El cine como tuerca: una conversación sobre la crítica ideológica

Por Hernán Schell

Bueno, hablemos de la crítica ideológica.

¿De qué?

De la crítica ideológica.

¿A qué te referís con eso?

A ver, es complicado, creo que sería esa clase de crítica con enfoque feminista, marxista…

¡Ahhhh! Sí, entiendo más o menos lo que decís y creo que por ahora conviene llamarla de esa manera. Quizás convenga hablar porque hace unos días atrás se publicó algo que me dio mucha curiosidad. ¿Vos conocés An Introduction to the American Horror Film?

¿El artículo de Robin Wood?

Sí.

Pero eso no es de hace unos días; es de hace como 40 años.

39, para ser más precisos

¿Entonces?

Bueno, pará que voy al hueso del asunto. Este artículo de Wood debe de ser uno de los más conocidos de esto que denominás como crítica ideológica. Fue escrito por un crítico extraordinario y particularmente prestigioso que en la década del 70 decidió abandonar un tipo de crítica más formalista para adentrarse en una crítica más centrada en usar al cine como herramienta para hablar de cuestiones políticas o ideológicas. Entre ellas estaba la rara unión entre marxismo y psicoanálisis para determinar si una película era reaccionaria o progresista. Allí había ideado una suerte de “sistema” por el cual el cine de terror podría dividirse entre aquel que estaba del lado correcto de una ideología y aquel que no, dependiendo la relación que se tenga con lo monstruoso.

¿Era un buen sistema?

La verdad que para mí no, pero ese es un tema del que hablaré en un rato. La cuestión es que en este extenso ensayo, por ejemplo, había declarado La Masacre de Texas como un relato que estaba del lado del progresismo mientras tiraba pestes hacia La Profecía de Richard Donner. No obstante, no es tanto este tema del que quiero hablar, sino otro: su odio visceral hacia el cine de David Cronenberg. Allí determinaba que Cronenberg se ubicaba decididamente del lado de los reaccionarios, basándose en sus primeras películas de terror: Shivers, Rabia y Cromosoma 5. A esta última incluso la catalogaba como una película fuertemente misógina. Y de hecho esgrimía sus razones diciendo que allí la mujer era tildada de monstruo. Así es como en este film una mujer que paría “hijos de la ira” a partir de un trauma generado por los propios abusos de su madre hacia ella, daba  como consecuencia la destrucción de una familia tradicional. Wood no fue el único que habló de esto; más de uno catalogó a Cromosoma 5 como una película machista en su momento. Después de todo, el otro gran “problema” de la generación de lo monstruoso acá no tiene que ver sólo con mujeres agresivas, sino con hombres demasiado débiles y pasivos, que no actúan nunca frente a esto. Casi podría determinarse, si quiero hacer ese ejercicio hermenéutico, como una película que dice que cuando no hay un patriarcado aparece el horror.

Aha, ¿y por qué te acordaste de esto?

Bueno, porque hace unos este artículo fue publicado en Otros Cines, escrito por Maia Debowicz y Sol Santoro, donde definen a Cromosoma 5 más o menos como todo lo contrario: una película acerca del embarazo como algo horroroso, y casi un manifiesto en contra del instinto materno, de ahí que ubican a la película prácticamente desde un lugar feminista. Cito su idea:

Hay dos tensiones interesantes en The Brood: la primera es que el embarazo no es una bendición sino una maldición. La segunda, y la más valiente, reside en que Cronenberg desmitifica la (no tan) inocente idea de la existencia del instinto maternal oponiéndolo a un vínculo peligroso psicológica y físicamente. Una cadena de maternidades nocivas que comienza con la madre de Nola, quien abusó de ella y que continúa como herencia de Nola a su hija Candice.

Es bastante curioso cuando se opone la mirada de Wood a la de Debowicz y Santoro. Para Wood, Cronenberg nos traslada a un mundo en donde las mujeres son retratadas como dementes y agresivas, y muestra el peligro de hacer que su natural agresividad quede potenciada por los trabajos de un científico que busca liberar nuestros instintos. De esta forma, Cromosoma 5 se ubicaría dentro de un film fuertemente reaccionario. Para Debowicz y Santoro, Cronenberg estaría desmitificando el instinto maternal mediante un relato sobrenatural que actuaría como un discurso de lo natural: que los embarazos son (o más bien diría “pueden ser”) maldiciones y la figura del instinto maternal tiene algo de monstruoso.

¿Y quién tiene razón?

No sé qué decirte. Quizás ambos, quizás ninguno.

Ok, empecemos por Debowicz y Santoro.

Me genera un problema. Debowicz y Santoro proponen que Cronenberg está haciendo casi un manifiesto en favor del derecho de la mujer a no tener un instinto materno. Pero la verdad es que Cronenberg pinta tanto a Nola como a la madre de Nola como personajes aislados y claramente anómalos; no tienen por qué ser todos los embarazos, ni todas las mujeres, ni todas las madres. Por otro lado, el gesto heroico final de Nola (en el que le pide a su ex marido que la mate para que sus hijos de la ira no maten a su única hija biológica) es un gesto absolutamente sacrificial en pos de un espíritu materno. Que termine sin solucionar por completo el tema ya es otra cuestión. Por otro lado, Nola parece muy orgullosa de sus hijos de la ira, los lame en una de las escenas más asquerosas de la película como un animal hembra lame a sus hijitos, y no me imagino una escena más clara en supuesto favor de un instinto materno que esa.

Bueno, pero ese instinto maternal se ve como asqueroso, como aberrante.

Sí, pero sigue estando. Si siguiera la lógica de Debowicz y Santoro, debería pensar que ahí hay un discurso tan válido sobre el instinto materno como cuando se muestra supuestamente que el embarazo puede ser una maldición.

Bueno, nos queda Wood…

También se me complica el razonamiento. No sé si una persona necesariamente va a estar en favor de ideas conservadoras cuando ve la película pensando que porque muestre dos mujeres desquiciadas va a decir que todas las mujeres son desquiciadas. En la película, por ejemplo hay un científico que termina haciendo algo monstruoso. Nadie va a estar pensando por eso que Cronenberg está en contra de todos los científicos. Más bien, el juego que hace es el que viene haciendo mucho relato de terror desde que comenzó el género. Tomar algo que nos resulta territorio conocido y acogedor para volverlo algo aberrante, y de esta forma presentárnoslo como algo inestable. Digamos, Cromosoma 5 no es una película que necesariamente diga que nos alegremos de que existan madres maravillosas en oposición a Nola, o que nos hable del peligro de salirse de los roles de lo femenino y masculino; más bien, creo que expone los terrores de que eso que uno considera estable puede caerse en cualquier momento. Así es como Cromosoma 5 es una película donde nada es viable. Los padres de familia no saben proteger, las madres no saben cuidar, un científico racional puede ser un total irresponsable, la ley institucional -capaz de permitir que Nola tenga a su hija sin prever que puede lastimarla físicamente- puede ser más bien dañina, y un jardín de infantes puede volverse espacio para el horror. No sé si hay tanto ahí una toma de posición ideológica y claramente firme, como una descripción de una sensación de inseguridad y miedo expresado en un relato sobrenatural. A veces esas cosas no son tan fáciles de definir, ni es fácil tomar posición al respecto.

Entonces pensás que los dos artículos están equivocados.

Sí, qué sé yo. No sé si es menos una equivocación que una forma de argumentación que se basa en un enfoque con el que no comulgo. Hay en esta clase de notas una necesidad de llevar las cosas a un discurso firme, fácilmente discernible y con una toma de posición clara, que termina haciendo que toda ambigüedad del film se termine diluyendo; y esto termina resultando un discurso que se presta demasiado a la tergiversación. Recuerdo, sin ir más lejos, lo que pasa en el mismísimo An Introduction to the American Horror Film cuando tiene que hablar de Shivers, la primera película de Cronenberg. Allí, por ejemplo, Cronenberg hacía una versión propia de La noche de los muertos vivos, reemplazando los monstruos de Romero por personajes hipersexuados que querían convertir el mundo en una gran orgía. Wood dice, con razón, que Cronenberg hace que cuando vemos eso, sintamos horror de liberar los instintos; pero también es cierto que hacia el final, y en una segunda visión, no estemos tan seguros de que esa liberación de los instintos sea algo tan malo, sobre todo cuando vemos que esos nuevos personajes hipersexuados parecen mucho más felices que en cualquier otro momento de la película. De nuevo, no estoy diciendo que Shivers necesariamente diga que las cosas son buenas o malas, sino que se pone en un lugar intermedio que impide cualquier tipo de bajada de línea sencilla. Siempre me llamó la atención eso, porque Wood era un crítico tremendamente agudo y con un gran sentido de la observación, y me resulta extraño que nunca se le haya escapado. Pero me parece que es una tendencia muy fuerte de este tipo de escritos que, conscientemente o no, simplemente dejan pasar cosas muy básicas por alto.

Bueno, pero es un tema de Wood ese…

No sé si tanto de Wood, pasa en An Introduction to the American Horror Film, pero pasa también de manera pronunciada en el texto de Debowicz y Santoro, de las que, al igual que Wood, no se puede decir que sean torpes a la hora de analizar una película. Cuando llega el momento de hablar de El bebé de Rosemary, ellas concluyen que la película está relacionada con los movimientos feministas de esa época porque Rosemary es mostrada como alguien que nunca decide sobre su cuerpo. Me llama la atención esto, porque Rosemary no es tanto una mujer a la que siempre se la está forzando a ingerir brebajes y a parir algo que no quiere, más bien es alguien a la que le arman un mundo artificial donde brujos satánicos se disfrazan de viejitos amables. Si saben manipularla, es en parte por la capacidad de manipulación de estos vecinos, por una personalidad sumisa de la propia Rosemary (que hace que ni le reclame nada a su pareja cuando esta le dice que prácticamente la violó estando dormida), pero en parte también por un deseo materno que hace que hacia el final esté dispuesta a criar el Anticristo. De hecho, me cuesta imaginar un personaje más “maternal” que Rosemary, quien se la pasa hablándole a su panza como “Andrew o Jenny”, y a la que le basta con sentir el pataleo de su bebe adentro de su panza para que quiera continuar con el embarazo según las reglas extrañas de su nuevo obstetra y los brebajes asquerosos de sus vecinos. De hecho, es raro, porque en esa misma nota se habla de que en El Bebe de Rosemary puede leerse una suerte de comentario vedado de los abusos a los que se ven sometidos las mujeres embarazadas. Ahí se lee por ejemplo:

A Rosemary no le pertenece su embarazo. Tampoco su cuerpo. No para esa gente que la rodea y le tapa la boca con un bollo de tela. “Cállate o te mataremos. Danos la leche”, le escupirá una mujer miembro de la secta, tratándola como vaca y no como ser humano. Como un fantasma que ni siquiera tiene el peso de presencia. La vida del embrión por encima de la vida de la madre, quien acá, como hoy para tantos senadores que están en contra de la despenalización del aborto, solo es una incubadora con piernas que no tiene derecho a decidir.

Y es curiosa la comparación, porque en la película esos personajes que maltratan a Rosemary son brujos de una secta satánica que de pronto la nota lee como una suerte de metáfora de un comportamiento abusivo contra la mujer. Y entonces se produce una argumentación extraña que la hermana con la lógica de la nota de Wood. Para que Wood tenga que declarar a Cromosoma 5 misógina, tiene que declarar a Nola y a su madre no como personajes dementes y perturbados sino como el símbolo de todas las mujeres, y para que Debowicz y Santoro puedan volver a El Bebé de Rosemary un film sobre los abusos médicos e injusticias legales contra la mujer, tienen que transformar a brujos satanistas, de condición absolutamente sectaria y marginal, en metáforas de un comportamiento social corriente.

O sea, decís que había algo así como “una metaforización excesiva”.

Sí, es un  término posible, y es algo que me suele hacer ruido. Suponemos que tal personaje representa tal cosa, y como representa tal cosa, la película estará hablando de eso. Recuerdo por ejemplo una crítica feminista de King Kong donde decía que “monstruo” era una metáfora del hombre de raza negra, y que, por ende, la película mostraba de manera racista el horror que la mujer protagonista sentía frente a la posibilidad de que un negro-representado por King Kong- la iba a querer penetrar. Yo estaría más dispuesto a decir que estaba aterrada porque King Kong era un monstruo de 14 metros.  Pero creo que también hay otros abusos con respecto a esta clase de lecturas, y es el abuso del contexto. O sea, todo lo que vemos tiene que ver sí o sí con movimientos, con respuestas a hechos, no con expresiones individuales. En el propio artículo de Debowicz y Santoro sucede eso cuando dicen, refiriéndose a Polanski, Cronenberg y Larry Cohen, que sus películas de terror pueden explicarse a partir del hecho de que fueron criados en los “ultraconservadores, represivos y ultraviolentos años 50, década que aunque algunos intenten maquillar con canciones pegadizas saliendo de rockolas, jopos brillantes y autos cromados, fue de las más oscuras en la historia de los Estados Unidos”. Es un razonamiento que quizás puedas aplicar a Cohen, pero difícilmente puedas aplicar a Cronenberg (quien se crío en el contexto de una familia canadiense atea) y muchísimo menos,Polanski (quien tuvo una parte de su crianza en la década del 40 en Polonia huyendo de los nazis).  Pero calculo que este tipo de tergiversaciones es común en esta clase de notas. No sé si son inevitables, pero las veo más posibles.

¿Por qué?

No estoy seguro, pero sospecho que eso pasa porque tenés que encajar una película en un sistema de pensamiento o en una idea claramente discernible, y muchas veces eso no se puede hacer, porque en general las películas que son fácilmente discernibles en cuanto a su forma de pensar son muy poco interesantes como para dedicarles una crítica, y las películas interesantes, como pueden ser las de Cronenberg o las mejores de Polanski, tienen discursos más bien ambiguos, difícilmente asimilables a una sola idea o ideología en favor o en contra de algo.

Moraleja: hay que abandonar la crítica ideológica.

No, no estoy diciendo eso. Yo en estos casos no puedo dejar de pensar en el libro From Reverence to Rape de Molly Haskell, una lectura feminista del cine, que se vuelve de una lucidez sorprendente cuando toma por ejemplo los modelos de mujer durante el periodo clásico. Haskell ve allí una constante por la cual en este cine, la mayor parte de las veces, los hombres pueden darse el lujo de terminar solos, pero las mujeres siempre terminan o con un tipo o pensando en el tipo, incluso mujeres que empiezan siendo independientes y aguerridas. Es una observación brillante, que abre una cantidad importante de interrogantes respecto de la representación femenina en el cine. Y creo que es una forma interesante de, como diría Godard, meter el mundo adentro del cine y el cine adentro del mundo, donde ambas cosas, -el cine y el mundo- son espacios sutiles y a descifrar. Mi problema con los textos que nombré al principio es que se sigue metiendo el cine adentro del mundo y el mundo adentro del cine, pero allí tanto el mundo como el cine parecen lugares más limitados, más reducidos a una idea panfletaria y simplificadora. Pero creo que también es parte de una diferencia que hago entre lo que podría denominarse como una crítica ideológica y una crítica de urgencia ideológica.

¿Cómo sería eso?

La crítica ideológica puede denominarse un intento por tomar una idea que vos tenés del mundo y verla reflejada en una película ya sea por lo que esta dice en favor de tu ideología o en contra de ella. En el mejor de los casos, en esos momentos hay una idea de conjunción que se da en esos textos que es particularmente hermosa, donde ves que la película que se describe no está siendo tergiversada en ningún momento,  y la idea que maneja de la sexualidad, la política o lo que sea, coincide perfectamente. Son notas en donde uno ve además que el propio crítico reafirma o a veces cambia su propia posición ideológica según las películas que está viendo y las conclusiones que saca de ellas. Pero hay otras que están dadas por la urgencia ideológica, donde notás la necesidad de estar usando una película como herramienta para reafirmar una idea preexistente. En general, son textos donde se nota mucho cierto carácter militante, de afirmación de pertenencia a un grupo o a una idea. Y donde se sacrifica el verosímil de lo que se está analizando para privilegiar la expresión de un estado de indignación frente a una situación del mundo. Se leen todo el tiempo, en varios comentarios de cine de la sección Soy de Página 12, también en varios videos de ese canal de Youtube llamado Pop Culture Detective, donde una persona se dedica a investigar contenidos supuestamente misóginos o reaccionarios de productos populares. Son tan curiosos y frecuentes que no estoy seguro hasta qué punto a esta altura no son una disciplina de la crítica en sí misma. A veces incluso están muy signadas por la coyuntura del momento, como en el propio artículo de Debowicz y Santoro, escrito en plena discusión acerca del aborto legal.

Bueno, pero entonces, ¿por qué no aceptamos que en estos casos el cine puede volverse una herramienta conveniente, casi un acto de empezar a hablar de un tema urgente a partir de una ficción?

No sé qué decirte. Quizás tenga una concepción algo añejada de las cosas, pero en mi caso, hay cuestiones que me molestan de esta clase de abordajes. Sospecho que se me viene encima el fantasma de Oscar Wilde y de sus concepciones sobre el arte (no por nada, algunas expuestas mediante un diálogo ficticio, de ahí que esta nota venga en este formato de autoentrevista), de su idea de que, en el fondo, el arte es una cosa completamente inútil. Es una concepción sacada de contexto, que ha provocado malentendidos. Cuando Wilde dice esto, no nos dice que el arte no tenga ninguna relación necesaria con el mundo, pero sí que no tiene una utilidad en un sentido práctico, y que no sirve para volverla un medio para llegar a un fin determinado. Hay una concepción en su idea de un arte que puede afectar constantemente nuestra vida diaria, pero no tiene un un objetivo fijo y aplicable como el que podría tener una tuerca. Estas críticas de urgencia ideológica, algunas más o menos logradas, me generan el rechazo de estar leyendo una nota que reduce una película a una herramienta para reafirmar una ideología, y creo que esa transformación es lo que termina alejándome de ese espacio. Quizás no sea tan grave; después de todo, esa crítica puede vivir sin mí, y yo puedo vivir sin ella, aún cuando se me haya vuelto una rara adicción leerla.

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