Regresa a mí (Ben is Back)
EE.UU., 2018, 103′
Dirigida por Peter Hedges
Con Julia Roberts, Lucas Hedges, Courtney B. Vance, Kathryn Newton, Rachel Bay Jones, David Zaldivar, Alexandra Park, Michael Esper, Tim Guinee y Myra Lucretia Taylor.

Lugares comunes

Por Federico Karstulovich

Desde finales de los 90 la gran Julia (en 1997 había logrado ese milagro llamado La boda de mi mejor amigo, acaso uno de los momentos mas altos de su carrera) comenzó a meter la pata. Asi como durante buena parte de su carrera supo elegir correctamente también desarrolló un particular talento para poner el ojo en casos reales o en dramillas de baja estofa que no mueven el amperímetro ni en un domingo con gripe, cable y control remoto a mano preparado para no cambiar (o acaso no es eso Quédate a mi lado (Chris Colombus, 1998?). Erin Brockovich (Steven Soderbergh, 2000) supo hacer de este grupo de películas y de esta actriz una suerte de summa poética del drama doméstico. Pero no hay que ser tan malos con la buena de Julia porque una parte de sus elecciones, digamos lo bueno y lo malo, tienen también que ver con la sensibilidad de un ojo que ve dos veces, incluso más allá de lo evidente, como Leon-O en los Thundercats, pero aquí sin espada de thundera que valga. No, la señora de cuarenta y tantos pirulos ya no es la segunda dama de la comedia romántica de los 90 (la primera era Meg Ryan), sino que es una de esas madres de familia que desarticulan cualquier presunción de milfeidad porque el tiempo también les demanda otras cosas y otros roles. No, no porque Julia haya dejado de ser deseable en su madurez, sino porque expresamente ha establecido un nuevo personaje en torno a su rol maternal y familiar que, cada tanto, hace que la pegue con algunas de sus elecciones, con algunos de sus papeles recientes. Uno de esos grandes momentos nos lo entregó Wonder (Stephen Chbosky, 2017) un estreno que se le pasó a casi medio mundo pero que nosotros celebramos aqui mismo, película en la que nuestra actriz entendía que el asunto venía por un doble movimiento: construir expectativas y traicionarlas en las mismas dosis.

Regresa a mi resulta entonces una jugada dentro del mismo ajedrez en el que, desde hace rato, Julia juega a la defensiva, pero cada tanto mueve las piezas de manera previsible y sorprendente a la vez. Esto se debe a que la historia de base promete una repetición a metralleta de los miles de lugares comunes sobre películas con el eje puesto en las adicciones y la recuperación a manos de los padres. Ya habíamos analizado en esta nota la funesta Beautiful Boy: Siempre serás mi hijo, película que se disfrazaba de progresista pero que en el fondo llegaba a los mismos lugares comunes del conservadurismo más rampante. Bueno, Regresa a mi bien podría ser su perfecta contracara, porque tiene todas las de perder, porque promete todo lo horrible que la película con Steve Carrell presuntamente escondía. Pero el punto es que su director, otro especialista en dramas domésticos -esa derivación clasemediera y algo tibia del melodrama clásico- sabe cómo esquivar las balas. Hedges ya había escrito como guionista películas como A quién ama Gilbert Grape? (Lasse Hallstrom, 1994) y Un gran chico (Chris Weitz & Paul Weitz, 2002) y si algo aprendió tanto como escritor asi como en el rol de director es que la lección hitchcockiana funciona perfectamente. Hitchcock solía decir, atacado por algunas decisiones de sus películas, que a veces era preferible partir de un lugar común que llegar a uno. Por eso Hedges parte de todos juntos: un hijo en rehabilitación se escapa y vuelve a casa de sus padres, al mismo tiempo sus padres (bueno, madre y marido, el padre ausente) temen por ese regreso porque el muchacho, en pleno consumo, hizo pelota las relaciones intrafamiliares. En el medio, la tentación de volver a consumir y un pueblo que lo reconoce y rechaza por su pasado. Y un paquete de droga guardado. Y una noche de navidad. Imagínense todos los lugares comunes juntos y se quedan cortos. Bueno, ahí comienza el punto más interesante de esta película anómala, en salirse de las marcas previsibles mientras las transita.

Toda la estructura de la película, para empezar, está sostenida sobre la expectativa del desastre: el retorno de Ben para caer en la adicción que termine por matarlo, el regreso y la incapacidad de la madre por contenerlo, lo que termine por arruinar la recuperación, el retorno y el rechazo de la familia que termine empujando de vuelta hacia la adicción, el retorno y el entorno antiguo de Ben para vengarse. El tema es que frente a toda esa expectativa la película logra organizar un sistema basado en la suspensión de datos. Como si viéramos una versión no cómica, doméstica y realista de Qué pasó ayer? (Todd Phillips, 2009), lo más interesante de Regresa a mi se organiza en torno al ataque a la casa familiar y al secuestro del perro de la familia en cuestión en la noche de navidad. De un momento para otro la película pasa de ser una de esas que ponen el anzuelo de lo obvio en el centro a una que transita por todas sus periferias. Y esto se debe a que nunca sabemos del todo si todos nuestros pronósticos se van a cumplir. Lo que si podemos dar por seguro es lo que no sabemos pero que podemos intuir al menos parcialmente. Ese ataque y ese perro secuestrado no son casuales. Y de esa falta de casualidad comienzan a desplegarse los enigmas que la misma madre (acompañando a su hijo en un raid nocturno en busca del perro) va abriendo pista a pista. Con ella vamos infiriendo lentamente cosas que nunca terminamos por comprobar: Ben mató a alguien estando en plena adicción? Ben era explotado sexualmente por adultos para conseguir droga? Ben hizo cosas horribles a terceros y su presencia de vuelta en el lugar es un peligro para él y para los demás? Lo más interesante de la película se construye en ese segmento en el que el suplicio de una madre termina siendo más grande que lo que realmente sabe o lo que realmente pudo haber sucedido. Ese juego es también un segundo elemento de lectura: no solo partir de lugares comunes sino evitar que las inferencias nos dejen abordar lugares comunes nuevos.

Quizás, entonces, el mayor punto de entrega hacia la previsibilidad termine viniendo con la llegada de la luz del día, con la emergencia de ese último plano en el que la maternidad sella toda inconducta o estado de zozobra previo. Quizás en ese momento final, en ese último plano también se encuentren los limites de ciertas posibilidades del drama doméstico a la hora de representar los horrores más inmediatos de la cultura de la familia pequeñoburguesa. Los límites, para el drama doméstico, siempre serán las paredes del hogar. Aunque tengan cara de padre o madre. Mientras tanto, el territorio del cine es y seguirá siendo el lugar sin límites. Celebremos ese territorio y esa duda que es la que prima en la mayor parte de esta película, cuyo cierre abrupto no tiene por qué llevarse puesto todo lo bueno logrado previamente.

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