Los vagos
Argentina, 2017, 88′
Dirigida por Gustavo Biazzi
Con Agustín Avalos, Bárbara Hobecker, Ana Clara Lasta, Marcelo Enríquez, Emanuel Gómez, Walter Casco y Juan Pablo Vitale.

En cueros

Por Marcos Rodriguez

Hay una historia que se cuenta en Los vagos: estudiantes del interior que están a punto de alcanzar ese punto en el que se termina la joda y empieza otra cosa, una historia de amor/noviazgo y sus tensiones. Se podría trazar un hilo a través de la superficie tersa de la película (fluida, narrada con un naturalismo suave) y, al tirar de él, encontrar un argumento de esos de “cuando empezamos a ser grandes y dejamos atrás esa maravillosa juventud libre de preocupaciones”. Eso está, pero lo que hace que Los vagos sea una película interesante es la medida en la que ese hilo queda sumergido en una atmósfera que es mucho más importante que lo que se supone que nos quiere decir la película. Importa más un atardecer en la playa o el problema de reunir plata para salir a comprar cerveza en una reunión que el lamento del chico que quería seguir siéndolo. El tiempo se suspende en Los vagos al igual que parece suspenderse en esas vacaciones calurosas en Misiones (el calor siempre presente, los vagos en cueros, el problema constante de tener hielo) y entramos en las noches y las tardes sin nada que hacer, en las charlas que no conducen a nada (o, para ser más precisos, conducen siempre a un mismo tema), en ese ir y venir, rebotando de un lado al otro por una geografía de casas de familia, playas, boliches y música.

Probablemente lo mejor de la película sea la forma en la que el aire vibrante de vacaciones en la selva se respira con una libertad que contradice el espíritu de “y después nos tocó crecer” que se supone que debería imperar en una fábula de crecimiento como esta. El modo en que se filma Buenos Aires, que aparece al principio y al final de la película, es siempre gris, plano. Vemos a Ernesto caminar por las calles de la ciudad de la furia y avanza entre la gente y el tráfico, en planos robados con teleobjetivo en una calle real, llena de transeúntes y ruido y cosas que pasan entre la cámara y su personaje, y ausencia de color o alegría. Buenos Aires corresponde, en Los vagos, al espacio de la vida “seria”; es donde se estudia, es el espacio de la Facultad de Derecho (lugar serio si los hay), el ámbito natural de esa relación de noviazgo que parece tan funcional al principio y que genera tanto dolor al final. Buenos Aires es donde se va a desarrollar, parece, la vida adulta de Ernesto, esa en la que las acciones tienen consecuencias, esa en la que salir con una mina no es divertirse y bailar y pasarla bien sino sentarse en una butaca de cine y después caminar por una vereda y quedarse parado ahí solo, más frustrado que contento. La relación de Ernesto con su novia (es decir, el aspecto estable, normado, con proyección a futuro de su vida) parecía funcionar bien mientras estaban en la capital y ella se lo dice cuando se están peleando: “Siempre que venimos a Posadas es lo mismo”. La relación seria, monógama y responsable de Ernesto funciona mientras él circula por un espacio que anula su libido. En la Buenos Aires de Los vagos no hay muchas maneras de pasarla bien y, por lo tanto, parece casi natural ser un poco más respetable y, después, entender la lógica responsable de la vida de quien ya no es un pibe.

La cosa es distinta cuando estamos en Posadas: la cámara ve con claridad a su personaje, hay color y sonido ambiente y una selva siempre a punto de invadirlo todo. Hay sol y un barco y asados (¿cuántos asados?), en un espacio grande, amplio, que permite no solo moverse de forma constante sino también reunirse de a varios y estar cómodos cada uno en su rincón, lejos y cerca al mismo tiempo, unos junto a otros; cosa que no pasa en Buenos Aires. En esa Posadas en verano no parece haber nada que uno tenga que hacer aunque no quiera: ni siquiera vemos las fiestas en familia, esos momentos tradicionales de obligación y ritual; hay arbolitos por todos lados, pero no hay cenas con parientes. Cuando Ernesto llega a Posadas se libera como un pájaro fuera de su jaula y despliega sus plumas (siempre en cueros) en el fluir de unos días que vienen unos después de otros sin que haya nada específico que hacer, más que tratar de ponerla.

Uno podría decir que ese aire de despreocupación tropical es la semilla de la nostalgia adulta, pero no sería del todo cierto en la medida en la que Los vagos no parece asumir ese lugar del deber ser de lo que viene a ocupar su lugar. En Buenos Aires, Ernesto está solo, se corta el pelo y llora tirado en su departamento de estudiante. ¿Por qué eso es mejor o, digamos, inevitable? La película termina con una nueva reunión de los vagos, que ahora se nos muestran trajeados pero nunca serios. Se casa el primero, algo cambia. Pero eso no hace que cambie la relación entre ellos, ese espíritu todavía tropical (en lo expansivo, en lo libidinoso, en lo fértil) que sobrevive y que trae nuevamente una sonrisa a la cara seria y ya más adulta de Ernesto. La alegría radica en ese vínculo.

Ese verano de última libertad está en el pasado, quedó atrás. Pero también está en el cine, en ese espacio que elige ser Los vagos: un espacio entre amigos.

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