Wonderstruck
EE.UU., 2017, 120′
Dirigida por Todd Haynes
Con Oakes Fegley, Julianne Moore, Millicent Simmonds, Michelle Williams, Jaden Michael, Amy Hargreaves, Cory Michael Smith, Tom Noonan, Marko Caka, James Urbaniak, Hays Wellford, Morgan Turner, Ekaterina Samsonov, Raul Torres, John P. McGinty, Mark A. Keeton

Las invenciones de Haynes

Por Marcos Rodriguez

Una cierta idea de juego atraviesa Wonderstruck. De juego asociado con la maravilla, de pequeño y puntilloso trabajo de cajas chinas, de filigrana y firulete gratuito y autosuficiente. Una historia se refleja en la otra, un espacio se abre en tiempos diferentes, cada cosa que pasa despierta ecos en otro lado. La arquitectura caprichosa de Haynes por momentos se pasa un poco de manierista (pero es una película de Haynes, ¡vamos!), por momentos se pone un poco cansadora (de acá para allá, de allá para acá, todo interrumpido en un ir y venir que llega a ponerse un poco mecánico), tarda bastante en arrancar pero esconde también varias ideas. Algunas de esas ideas son un tanto zonzas (la historia que transcurre a fines de los ’20, filmada en blanco y negro y con banda sonora “muda”), pero otras que van apareciendo con el correr de la película despuntan un sentido que alcanza, por lo menos, a darle sentido a esta preciosa cajita de sorpresas.

Primero, una cosa llamativa: es hermoso constatar cuánto le gusta a Haynes filmar espacios y vestuarios y personajes de época. ¿Será un mérito del diseño de arte? En parte, pero el diseño no hace al cine y Haynes no sabe hacer más que cine. Es cierto que el trabajo meticuloso de la historia de la década del ‘20 resulta un tanto plano, probablemente porque sus referencias no se encuentran más que dentro del cine mismo: todo es un poco de cartón pintado, de maquetita, lo cual vuelve a cobrar un sentido más amplio hacia el final de la película. Pero la parte de los ’70 (casi la única que interesa y la que sostiene, objetivamente, casi toda la película) es otra cosa: vitalidad y calle y negros y colores y calor y mucha, mucha mugre en una Nueva York que sí tiene sentido como ciudad y no como simple referencia cultural libertaria. La cantidad y la duración de los planos que le dedica Haynes a esa ciudad roñosa, venida a menos y pegajosa es un encanto. Esa ciudad incluye una cantidad insólita de extras con vestuario y peinados precisos que estorban a la cámara con un delicado realismo sucio.

Lo que cuesta un poco, sobre todo al principio, es la minucia con la que la película se entrega al lugar común del pobre huerfanito, más si el huerfanito es o se vuelve sordo. Sus peripecias de abandono (¡ay, esos barquitos con mensajes patéticos!) pueden poner un poco a prueba a quien no esté dispuesto a doblarse de compasión desde los primeros minutos.

Recién al final de todo, cuando Julianne Moore reaparece como viejita y la narración se desvía en un relato off representado por marionetas y maquetas y stop motion, es que podemos comenzar a vislumbrar de qué se trataba todo esto: la historia de los dos huérfanos (uno realmente huérfano, la otra solo simbólicamente huérfana) no era un simple capricho de superposiciones: uno se sube a un colectivo, la otra se sube a un barco; uno termina de casualidad en el Museo de Historia Natural y la otra tiene un hermano que trabajaba ahí.

No había realismo en ninguno de los hechos que atravesaron, a pesar de la mugre. Todo era un mecanismo de relojería no solo planeado por un guión demasiado aceitado, sino buscado como recurso que se vuelve autorreferencial. El museo, el baúl de las maravillas, el cuarto, esta película: una cosa encierra la otra, cada nivel esconde una colección caprichosa e infinita de tesoros. Esto se ata con lo otro, el azar tensa cables de acero que nunca podríamos aceptar como verosímiles. No era realismo, era melodrama.

Recién cuando se empiezan a cruzar las explicaciones, cuando las orfandades encuentran refugio, cuando la pantalla deja de obstinarse en mostrarnos máscaras de carne y hueso y nos muestra por fin su verdadero rostro de muñequitos que se mueven apenitas y con buscada artificialidad, ahí donde la escenografía pasa a ser una maqueta gigantesca (y, por alguna razón, conmovedora), es entonces donde Wonderstruck cobra sentido, no porque hubiera ocultado hasta ese momento su verdadera naturaleza, sino porque decide finalmente eliminar lo superfluo y elevarse a las abstracciones que deseaba alcanzar: el dolor, la amistad, la infancia, y el cine como caja de maravillas.

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