Por el dinero 
Argentina, 2019, 79′
Dirigida por Alejo Moguillansky
Con Luciana Acuña,  Gabriel Chwojnik,  Alejo Moguillansky,  Matthieu Perpoint

En el caribe sur

Por Luciano Salgado

De toda la banda de cineastas salidos de la FUC hay dos que supieron encarnar como nadie las formas del cine que admiraban. Tanto Alejo Moguillansky como Matías Piñeiro resultaron ser las mejores encarnaciones y continuaciones de buena parte de los intereses cinéfilos que siempre rodearon su obra. Posiblemente el gran enlace entre ambos sea Rivette. Pero mientras que Piñeiro se pone renoiriano cada vez que puede, a Moguillansky lo tienta un componente más chileno: Raúl Ruiz.
Entre el gesto artificioso -sostenido en las acciones propias de autómatas- y la aventura sin límite -lanzada como una flecha hacia la nada misma- el director de El escarabajo de oro (otra película de aventuras camuflada en película sobre el cine) logra sumar otro eslabón más a este encadenamiento de películas de personajes vacíos, que cumplen funciones plásticas, tirando el verosímil del realismo por los aires. Y si bien creo que Castro sigue siendo su mejor película (o al menos la más acabada cinematográficamente hablando), creo que Por el dinero es la mejor comedia de todas las que hizo. Y creo que eso sucede, básicamente, porque a diferencia de casos como los de La vendedora de fósforos y El loro y el cisne (en la primera por su necesidad autoimpuesta de hacer un comentario político demagógico, en la segunda por la vacuidad del artefacto reflexivo y con ideas repetidas) en Por el dinero Moguillansky no se olvida de narrar. Pero fundamentalmente no se olvida de que las acciones son generadoras perfectas de comedia, lo que hace que toda la película sea una gran actualización doctrinaria del slapstick.

Incluso uno bien podría leer a el primer tercio de la película menos como un juego narcisista entre los propios (algo de lo que adolece buena parte del cine producido bajo la égida de El Pampero en tanto productora madre) que una suerte de mirada retrospectiva que es capaz de burlarse de la propia falsa modestia detrás de las producciones de baja escala en costos. Como si en alguna medida el mismo grupo también nos estuviera recordando que en el fondo hacer cine no es una patriada en la que todos los que participan se entregan a la filantropía, sino que más bien lo que prevalece es un interés narcisista por el reconocimiento constante y por cumplir con un trabajo privilegiado, que depende de dineros en su mayor parte públicos. Me atrevería a decir que el dinero es una de las obsesiones del cine del director. Es el material circulante por excelencia. Pero en este caso en vez de convertirse en la excusa plástica para que los personajes corran, se convierte en la verdadera excusa narrativa, pero por su ausencia. El dinero es aquí el productor de toda clase de deudas. El dinero que no llega. O que no llega a tiempo. O que llega mal y desfasado en las cantidades que estaban previstas. Con ese punto de partida los personajes son aquellos que comienzan a girar en torno a ese vacío existencial y, contrario a resolver la falta con estrategias racionales, establecen un display delirante, que como bien mencioné antes, no tiene nada que envidiarle a los personajes de Raul Ruiz, con sus derivas folletinescas y absurdas.

Quizás habría que pensar a los tercios que componen a la película completa como películas distintas: una primera, que retorna a las obsesiones nuevaoleras de la influencia de Rivette, una segunda parte, acaso la más anclada en la comedia, que permite salirse un poco del cinismo autoconciente del primer tercio para concentrarse en un componente más narrativo (lo que le quita a la película ese aire de autocelebración y cancherismo que abunda en los Pampero boys) y una tercera, que es abiertamente ruiziana, que se permite juguetear con las formas, con el verosímil, con los géneros (como el cine de aventuras) y que parece ser el momento de mayor goce de todo el film, en donde Moguillansky logra mayor libertad para sus personajes pero también para su propio cine, como si en alguna medida el retorno de la narración implicara también el retorno de un cine menos reflexivo y más emocional, más depurado en sus materiales (todo el segmento de juegos, representando a Asterix y Óbelix, además, es emocionante).

En Por el dinero lo que importa está siempre adelante. Hay que correr la coneja todo el tiempo. Y cuando la película se olvida un poco del gusto por usar todos y cada uno de los materiales previos (en buena medida el primer tercio es hijo del registro fílmico de la obra de teatro que da origen a esta película), cuando se deja de volver sobre el reciclaje de lo propio es en donde aparece lo ajeno. Y en lo ajeno aparece la vida y las diversas formas de representación que no replican lo conocido necesariamente sino que apelan a refundar el propio cine. La sensación que me quedó en la boca fue esa tras finalizar la película: quizás, luego de muchos años, Moguillansky recuperó una cierta libertad a cambio de algo que muchos nunca quieren ceder: la identidad autoral, esa que otorga prestigio, si, pero que también quita vida porque es una máscara que hay que llevar siempre.

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