Estimados amigos:

Como muchos de Uds lo saben, pero otros no, les queremos contar por acá que comenzaron las actividades de nuestro cineclub. Pero al mismo tiempo es importante aclarar: no es un simple cine club en el que proyectamos películas que amamos, sino que nos propusimos hacer algo distinto. Gracias a la convocatoria del Centro Cultural San Martín, que ha dispuesto una serie de ejes temáticos por bimestre a lo largo del año, Perro Blanco ha programado 12 meses con 4 películas por cada mes en cuestión.

La experiencia consiste en venir a las salas del Centro Cultural San Martín (previa inscripción en el siguiente link (cliquear aquí), mirar una película juntos. Por eso decidimos llamar a ese espacio Comunidad de espectadores: Felices juntos. En paralelo, durante la proyección, los coordinadores (todos integrantes de Perro Blanco) irán haciendo comentarios de manera aislada a lo largo del tiempo de proyección de la película. Al terminar, contaremos con un espacio de tiempo para hablar y pensar sobre lo que acabamos de ver, siempre en torno al eje temático que nos proponga el mes.

La cuarta película que vimos y trabajamos fue esa obra maestra llamada Silencio se enreda, obra maestra de Peter Bogdanovich, de 1992.  Sobre ella y varias de sus milagros a la hora de pensar el espacio escénico y su relación con el clasicismo hablamos el martes 26/2, concentrándonos nuevamente en el espacio, eje temático del mes. 

Un director que de algún modo se ha dedicado a velar por el cine clásico. Eso quiere decir que el cine clásico, ese territorio fantasma, acaso esa entelequia, ya no se encuentra entre nosotros. Existe el clasicismo, que es el repertorio de gestos que nos lo recuerdan, traen algo de su resplandor al presente, como la luz de una estrella extinta que aun alcanza a iluminar nuestras horas. Para decirlo en pocas palabras: Peter Bogdanovich es un director moderno; es moderna su actitud de ver el cine como una historia cuyos meandros son a esta altura observables, analizables; son objeto de pensamiento, veneración y desafío. Quizá incluso de impugnación. 

Si Voltaire podía ser pensado tal vez como “el último escritor feliz”, en el sentido en que podía escribir sin necesidad de mirarse escribiendo, y podía también sustraerse a las maniobras a las que se vieron impelidos incluso sus sucesores más diestros, esto es, esos movimientos destinados a hacerse un lugar en la historia de una literatura ya dada, desarrollada y estudiada, Bogdanovich ya no puede encarnar esa inconsciencia más o menos dichosa del que hace sin molestarse en mirarse hacer –esa despreocupación edénica de los pioneros -, sin ver cómo encaja eso que hace en la historia del cine y de qué modo se relaciona con ella. 

Si la década de la desesperanza se anticipa a fines de los sesenta en Targets, con el dilema de una violencia casi irrepresentable en pantalla a causa del peso de una violencia ambiente, real, que repta fuera de ella, La última película destila quizá de modo inmejorable el sentimiento de pérdida de lazos comunitarios, obsolescencia obligada del cine como territorio de saberes, sentidos y deseos comunes, y el desembarco de cuotas de un desencanto y estupefacción ante una declinación inasible aunque irreparable. 

En ese escenario, con vueltas cada tanto, como irrupciones conscientes de ese resplandor pasado, el director se despacha con explosiones melancólicas que aluden a él. Silencio se enreda (que fue el nombre con el que se conoció a la original Noisses off ) retoma una plantilla de modales y vocabulario en apariencia perimidos para, de modo paradójico, dotar de vida el presente del cine de esos primeros años noventas en los que se filmó. La película redescubre con particular lucidez un lenguaje para ver cómo funciona en el cine contemporáneo, qué dice, de qué manera el clasicismo –aquello que no es lo clásico pero que alude a él – puede doblar la velocidad del cine actual, puede observar con precisión el cine clásico y apelar a algunos de sus mecanismos más obstinados para contaminar con ferocidad las imágenes del presente. 

La película es capaz de funcionar como un homenaje formidable al mundo del espectáculo, especialmente a los actores –hay que verlo a Christopher Reeves con los pantalones en los tobillos subir una larga escalera a los saltos, o a John Ritter caer dando vueltas estrepitosamente por esa misma escalera -, pero también se comporta con la altivez de un animal extraño, que observa el espacio y lo expone como tema: dos espacios que se superponen, los “planos de proscenio” de Laurence Olivier desafiados por la interrupción del director de los ensayos de una obra teatral cuya fisonomía se transforma en el camino; el “off” como bien intercambiable, que pasa desde detrás de bambalinas al propio escenario, como los objetos –botellas, flores, dinero, carteras, platos de sardinas – que cambian de mano y siembran un caos feliz e inconcebible que discurre como en una página de Buster Keaton para recordarnos el sentido oculto del mundo. En un momento, como si se tratara de una iluminación, vemos que el absurdo rige lo que nos rodea; que el vaudeville sospechoso que los personajes representan en la película se ha trasladado detrás de escena, que en realidad Silencio se enreda no es una película sobre el teatro y su espacio sino sobre los modos de representación, la velocidad, la supremacía del “cómo” sobre el “qué”. La naturaleza autoral como la forma en la que un tema cualquiera alcanza una distinción definitiva por el tratamiento formal que recibe. Silencio se enreda es un disparate radiante que luce hoy como una anomalía e ilustra las extendidas desdichas de un cine popular flaco de memoria y con mínima conciencia de sus carencias.   

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