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Tiempo de lectura: 5 minutosDe repente, el paraiso

Marcos Rodríguez

De repente, el paraíso (It Must Be Heaven)
Francia-Palestina-Qatar-Alemania-Canadá-Turquía, 2019, 97′
Dirigida por Elia Suleiman.
Con Elia Suleiman, Vincent Maraval, Tarik Kopty, Grégoire Colin y Gael García Bernal.

Poros

Por Marcos Rodriguez

Elia Suleiman es un director enorme que, además, filma muy poco (su último largometraje es de hace 10 años). En su caso, además, no se trata de una diferencia de grado (la barrera que separa al artesano más o menos esforzado del genio): Suleiman es un genio pero además es un genio único por la simple razón de que nadie más hace lo que hace Suleiman. Si al casi milagro de que don Suleiman se digne a sacar una nueva película, se suma el hecho de que esta película se estrene en salas comerciales en Argentina, no queda mucho por decir: hay que ir al cine, hay que ver De repente, el paraíso. Todo lo demás que se diga, sobra.

Dicho esto, tengo que confesar (casi con vergüenza) que esta tal vez no sea la película que prefiero de Suleiman. Es probable, por otro lado, que casi ninguna otra cosa pueda preferir a The Time That Remains, su película anterior.

Es la veleidad de la cinefilia: después de una epifanía tan grande, que cae como un rayo desde el Elíseo del cine para partirte la cabeza, uno puede darse el lujo, a la película siguiente, de mirar una belleza tan grande como De repente, el paraíso y decir: “meh”. No es justo y es una postura que no podría defenderse, pero no deja de ser la verdad. Hoy en día uno puede volver a ver cuando quiera y cuantas veces quiera La Gran Obra y, enfrentado a la realidad del cine que no está necesariamente más allá de todo (o a la altura de La Gran Obra), puede quedarse con un poco de gusto a poco. Las cabezas no pueden estallar todos los días y no es justo exigir que cada película nos lleve a esos límites explosivos. O tal vez sea lo único realmente justo.

Como fuera, no pude dejar de pensar, mientras miraba la última película de Suleiman, que algo de todo esto ya lo había visto antes, que el recurso se repite pero, sobre todo (peor que todo), que al recurso le falta corazón.

La repetición, por otro lado, no es pecado que me horrorice, pero sí me pasó algo curioso justamente con lo que ofrece De repente, el paraíso de nuevo: Elia Suleiman fuera de Palestina. Ojo, ya había salido a pasear en el fragmento que dirigió para Siete días en La Havana (una gloria), pero acá hay algo diferente. A Suleiman fuera de Palestina lo noté lavado, enjuagado, quejoso. No puedo explicarlo fácilmente; podría decir, para recurrir a la letanía de la cinefilia, que en los fragmentos parisino y neoyorquino de De repente, el paraíso Suleiman cae en el pecado de la perorata: se dedica a opinar de afuera, a pasar comentario de señora que repite titulares. La secuencia de las armas en Estados Unidos, por ejemplo, no solo es un poco floja, sino que además es sentenciosa, pontifica el lugar común, viene a explicarles a todos no solo lo que hacen mal, sino lo clara que la tiene él. Lo mismo en París, con el productor que le exige que sus películas palestinas sean más “palestinas”, o en la secuencia cuasi bochornosa en la que Gael García Bernal explica por teléfono que a los yanquis les gusta hacer películas en las que los personajes hablen siempre en inglés, sin importar dónde esté ambientada la acción (por lo demás, objeto de burla absurdo: ¿por qué habría Hollywood de preocuparse por la autenticidad lingüística de un producto que quedaría marginado en su propio mercado? Claro, porque en Hollywood no son tan esclarecidos como nosotros, los intelectuales globales que te miramos cualquier cosa filmada en cualquier lado y, sobre todo, con refinados grados de autenticidad).

La realidad, por otro lado, es que Suleiman siempre se dedicó a pasar factura, sin ambages o ambigüedad. Y acá lo vuelve a hacer. Le dedica su película a Palestina, por ejemplo. Creo que la diferencia entre esa militancia cinematográfica de Suleiman y sus pasadas de factura globales radica en otra cosa. Suleiman critica, analiza, sentencia constantemente sobre la situación de Palestina, pero lo hace desde adentro: no porque vive (o vivió) ahí y conoce, sino porque a esa situación le pone todo el cuerpo y todo el afecto. El absurdo de lo que ve (y denuncia) le duele directamente, incluso si su expresión facial keatonesca no lo demuestra. Lo importante ahí no es la clarividencia con la que plantea una situación geopolítica a través del cine, sino el afecto del que nace el dolor, y que viene del cuerpo a cuerpo, del roce, del sol sobre la piel. Cuando Suleiman se dedica a salir a pasear y a explicarles a todos lo que hacen mal, está mirando desde otro lado. Se nota. La distancia del recurso cómico que manejó siempre para hablar de Palestina funciona porque es una distancia dolorosa, porque en el fondo es una no-distancia: es absurdo, es gracioso y es doloroso porque uno no puede separarse de lo que ve. En cambio, mirando desde una vereda de Nueva York o desde una ventana de París, estamos del otro lado del vidrio: juzgamos sin incomodidad y sin pena, nos reímos de otros que nos son ajenos. Que son menos que el que mira.

Un ejemplo simple de esto que me viene a la mente tiene que ver, en realidad, con una escena que no es quejosa sino placentera: me refiero a la secuencia musicalizada con Nina Simone en una vereda de París: el palestino Suleiman babéandose por las bellas y etéreas (y diversas) parisinas, que se pasean por la calle como por una pasarela y exhiben toda su inalcanzabilidad frente al viejo canoso y pétreo que las observa desde atrás de una mesita de café. La secuencia es linda, está bien planteada, pero se agota rápido y no dice mucho en realidad. Pruebe el lector comparar esa escena con esa belleza pequeña y breve que es la secuencia en la que Suleiman, todavía en Nazareth, se cruza con una mujer que camina entre las hileras de un cultivo. Es otra cosa. A la mujer casi no llegamos a verla, la escuchamos primero, viene tapada, no lo mira al personaje, y sin embargo la belleza de esa escena es cautivadora. Hay algo en el sol, en el modo en el que suenan esos pequeños tintineos, en el pavonearse de la mujer descalza, que uno puede prácticamente oler, sentir en los poros de la piel.

El paraíso de Suleiman es Palestina.

Todo esto, sin embargo, si uno quiere ponerse exquisito. Porque la realidad es que probablemente De repente, el paraíso sea la mejor película que toque las pantallas de nuestras salas en mucho tiempo. El uso que hace Suleiman del encuadre, de los tiempos, de las expresiones de su rostro casi inalterable, cada elemento particular, la importancia prestada a cada gag, la divina atención a la comedia, todo eso es único, es mágico, debería verse en pantalla grande y probablemente sea mejor que cualquier otra cosa que se estrene en 2020.

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