El hilo fantasma (Phantom Thread)
EE.UU., 2017, 130′
Dirigida por Paul Thomas Anderson
Con Daniel Day-Lewis, Vicky Krieps, Lesley Manville, Richard Graham, Bern Collaco, Jane Perry, Camilla Rutherford, Pip Phillips, Dave Simon, Ingrid Sophie Schram

El ojo de la aguja

Por Marcos Rodriguez

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Es curioso constatar cómo, de un tiempo a esta parte, las películas que piden ser vistas en una sala de cine pueden clasificarse en dos extremos opuestos y curiosamente complementarios: son las películas grandes y las películas chicas. Como si el cine existiera ya solo entre dos abismos infinitos: lo gigante y lo minúsculo.

Las películas grandes son, por supuesto, los tanques de distintas formas, casi las únicas películas que ganan plata con las entradas que cada uno de nosotros paga para ir a verlas en una sala, esas películas que dependen del hecho de lograr arrastrar a las masas cada vez más aisladas y disgregadas hasta una butaca y, por lo tanto, recurren a toda la paleta de recursos disponibles para hacer que la experiencia de ir al cine (como lugar) resulte significativa. Las otras, las chiquitas, muchas veces no logran llegar a una sala de cine (excepto, tal vez, en festivales), pero no por eso exigen menos aquella misma sala que transforma la experiencia de ver una película en otra cosa. Una de estas películas, por suerte, sí llega a nuestras pantallas: El hilo fantasma, la última genialidad de Paul Thomas Anderson.

Cuando hablo de películas chicas, no me refiero a películas de poco presupuesto (no cualquiera puede pagarle a Daniel Day) ni tampoco necesariamente de poca visibilidad (sin ir más lejos, El hilo fantasma estuvo nominada a los premios Oscar como mejor película, mejor director, mejor banda sonora, mejor actriz de reparto y mejor actor protagónico, si bien solo lo ganó por el mejor vestuario, casi un chiste). Estas películas son chicas en la medida en la que se enfocan y encuentran su corazón en el trabajo sobre los elementos mínimos. Mejor dicho, elementales. O, más todavía, esencialmente cinematográficos.

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El hilo fantasma existe dentro de lo que podríamos llamar una paradoja del hiperrealismo. Por un lado, la atención que la película concentra en los más pequeños detalles (en este caso, de la alta costura) resulta en una especie de realismo amoroso que se pega a los hechos, a la minucia de una profesión, a cada puntada y su hilo. Por otro lado, el control de los elementos cinematográficos que despliega Paul Thomas Anderson le permite a su vez lograr que esos cuidadosos detalles, retratados con paciencia y parsimonia, se carguen de varios significados simultáneos, que coexisten y flotan por sobre el plano como una serie de pliegues o capas de tela: superficie, forro interior, y vaya uno a saber cuántas capas intermedias. Este manejo del detalle tiene por detrás, por supuesto, una tradición clásica que lo sostiene, pero Anderson lo lleva mucho más allá.

Un simple ejemplo (entre tantos) es la escena en la cual, en la primera noche de conocerse Woodcock y Alma (nombres simbólicos de trazo grueso y humor grueso), este le toma las medidas, ayudado por su hermana recién llegada. Hay algo rigurosamente detallado en esa escena, incluso en sus escasos diálogos. Hay algo también muy seco: Woodcock empieza a soltar números y ni siquiera aclara (no necesita hacerlo) qué es lo que está midiendo; hay una repetición, un profesionalismo en cada gesto. Tomar medidas (cinematográfico, fascinante) es el vehículo con el que se construye un pequeño diálogo de seducción: los roces, las sonrisas, las miradas de reojo, los pequeños comentarios mala onda de Woodcock que todavía parecen simpáticos. Alma parece dejarse seducir por este hombre mayor que casi la secuestró de su trabajo de moza en una posada de campo para convertirla (de la noche a la mañana) en musa de alta costura. El baile de gestos y cinta medidora también articula ese ida y vuelta en el que Alma le permite a ese hombre acercarse a su cuerpo, y a la vez lo atrae hacia sí. Pero también, por sobre este baile de a dos, ocurre un baile de a tres: Cyril, la hermana, anota las medidas a un costado, mira impúdica cómo ellos dos se seducen, marca su territorio frente a la nueva mujer de la casa (recién llegada pero, lo sabe, ya instalada). Woodcock no le presta atención, Alma no puede dejar de mirarla, Cyril los analiza. Todo sin dejar nunca de anotar la larga y precisa lista de números que componen el cuerpo de Alma.

A estas alturas, Anderson puede posar el ojo en lo que quiera y hacer con eso lo que se le dé la gana.

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Desde sus inicios Paul Thomas Anderson ha sido un director de actores, un director enamorado de sus actores, un director dispuesto a entregarles su película para que ellos brillen en el centro de un artefacto siempre complejo, siempre definido por el uso de la cámara, por el movimiento del y en el plano. Esos actores pueden ser grandes y prestigiosos como Daniel Day-Lewis o Philip Seymour Hoffman o aún no (parcialmente) reivindicados como Adam Sandler o Tom Cruise. Todos conviven en su filmografía, todos tuvieron varios de sus mejores momentos dentro de sus películas.

En El hilo fantasma esa entrega parece haber alcanzado nuevas esferas. Algo de eso lo habíamos visto perfilado ya en The Master e Vicio propio, películas que parecían girar sobre un vacío imposible de llenar, pero anclado fuertemente en las figuras de Seymour Hoffman y Joaquin Phoenix. Con EHF el vacío se nos presenta lleno, saturado, desbordante de Daniel Day-Lewis. Woodcock y su arte, Woodcock y su oficio, Woodcock y su encanto, Woodcock y su vello facial, Woodcock y su alma. El propio Anderson ha declarado en varias entrevistas que la colaboración con Day-Lewis incluyó una buena parte del trabajo sobre el guión, si bien el actor se negó a figurar como guionista. Es Daniel Day-Lewis quien llena el plano con su actuación y con su presencia (como pasa también con Vicky Krieps y fundamentalmente con la enorme Lesley Manville), y sin embargo pocas veces hemos visto a Day-Lewis tan contenido y parco.

Todo en El hilo fantasma se teje alrededor de su figura, para que podamos ver y conocer a Reynolds Woodcock, quien a la vez nos resulta terriblemente opaco y muchas veces francamente desagradable, aunque envuelto siempre en la fotogenia de Day-Lewis. Podemos amar, compadecer y odiar a Woodcock porque la película se toma el tiempo para recorrer sus minucias, sus subidas y bajadas, sus rutinas y sus exabruptos, sus obsesiones (que pueden tomar la forma del mechón de pelo de una madre muerte) y sus maltratos, incluso hasta los sufrimientos de su sistema digestivo.

La obsesión con la que Anderson retrata la obsesión, la meticulosidad con la que Day-Lewis construye la meticulosidad, la manera en la que la cámara nos envuelve con el suave toque de un pedazo de tela que se debe manejar con cuidado y coser siempre a mano, cada uno de los detalles y componentes que hacen a El hilo fantasma terminan por conformar una película seductora y desconcertante, que nos atrapa y nos sacude, que nos arrastra con la dulce repugnancia de lo irresistible. Una película que, hecha de cine del más puro, puede encerrar a la vez todo y nada.

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