The Outsider 
EE.UU., 2020, 10 episodios de 55′
Creada por Richard Price
Con Ben Mendelsohn,  Cynthia Erivo,  Jason Bateman,  Bill Camp,  Mare Winningham, Paddy Considine,  Julianne Nicholson,  Yul Vazquez,  Jeremy Bobb,  Marc Menchaca, Frank Deal,  Dayna Beilenson,  Hettienne Park,  Michael Esper,  Claire Bronson, Michael H. Cole,  Marc Fajardo,  Margo Moorer,  Scarlett Blum,  Sir Brodie, Mike Whaley,  Steve Witting,  Oscar Torres,  Athena Akers,  Guilherme Apollonio, Quinn Bozza,  Matthew Carter,  Derek Cecil,  Regina Ting Chen,  Dani Deetté, Mike Dunston,  José Alfredo Fernandez,  Philip Fornah,  Andrea Frankle, Susan Gallagher,  Jason Graham,  Prince Hammond,  Rajeev Jacob,  DJames Jones, Shannon Mayers,  William Mark McCullough,  Tyler Merritt,  Frances Mitchell, Jaxon Rose Moore,  Jennifer Christa Palmer,  Jennifer Patino,  Mason Pike,  Swift Rice, Derek Russo,  John Gettier,  Summer Fontana

Sotto voce

Por Federico Karstulovich

Si la primer tanda de capítulos despuntaba una serie realista, mas cercana al tono de True Detective que a cualquiera de las cosas que Richard Pryce había hecho previamente, a partir del tercio central (que va de los episodios 4 al 6), buena parte de ese verosímil, en tensión entre el mundo de King y el mundo del guionista, se vuelve casi insostenible, en parte por la manera en la que el mundo representado está encarado. Y es que si algo definía a las primeras salidas de The Outsider eso era su condición de serie envuelta en dos mundos, El del realismo sucio pero también el del fantástico, que como hemos dicho una y mil veces, precisa de ambigüedades, de ambivalencia. Esa condición convertía a aquello que veíamos en una narrativa que en ningún momento traicionaba la cosmovision de los mundos que mostraba: por un lado la sordidez realista de las interpretaciones que nos acercaban al abuso infantil y a la pedofilia. Pero por otro, los componentes necesarios de un sistema de intrigas propias del fantástico mas aterrado. Esa indistinción, esa sensación de pertenencia a dos perspectivas inseparables convertían a los primeros capítulos en un camino posible a seguir y a tener en cuenta, algo que los alejaba (como mencionábamos en la primer nota sobre esta serie, que pueden leer en este link) de la serie-que-quiere-contentar-a-todos para jugarse por un tono sombrío, que poco a poco avanzaba hacia un terreno mas definidamente sobrenatural. Bueno, ese momento llegó. Pero no lo hizo a los gritos. Y es que en alguna medida si algo se le puede agradecer a esta serie es su manifiesta necesidad de no alzar la voz, de no enfatizar ni jugarse plenamente por el tono elegido, como si todo lo que decide narrar estuviera asordinado.

Hay que buscar, por tanto, en ese componente, el del código lo-fi a los logros de esta serie. Y quizás el mayor representante de ello sea su protagonista, Ben Mendelshonn, quien progresivamente va cediendo su lugar a la investigadora paranormal que encarna Cynthia Erivo, que también, con un tono lo suficientemente sombrío, logra construir la idea de una tragedia humana pero sobrenatural a la vez. Ahora bien, ese es el segundo gran problema: el abandono del fantástico por lo sobrenatural. No es un hecho menor: mientras el primero es un código que invariablemente no define un patrón de lectura de los acontecimientos que narra -sino que nos sitúa en el filo-, el código de lo sobrenatural asume una racionalidad invertida, que no es otra cosa que encontrar una explicación racional por vías irracionales. O una explicación irracional por vías racionales. Esa paradoja, contraria a interpelar al espectador a una mayor participación y generación de hipótesis (para entender el enigma que enfrenta), es generadora de la exacta inversión: espectadores que organizan una operación racionalizadora con las herramientas irracionales. El resultado tiene algo del juego de todo policial clásico con su whodunit. En el medio, como rehén, el sentido común del espectador convertido en un apostador de hipótesis. Holmes-Poirot pero con Lovecraft. Es culpa de King y sus metáforas? Es altamente probable. Lo cierto es que los últimos cinco capítulos nos llevan de retorno al policial mas clásico pero aunque nos quieran vender liebre, es gato.

El problema de la segunda mitad de The outsider radica, precisamente, en que la suspensión de la inverosimilitud funciona a la par del realismo sobrenatural, como si la serie decidiera no cargarse de excesos, como si la opción de fondo fuera en cierta medida un acto de negación de lo sobrenatural mediante su aceptación sin resistencia. Y es que si bien hay personajes a quienes les resulta intolerable que el caso en cuestión se derive hacia terrenos radicalmente fuera de las convenciones del policial, en el fondo la serie no nos pone entre esos dos focos de tensión, sino que ya ha decidido por nosotros. De esa forma, toda posible tentativa de incomodidad entre una derivación realista y una imposible se difumina en dirección de las acciones irracionales para resolver la presencia de un monstruo. Es esto malo necesariamente? No. Pero tampoco pareciera hacerle bien a una serie que ya de por si había elegido un tono que se llevaba mucho mejor con la presencia de lo fantástico antes que con la presencia de las justificativas sobrenaturales (nota al pie: para el público latinoamericano es risible la presencia del «coco», que a los oídos de la cultura anglosajona puede resultar extraño y exótico, pero que a nosotros como latinos nos resulta más bien ridículo).

Al finalizar, atravesada por un innegable cliffhanger, el más avisado que recuerde haber visto, sentimos que la serie pudo haber sido otra cosa. Pero no una de esas cosas que inventamos los críticos porque no nos cae demasiado bien la elección tomada y creamos un hombre de paja ad hoc para que lo que no pudo ser se adapte a nuestros sueños. No. En el caso de The Outsider la serie propuso vías posibles, pero optó por la más conservadora, que no es otra cosa que la variante de un policial decimonónico. Contra ese pensamiento luchaba Lovecraft, defendiendo en lo sobrenatural no un código explicable por otros medios sino la presencia de lo inexplicable conviviendo con nuestras costumbre cotidianas. No siempre se puede ser contemporáneo.

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