otros lados o tiempos, de juegos. Las películas de este director son desprolijas, muchas veces pierden su centro junto con sus protagonistas (muchos de los cuales son interpretados por Mathieu Amalric), van para un lado u otro, pegan volantazos, meten recursos raros, narradores, herramientas que a veces aparecen una sola vez y ya. Esto, enumerado así, podría hacernos pensar en un cine vibrante, vital y caprichoso, y a veces sus películas alcanzan un grado de encanto tal que uno termina casi por creer que se trata de algo de eso. Pero cuando el encanto falla un poco, cuando la fotogenia no llega a cubrirlo todo, cuando los tics y  autocomplacencias se vuelven un poco repetitivos, ahí es cuando empiezan a chillar los engranajes y entonces no podemos más que rendirnos ante la evidencia de que aquello que parecía simple y efervescente en estas películas, ese aire libresco y caprichoso que recuerda (o busca conscientemente recordar) lo mejor que pudo ofrecer la nouvelle vague, sale más de libros, de planes, de pasillos de universidad que de la vida misma.

Pasa un poco dentro de la propia Les fantômes d’Ismaël, en una de las tantas historias que se cruzan: Ismael Vuillard atraviesa una crisis mientras escribe el guión de una película (que, se nos dice, se filmó más adelante y de la cual vemos fragmentos) en la que cuenta la historia de Ivan Dedalus, un joven que entra en el servicio de inteligencia internacional de Francia y termina por convertirse en una especie de leyenda y fantasma. La historia, nos dice el propio Ismael, está basada en la vida de su hermano menor. Ni vamos a entrar en el juego de repeticiones y combinaciones de nombres dentro de la propia obra de Desplechin (en Reyes y reina, Amalric interpreta a un joven artista desequilibrado, cuyo nombre es Ismael Vuillard, aunque es músico y no cineasta; interpretó un personaje llamado Paul Dedalus en Comme je me suis disputé… (ma vie sexuelle)y de nuevo en Tres recuerdos de mi juventud, donde se retoma esa historia; la familia de Un conte de Noel se llama Vuillard, aunque en esta Amalric interpreta a un personaje llamado Henri, cuyo hermano se llama Ivan) porque, francamente, ¿a esta altura a quién le importa? Pero como la ficción se dobla sobre la ficción, a lo largo (largo) del largometraje de Desplechin (que en realidad esta vez no es ni tan largo pero lo parece) vamos teniendo revelaciones sobre la historia detrás de la historia ficcional, si bien nunca llegaremos a ahondar: Ivan Dedalus está basado en el hermano de Ismael, pero, como dice en un momento el productor de Ismael mientras habla brevemente a través de Skype con el verdadero Ivan (quien, se nos dijo hace poco, se suponía que había muerto aunque en realidad, no), la historia de la película tiene giros “novelescos”. Vemos entonces, como fragmentos que cortan la historia de Ismael y sus fantasmas, partes del guión que Ismael escribe y que será película, que está basado en la vida de su hermano pero que en realidad es más bien una ficción que juega el juego consciente de la ficción novelesca: lejos de la realidad de ese hermano que no quiere ni hablar con Ismael, cerca de los giros y convenciones que cada uno de nosotros tiene metidos en la cabeza de tanto haber consumido este tipo de historias. Pero el problema con todo esto, por lo que llegamos a ver a través de los breves fragmentos de ficción dentro de la ficción, es que esa historia novelesca no funciona demasiado como una de espías: despareja, intimista, esquemática, descosida, no avanza mucho hasta que algo en la trama nos obliga a avanzar y así la cosa mucho que no va.

Algo parecido pasa con la película toda (y con el cine de Desplechin en general): quiere ser una cosa y otra, termina siendo algo distinto. La película está cargada de jueguitos y referencias: un personaje que de pronto se vuelve narrador al mirar a cámara, iris como de cine mudo, un backprojecting evidente y artificioso, fundidos lentos y gratuitos; a su vez, la apuesta de Desplechin carece de sentido si no logramos acceder al corazón emocional de sus personajes, todo está puesto en función de la desprotección y el melodrama. Pero el camino al melodrama está atravesado de desvíos, de falsedades, de frenadas bruscas y giros salidos de la galera. En el mejor de los casos, se produce una chispa (modesta pero suficiente) gracias al amor que Desplechin tiene por sus personajes, y a su amor por el amor, y esa chispa logra animar el armatoste atado con alambre que es una nueva película de Desplechin. En el peor, la chispa queda ahogada por bibliografía (capricho libresco y autoreferencialidad) y lo que queda entonces es un ejercicio más o menos entretenido, que soportaremos mejor o peor, y que recordaremos después como un paso más en ese deambular en círculos que es la obra de Desplechin.

Les fantômes d’Ismaël no es lo mejor de Desplechin, o a lo mejor ya es demasiado de lo mismo, pero esconde pequeños momentos de belleza. Queda por decidir si con eso alcanza.

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