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Tiempo de lectura: 3 minutosFalcon y el Soldado del Invierno

Por Rodrigo Martín Seijas

The Falcon and the Winter Soldier
EE.UU., 2021, 6 episodios de 60′
Creada por Malcolm Spellman, Derek Kolstad, Michael Kastelein, Dalan Musson.
Con Anthony Mackie, Sebastian Stan, Emily Vancamp, Daniel Brühl, Desmond Chiam, John Gettier, Miki Ishikawa, Erin Kellyman, Adepero Oduye, Wyatt Russell, Shane Berengue, Neal Kodinsky, Eric Anthony, David Bowles, Brandt Cook, Veronica Falcón, Carl Lumbly, Sinead Phelps, Frank Sorick, Georges St-Pierre, Alexandra McGuire, Angel Nair, Don Cheadle, Dani Deetté, Christopher Cocke, Danny Ramirez, Julia Louis-Dreyfus, Indya Bussey, Renes Rivera, Tyler Dean Flores, Clé Bennett, Noah Mills, Florence Kasumba, Amy Aquino

Deberes, legados

Mirando el Universo Cinemático de Marvel en su conjunto y haciendo foco en Steve Rogers/Capitán América, se puede apreciar que los dilemas que siempre aquejaron al líder de los Vengadores estuvieron vinculados a la cuestión del deber que traían no solo sus poderes, sino también su liderazgo. No se trataba del deber en el sentido de “tengo que realizar determinada labor”, sino de sus implicancias éticas y morales, los costos de cada decisión y cómo hacerse cargo en la medida de lo posible. Pero también, como ese deber se transformaba en un horizonte a seguir, incluso cuando las instituciones políticas o sociales iban en sentido contrario. La salida de Rogers (y por ende de Chris Evans, que se apropió del papel de forma notable) introduce el gran conflicto de fondo de Falcon y el Soldado del Invierno: cómo Sam Wilson y Bucky Barnes deben hacerse cargo del legado y tomar la posta de ese líder y amigo que ya no está.

Los seis episodios de la serie creada por Malcom Spellman alternan entre lo particular y lo general, entre problemáticas específicas, incluso íntimas de los protagonistas y un contexto socio-político desafiante, en el que ambas vertientes tienden a fusionarse y confundirse entre sí. Por un lado, mientras Sam trata de ayudar a su hermana a sostener su negocio, buscando de paso recomponer el vínculo afectivo entre ambos; Bucky intenta reconciliarse con su pasado, repleto de terribles homicidios por encargo. Por otro, el surgimiento de un movimiento de expatriados llamado The Flag Smashers, cuyos líderes se han inyectado con el súper suero que creó al Capitán América, realizando toda clase de acciones desestabilizadoras, que ponen en evidencia que ya nada puede ser como antes del final de Avengers: Endgame. En el medio, la vacancia del escudo del Capitán América, que es rechazado en primera instancia por Sam, es ocupada por otro soldado, John Walker; y tanto Sharon Carter como el Barón Zemo resurgen, pero jugando roles que antes no tenían, transitando los bordes entre marginalidad y legalidad. Todo esto con el telón de fondo de las viejas y nuevas formas de exclusión y racismo, con el faro moral que se supone que es Estados Unidos puesto en crisis.

Son indudablemente muchas cosas las que se propone contar Falcon y el Soldado del Invierno, y el gran mérito de la serie hacerlo de tal forma que continúa de forma consistente la senda estética de las películas de Capitán América, aunque adaptándola al formato episódico. En esa coherencia, se evidencia también una de las claves que sostienen al universo de Marvel: ese mundo compartido entre una multitud de personajes da lugar a múltiples géneros, tópicos y tonalidades, como un molde que se adapta a cualquier forma. Eso sí, Falcon y el Soldado del Invierno comparte un importante defecto -o por lo menos dificultad- con la otra serie estrenada de Marvel estrenada en Disney Plus, que es WandaVision: el planteo de los conflictos no está a la altura de las resoluciones. Eso conduce a un relato con varios puntos altos, pero también a instancias definitivamente flojas y hasta decepcionantes.La apuesta estética y narrativa de Falcon y el Soldado del Invierno va por el lado del thriller político, con una importante dosis de misterio, un juego de máscaras, de identidades difusas y debates ideológicos, que en distintos pasajes nos recuerda a la estructura de Homeland. Y al igual que esa serie, resuelve mejor sus conflictos cuando los incorpora a la acción y el movimiento, trabajándolos a partir del poder de la imagen y el montaje: un ejemplo cabal es el plano final del cuarto capítulo, The whole world is watching, con Walker sosteniendo el escudo del Capitán América manchado de sangre luego de asesinar a un enemigo a sangre fría. Por el contrario, cuando se deja llevar por los discursos altisonantes, en vez de sumar, resta: eso se puede apreciar de manera muy patente en casi todo el transcurso del último episodio, One world, one people, con tramos donde todo es estático y remarcado. Pero lo peor, es que esa voluntad de bajar línea y delinear una agenda progresista le hace perder de vista a la serie lo más importante, que son sus personajes: héroes, villanos, víctimas y victimarios quedan difusos en sus motivaciones, como meras piezas de un discurso ideológico. Y si la ambigüedad e incomodidad amagaba con ser el factor dominante, termina siendo reemplazada por un simplismo que diluye la conflictividad sobre el presente en el que se mueven Sam y Bucky. Ese presente marcado por un pasado repleto de legados difíciles de igualar y de obligaciones ineludibles. No solo para estos héroes, sino también para Marvel en su conjunto.

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