#PostBafici2022 – Dean Martin: King of Cool

Por Maximiliano Corti

EE.UU., 2021, 107′
Dirigida por Tom Donahue
Con intervenciones de Angie Dickinson, Bob Newhart, Jerry Lewis, Regis Philbin, Norman Lear, Tommy Tune, Deana Martin, George Schlatter, Bill Boggs, Rosie Cox Gitlin, Jerry Blavat, Lee Hale, Susan R Ewing, Will Friedwald

Los recuerdos están hechos de esto

Hubo una época, anterior a Youtube y a Google, en que, como aficionados o como estudiosos, debíamos estar a la caza de cualquier registro que aplacara nuestra necesidad de tener entre manos el trabajo de un artista que nos interesara. Recorríamos quioscos, íbamos al estante más bajo de la última mesa de las librerías de viejo, corríamos a encender la videocassetera ante el anuncio del presentador. Atesorábamos páginas gastadas, ediciones sin tapa, fragmentos dañados, poco nítidos, descoloridos, inconclusos, interrumpidos por segundos de publicidad cortada a destiempo, editados sobre la marcha con el control remoto de un dispositivo hogareño. Estas reproducciones pobres, fallidas, incompletas, muchas veces eran todo lo que teníamos para calmar nuestra excitación por conocer o disfrutar una obra, la única manera que teníamos de reconstruir el trabajo de nuestros ídolos en medio de las carencias impuestas por las limitaciones tecnológicas del momento, por la concentración del mercado en otros artistas más demandados o por el precio del material importado. De pronto hoy en día, con el mismo esfuerzo que nos requiere sentarnos a disfrutarla, tenemos mil formas de hacernos de una obra que nos interesa. Como perjuicio de esto, algo del encanto que tenían esos trofeos que tanto nos había costado conseguir se perdió con la profusión y la variedad que nos permiten los medios de la actualidad. Llega un punto en que lo tenemos todo visto o, lo que es lo mismo, tenemos la idea de que lo tenemos todo visto. Y, habiendo visto mucho, el espectador se vuelve más hábil y exigente, por lo que –éste es el desafío para quienes hacen una obra- quizá hay que hacer cada vez más esfuerzos adicionales para satisfacerlo.

Así, aunque claramente podemos encontrar diferencias en el enfoque, en la profundidad o en el tono con los que está tratado el tema, no es infrecuente que hoy nos acerquemos a un documental sobre alguno de nuestros ídolos con el temor de que nos encontraremos con algo conocido hasta el hartazgo. En el caso de este documental sobre Dean Martin, ocurre también que el hecho de saber de antemano que está producido por la hija de Dean Martin no nos da la idea de que será precisamente crítico con el artista o que favorecerá la mención de los aspectos más oscuros de su persona o que incursionará en puntos de vista muy originales. Lo abordamos esperando encontrarnos con un trabajo más bien reverenciador, ligero y, al menos disimuladamente, publicitario. En efecto es lo que ocurre, y esto podría ser plenamente disfrutable si no nos diera a pensar que es un mosaico de imágenes repetidas en todos lados, de testimonios que tienen el mismo espíritu crítico que las entrevistas que vienen como material adicional en cualquier DVD, de datos que podemos adquirir de un vistazo en Wikipedia, de elogios que tienen la elocuencia efectista de un recorte de una crítica en un poster de película. Muchos de los entrevistados que dan su opinión están puestos a la fuerza, justificados por una condición de celebrity fans insuficiente o no tan fácil de probar, con el propósito de sumar un nombre conocido para que enuncie lemas como los de cualquier artista invitado al documental sobre un artista amigo o leer un poema cuya solemnidad no parece ir muy bien con el carácter ligero y desenfadado del arte de Dean Martin. Donde gana el documental es en los momentos en que les da voz a personas cercanas a Dean Martin (como su cuñada o el hijo de Jerry Lewis) que nos hacen saber detalles de momentos más íntimos, o a otras que no tienen el carácter de estrellas pero que pueden dar una opinión o anécdota originales. Lamentablemente, en el balance final estos aciertos son menos que los desaciertos y no alcanzan a justificar a éstos últimos. La hija de Dean Martin, un poco en modo de anfitriona que nos abre las puertas de la casa de la familia, tiene una presencia más bien oficial, un poco celebratoria de sí misma y como demasiado consciente de “voz autorizada”, que terminan por echar a perder cualquier provecho que podamos sacar de estar recibiendo de ella información de primera mano. El propósito del documental parece ser el de ser bien gráfico para un público lo menos especializado posible, esto es: subestimar al público. Un ejemplo de esto es la explicación del significado de “Rosebud”, ilustrando convenientemente con imágenes de una de las películas más famosas del mundo. Es eso o bien es pereza. Lo que espero de un documental sobre un cantante al que admiro es que me ilumine sobre su vida o que me haga salir del cine cantando sus canciones, aunque sean las canciones que escucho todos los días. Acá no ocurre ninguna de las dos cosas: no descubro nada que no descubriría de manera más práctica usando mi voluntad para ir más directamente a la información que necesito y no presto mucha atención a las canciones porque no me faltará oportunidad de ponerme a escucharlas como hago en muchos días de mi vida.

Dean Martin pertenecía a esa generación de artistas que llegaban a serlo, no tanto por un plan y un entrenamiento consecuentes, sino más bien por una condición de aventureros y por la casualidad, después de intentar otras profesiones igualmente poco liberales o incluso deshonrosas o ilegales. Luego, con Jerry Lewis conoció un estrellato a la altura de la beatlemanía, cantó con Sinatra, con Ella Fitzgerald y con Louis Armstrong, trabajó en películas de Minelli, de Hawks, de Billy Wilder, hizo carrera en Hollywood, en la televisión, en Las Vegas, además de una larga discografía, y tuvo un trato frecuente con los presidentes de los EEUU y con todo el círculo más selecto de los famosos. Los estudios de televisión, de radio, de cine, de grabación, las personas que lo sobrevivieron, no deben contar con poco material como para que el documental, producido por gente a la que seguramente no le faltaría acceso al mismo, tuviera que recurrir a la vieja historia del jugo de tomate o a un clip de “My Rifle, My Pony and Me”.       

Al igual que Sinatra, era un artista dueño de un talento natural que le permitía desestimar la necesidad de ensayar. Prefería lanzarse directamente a actuar sin preparativos, costumbre que se puede adoptar con buenos resultados cuando no se carece de genio,  de buen gusto y de habilidad para la profesión. Esto no implicaba no ser riguroso en la búsqueda de la perfección, ya que el esfuerzo que no se ponía en ensayar se ponía en rehacer el trabajo o en elegir acertadamente o en practicar en otras circunstancias. Este arte superior a todos los demás, que es el que une el talento a la falta de pretensiones, tenía mucho de una intención de divertirse y de conseguir chicas y plata, pero no era nunca un despropósito ni estaba echado a perder por una falta de compromiso. En todo momento estaba hecho con el amor y el esfuerzo que pone un verdadero artista en su obra, razón suficiente para que este artista se mereciese otro documental caracterizado por más rigor, más generosidad, más osadía y más frescura.  

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