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Tiempo de lectura: 2 minutos#PostMarDelPlata2020 : Red Post on Escher Street

Por Sergio Monsalve

Escher dori no akai posuto
Japón, 2020, 149′
Dirigida por Sion Sono
Con Morgan Maara, Sen Fujimaru, Riku Kurokouchi, Tatsuhiro Yamaoka, Taro Suwa, Tetsu Watanabe, Mitsuru Fukikoshi, Tomoko Fujita, Marina Kozawa, Jun Toba

Rompan Todo

La película delirante de Sion Sono figuraba en mi quiniela para el Palmarés de Mar del Plata. Pero los críticos solemos equivocarnos en las predicciones de los Festivales. La había puesto en dirección, por su diálogo metalinguístico con el tema, pero el jurado decidió concederle dos premios a Isabella de Matías Piñero, una cinta no necesariamente lograda como experimento por zonas de articulación. La vi por trámite y me resultó un largometraje deshilachado a la retaguardia de sus pretensiones de modernidad. 

De Red Post on Escher Street valoré reencontrarme con un cine lúdico y libre, en las antípodas de las rigidices conceptuales del programa solemne de toda la competencia, plagada de una oferta dispar en su melodramatismo altermundista e hiperrealista, pasando de una distante tercera persona a un egocentrismo de voz de dios, cuyos exponentes se toman demasiado en serio su lugar enunciativo de falsa modestia y humildad. 

Pienso en la diferencia del tono grave y frío de la sentencia progre de Adiós a la memoria, con unas escenitas canallas de enjuiciamiento del papá, frente a la calentura de la gozosa y caótica puesta en escena de Sion Sono, a quien invitan para legitimar el perfil de la grilla y exponer la excepción de la regla de los últimos asiáticos, también lejanos y trágicos. Siento que el código de Los Rubios ha sido asimilado por una ola de imitadores durante el siglo, que pragmáticamente se montan en el carro de la introspección subjetiva, con cromos de una familia deconstruida, para complacer a los curadores y comisarios de los certámenes internacionales. 

Aparenta ser un ejercicio de autocrítica, mostrando una capa distinta de la historia, pero que al final se materializa en adulación y amor propio, en gestos de un narcicismo culposo que acaso empodera, visibiliza y enorgullece, al extremo de reforzar argumentos viejos y maniqueos, como Nicolás Prividera que arruina su película cuando posa de Pino Solanas, acusando al neoliberalismo y al macrismo de los peores males del mundo, sin decir nada de la amenaza populista de los K. 

Ante tales trabajos de la demagogia endogámica,  Red Post on Escher Street se la juega por una escritura anárquica, explosiva e impredecible, como sus personajes al borde de un ataque de nervios, en medio del rodaje de la obra de un alter ego del autor, un realizador famoso de la generación de relevo, un indie hípster desbordado por su proyecto estético, por su empresa de captar chicos y chicas de verdad, a través de la preproducción de su pieza. 

Volviendo con Sion Sono, los extras de su La noche americana, de su El Desprecio, toman el control del set y dinamitan por dentro el guion, desplazándose en la calle bajo el seguimiento de un camarógrafo con la óptica de un documentalista de guerrilla en el centro de Tokio.    

Antes vemos las internas y conflictos con los productores que presionan, los sueños de los aspirantes, las locuras de un típico casting. Agradezco a Sion Sono que haya filmado un exorcismo, una catarsis, el estallido de su sistema, cumpliendo una fantasía que hemos deseado en secreto, es decir, que el orden ficticio de una producción vuele por los aires, volteando la jerarquía de poder de un crew.   

El libreto, la idea original se derrumba ante el colapso del director, mientras las extras asumen el gobierno del plot. Desde su incomprendida liviandad de comedia, Red Post on Escher Street ha refrendado una posición política auténticamente desafiante, en un país súper conservador de la tradición.  

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