Black Mirror – Temporada 4
Reino Unido, 2017, seis episodios de 60′ aprox
Creada por Charlie Brooker
Con Jesse Plemons, Cristin Milioti, Jimmi Simpson, Michaela Coel, Rosemarie Dewitt, Brenna Harding, Owen Teague, Angela Vint, Andrea Riseborough, Andrew Gower, Kiran Sonia Sawar, Anthony Welsh, Georgina Campbell, Joe Cole, Gina Bramhill, George Blagden, Maxine Peake, Jake Davies, Clint Dyer, Douglas Hodge, Letitia Wright, Daniel Lapaine, Aldis Hodge

El factor humano

Por Federico Karstulovich

La cuarta temporada de esta serie de capítulos unitarios (en inglés el término es Anthology) es y no es una continuación adecuada de las temporadas que la precedieron (llegamos tarde a reseñarla porque resultaba necesario volver a las temporadas anteriores, algo que requiere tiempo si uno no estaba familiarizado con la serie desde hace más de un lustro y medio). Lo es desde un aspecto que refiere al branding de la serie, que no es otra cosa que la obsesión por el carácter destructivo de las tecnologías que nos rodean (lo que convierte a la serie, en mayor o menor medida, a lo largo de sus distintas temporadas, en un exponente de eso que bien podríamos llamar “progresismo reaccionario” y en cuyo centro reside un oxímoron: todo proceso de desarrollo humano es un proceso de destrucción), pero no lo es desde el costado humanista, precisamente porque si algo caracterizaba a la serie en sus temporadas anteriores es que, si bien la tecnología puede estar plagada de horrores, lo que siempre importará es lo que hagamos con ella. Es decir, al deprecio contra la técnica aplicada, siempre contrapesaba el factor humano. En este caso, en la cuarta temporada, salvando alguna que otra excepción, como es el caso del capítulo más empático de la serie, Hang the DJ, el resto tiende a caer en un desprecio del que no parece haber retorno. Eso quiere decir que, entregada a la misantropía fácil, BM parece haber optado por un posicionamiento pesimista, pero también distante, casi de entomólogo con sus propios personajes.



USS Callister se plantea un punto de partida que, si bien podría haber funcionado de buenas a primeras, termina repitiendo una suerte de leit-motiv ético de esta serie en algunos capítulos a lo largo de las temporadas: el juego con la identificación, haciéndonos empatizar o tomar partido por un personaje para luego, como dijimos antes, tecnología de por medio como motorizados, terminar odiándolo. En este sentido opera como si se tratara de la versión deshumanizada de La dimensión desconocida, que sin dudas es el gran referente de la televisión a la hora de pensar en el formato de capítulos unitarios de tono fantástico y de ciencia ficción. Y es que justamente si algo sucedía en la serie de Rod Serling era que la vuelta de tuerca final no nos dejaba a los espectadores en el rol de imbéciles por empatizar con una basura de persona, sino que nos permitía pensar de qué se trataba eso de empatizar con alguien y qué relación tenía con nuestra percepción del mundo. Pero nada más distinto que lo que sucede aquí, en donde la empatía se convierte en un bien escaso y preciado y, en el mejor de los casos, el juego es a ver con quién la perdemos más rápido. En el medio de eso, si nos olvidamos de esta clase de canalladas, el capítulo hace una suerte de juego-homenaje-sátira con el mundo trekkie, hecho que hasta cierto punto funciona muy bien, y a partir de la resolución tiende a convertirse en una cadena de arbitrariedades y, como dije antes, crueldades innecesarias. Así y todo, es uno de los capítulos más veloces de la temporada.

Hang the DJ es, sin lugar a dudas, el capítulo más humanista. Lo extraño es que a primera vista parece el más frío en su superficie, el más distante en sus decisiones de forma, el más calculado en su dispositivo narrativo. Pero no hay que dejarse engañar: detrás de esa primera capa hay, en el fondo, un corazón grande que espera ni más ni menos que la posibilidad de creer en el encuentro y el entendimiento humano entre personas en un futuro hiperacelerado de realidades virtuales y apps de citas. Lo más interesante de este capítulo radica, precisamente, en la capacidad que tiene de hacernos creer que el punto pasa por la resistencia humana a los algoritmos de un programa que establece las citas ideales a partir de la compatibilidad entre personas por sus gustos e historia personal. Pero ahí donde la tecnología podría ser, otra vez, receptáculo de nuestros odios es en donde el capítulo propone media vuelta de tuerca, para demostrar que siempre, siempre son las personas quienes deben elegir y hacer un uso adecuado de esa tecnología. Ahí, en ese final (sobre el cual no voy a hablar, pero que sin dudas es luminoso), es en donde la serie se permite respirar y verdaderamente pensar las diferencias entre pesimismo humanista y cinismo reaccionario.

Arkangel es otro de los puntos que mejor funciona. Precisamente porque el juego de empatía traicionada que propone la serie tiene menos que ver con la capacidad o no del guionista para hacernos sufrir o manipularnos que una estricta derivación de la lógica de los personajes. En este caso, una madre obsesionada con “la seguridad” de su hija, al punto tal de meterse en su cerebro, manipular sus experiencias y emociones con un chip manejado a distancia desde un dispositivo con el que pueda regular y limitar la vida. Si bien el final termina cayendo en algunos de los lugares comunes del desprecio que nos generan muchos de estos personajes de la serie, el mismo no se deriva de arbitrariedades. En el personaje de esta madre que por celar obsesivamente se le vuelve su intervención en contra hay un arco dramático posible. Y en tanto es posible, no hay ni manipulación ni desprecio hacia el espectador, sino la exposición de un verosímil. Y si bien el final no deja de tener algo de aleccionador, que en alguna medida exagera las convenciones de lo que venía presentando, el castigo propinado no es producto del sadismo, sino de los límites de la ética.

Metalhead es el capítulo más anómalo de la temporada, porque cambia el punto de entrada, porque apela más a las acciones físicas que a los comportamientos y las situaciones dadas entre personajes. Esto lo convierte más que nada en una breve ficción distópica futurista que, si bien se disfruta por su velocidad y por su premisa de base (un grupo de personajes decide buscar algo -que se revelará hacia el final- en un lugar peligroso, lo que activará una persecución sin fin entre un perro robótico invencible y sus perseguidos), termina cayendo en el golpe bajo final, revelado en el último plano, que convierte a toda  la historia que vimos en una empresa ridícula y sin justificativo alguno, más que el de ver morir a personajes entregados a un riesgo innecesario. Nuevamente, la tensión entre la capacidad narrativa y la ética. Gana la primera.

Crocodile nos vuelve al terreno del primer capítulo de la temporada y retoma el tándem empatía-desprecio. Desde ese punto de partida es, sin dudas, el capítulo más previsible de todos, porque en su premisa reside todo lo que vendrá. Y la historia de esa mujer, que fue partícipe indirecta y cómplice de un crimen en el pasado, pero que debe evitar que algo de esto se revele en su presente exitoso, se vuelve esperable, ridícula en su inverosímil de asesinatos encadenados (si el código hubiera sido el de una comedia negra, estaríamos hablando de otra cosa, pero no, es bien solemne). Detrás de una trama depalmiana lo-fi (se la ha comparado con Antonioni, pero creo que el juego de pistas es más depalmiano, precisamente por su lógica juguetona y escurridiza a la hora de desarmar un policial) se esconde el viejo truco de “ah, no te la esperabas”. Y volvemos a caer en el juego del desprecio fácil, incluso con algunas decisiones casi teatrales a la hora de hacer interactuar a sus personajes y exponer sus motivaciones.

Black Museum se lleva el premio por el mayor nivel de sadismo. Y si bien formalmente no deja de darnos pistas de hacia dónde irá el asunto, en el fondo es un compendio de lo peor de la serie: una premisa que parece ir hacia cierto lado, pero que se da vuelta arbitrariamente hacia un límite de una moral difusa, que para colmo la serie parece avalar. Y lo que inicialmente parecía ser un acto de reflexividad sobre la misma serie y sobre el acto mismo de ejecutar una venganza (el capítulo narra tres historias en su interior, vinculadas por un personaje que las presenta y narra a un tercero que visita un museo de tecnología en el medio de la nada) termina siendo una celebración del sadismo y de la ejecución sumaria de la justicia por mano propia. Como dije antes, esto ni siquiera emerge de los personajes, sino de una decisión de máxima.

Al terminar con la serie, recordaba algunas de las críticas que había recibido Damián Szifrón a la hora del estreno de Relatos salvajes, que había sido acusada de misantropía y desprecio por sus personajes. Por el contrario, creo que en esa película Szifrón había logrado hacer lo que el creador de Black Mirror no logra en esta temporada y en algunas de las anteriores, que oportunamente reseñaremos: construir un mundo de mierda, sí, en el que la gente es una mierda, pero en el que también puede haber una ética que nos permita tomar distancia y entender el rechazo que pueden provocar algunas de las acciones que ejercemos sobre los demás. En ese movimiento reflexivo hay humanidad aunque haya pesimismo. Lo que le falta a la mayor parte de esta temporada de BM es justamente eso, el factor humano. Y sin eso, la crítica no es más que un cotorreo indignado en una noche de poker e indignación anti neoliberal en una reunión progre.

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