Pequeña gran vida (Downsizing)
EE.UU., 2017, 135′
Dirigida por Alexander Payne
Con Matt Damon, Christoph Waltz, Hong Chau, Kristen Wiig, Jason Sudeikis, Udo Kier, Neil Patrick Harris, Laura Dern, Margo Martindale, Kerri Kenney, Maribeth Monroe, Niecy Nash, Donna Lynne Champlin, Joaquim de Almeida, Rolf Lassgård, Ingjerd Egeberg, Søren Pilmark, Jayne Houdyshell, James Van Der Beek, Patrick Gallagher, Kevin Kunkel, Kristen Thomson, Brendan Beiser, Don Lake, Mary Kay Place, Juan Carlos Velis, Veena Sood, Jeff Clarke, Pepe Serna

Mudanzas

Por Federico Karstulovich

El tipo que escribiò esa maravilla subvalorada llamada Jurassic Park III, el mismo que ha sido script doctor de innumerables películas de Hollywood (y no hablo de Terence Malick, el otro tapado del mundo del guión mainstream) es exactamente la misma persona que sabe cómo y donde apretar las teclas indicadas para que en medio de un esquema grandote aparezca lo pequeño. O invertirlo: que en un esquema pequeño se sostenga lo grandote. Al primer cine lo podemos llamar un cine de trama y acciones, al segundo un cine de situaciones y personajes. Bueno, Payne es uno de esos especialistas en armar micromundos extrañados en una falsa premisa macro. O hacerlo a la inversa. En ese sentido lo que sucede con su última película no tiene nada de novedoso. Me refiero a que el sistema Payne sigue ahí, funcionando como siempre, con la única diferencia que aquí el verosímil debe tensarse un poco más en la primer media hora. Pero luego de naturalizado el cambio, fundamentalmente, lo que prosigue es una película pequeña y de personajes que deben afrontar grandes cambios (internos) sin proponérselo casi a modo de contracara de sus cambios externos.

Cuando veía Pequeña gran vida me acordé en algún punto de About Schmidt. Estaba esperando algo del gesto cínico o la risa sardónica como en aquel final de la película con Jack Nicholson. Ese momento no solo nunca llega sino que pareciera que los años han quitado bastante de esa crueldad para suplirla por una suerte de corrección política curiosa, estimo que ligada a la necesidad de redondear la parábola/metáfora del mundo que empequeñece (en tamaño pero se amplía en experiencias) pero no cambia en relación a sus injusticias o mejor dicho en sus asimetrías sociales.

En algún punto la película de Payne recuerda a las mudanzas, a los cambios de año, a los cumpleaños y a los fines de ciclo. Todos ponemos en esos acontecimientos un rol o un lugar de trascendencia que asuma la condición de cambio. Como esa pareja de amigos que decían que cuando se mudaran iban a comprarse la máquina para hacer pastas y otros adminículos para cocinar. Resulta que la usaron una sola vez. Y la licuadora se les caga de la risa y junta polvo. Son, si se quiere, la inversa de mi amigo (a quien dicho sea de paso no veo hace casi 10 años) que se mudaba cada 6 meses a una casa distinta, pero que a cada lugar al que llegaba le daba su tono personal, se instalaba y se apropiaba del espacio a velocidad ultrasónica. El caso último tiende a ser una excepción. En cualquiera de los casos, ya sea por prometer cambios o por sobreactuar el retorno a un lugar conocido (a una identidad conocida: al fin y al cabo mudarse es también habitar un cuerpo extraño a cuyos ruidos y espacios debemos acostumbrarnos) las mudanzas tienen ese componente utópico y melancólico a la vez. La utopía de un borrón y cuenta nueva y la melancolía de que todavía cargamos encima una mochila que no es tan fácil de quitarse.

En cierta medida la película de Payne se desliza sobre una versión casi paródica de ese territorio utópico pergeñado a lo largo de  varios siglos por diversos imaginarios. Pero la película de Payne no es política porque tenga en su centro un imaginario utópico de una sociedad casi apartada de la sociedad que conocemos. Lo es, precisamente porque pone la lupa el aspecto microscópico de ese mundo. El trazo grueso sobre las diferencias sociales, el comentario obvio y políticamente correcto sobre las diferencias de clase no son precisamente las cosas que mejor le salen al director. Ni tampoco creo que sean parte del plan de máxima. Considero, en todo caso, que son una base, un punto de partida macro para luego si poder volver sobre los personajes y sus miserias, personajes a los que un cambio de vida material no les define o al menos no les demarca un cambio de vida emocional. Por eso lo político en la película de Payne no está ni estará nunca en los hechos, sino en la incapacidad de los hechos, de los actos, de las acciones trascendentes para cambiar una cosmovisión de mundo. Acaso ese sea el gran secreto de su cine y de sus personajes en perpetuo movimiento hacia algo. En sus películas lo que los cambia no es una decisión de máxima, sino una suma de acciones minùsculas, pequeñísimas, casi imperceptibles. En ese sentido el director se comporta como un humanista. Por esas cosas es que en el esquema empático que proponen sus películas hace un poco de ruido el último segmento, el del viaje a Noruega. Hay algo de lo que sucede en esa sección de la película que por momentos parece redundante, subrayada, como si se necesitara que nos concentráramos en una suerte de buenismo ecologista para entender, por contraste, que en el fondo el cambio está en uno.

Hay, en ese sentido, un lugar (si bien coherente por el personaje: una militante vietnamita cuyos planes no salieron del todo bien y cuya vida terminó en un horizonte distinto al esperado) extraño reservado para el personaje de la vietnamita que le cambiará al protagonista el modo de ver el mundo. Hay algo deliberadamente forzado, inverosímil e insostenible en el principio de esa relación como forzada e inverosímil es la decisión del personaje de Damon unos minutos antes del climax (SPOILER, NO LEAN SI NO QUIEREN SABER EL FINAL: me refiero a la decisión de dejarla a ella y dejar todo y adentrarse con el grupo en el túnel, hacia un nuevo cambio de vida en vez de quedarse con ella y ayudar a las personas que menos tienen, que es lo que terminará haciendo y que es a lo que ya nos habíamos habituado). Hay algo de la relación entre ambos cuya dramaturgia no solo se revela como tosca y poco elegante. Sino, en alguna medida, también poco humanista. El personaje que interpreta Damon es mucho más interesante cuando debe deambular en ese mundo al que no entiende ni conoce pero al que intenta aproximarse en piloto automático (toda la re adaptación a un mundo en el que busca acomodarse, incluyendo el encuentro de una nueva pareja, es un cortometraje extraordinario sobre el sentido de pérdida, de extravío de mundo, que implican los primeros meses luego de una separación de pareja) que cuando deja avanzar su costado culposo, políticamente correcto y pobrista. En ese aspecto, uno tiene una sospecha en el fondo. Y ahí si reconecto con About Schmidt: tengo la ligera pero improbable sensación de que Payne se está volviendo a cagar de la risa de nosotros, del buenismo biempensante. Y de esos lugares comunes sentenciosos que solemos asignarle a los cambios mayúsculos. En el fondo, las mudanzas no cambian eso que no quisimos cambiar antes. La fantasía del hombre mediocre que se hace bueno es, entonces, el último acto de crueldad de un ironista feroz. Desde hace 22 años Payne no ha demostrado ser otra cosa y su cine es testimonio de ello.

 

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