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Para Chiara

Por Fernando Luis Pujato

A Chiara
Italia, 2021, 121′
Dirigida por Jonas Carpignano
Con Swamy Rotolo, Carmela Fumo, Claudio Rotolo, Rosa Caccamo, Grecia Rotolo, Salvatore Rotolo, Vincenzo Rotolo, Silvana Palumbo, Giacinto Fumo, Concetta Grillo, Antonio Rotolo Uno, Giuseppina Palumbo, Giorgia Rotolo, Antonina Fumo, Carmelo Rotolo

Hacia algún otro lugar (tal vez)

La organización criminal ‘Ndrangheta se ha convertido, paulatinamente a partir de los 90, en la más poderosa de Italia y de gran parte de Europa; ciertamente hay contactos con la mafia siciliana, debido sobre todo a la proximidad geográfica entre Calabria y Sicilia, aunque ambas operan independientemente. Se calcula que el 3,5% del PBI italiano proviene de esta mafia, principalmente del tráfico ilegal de drogas, y también de emprendimientos aparentemente legales como la obra pública -nada nuevo bajo el sol italiano-, restaurantes, supermercados, y afines. La sutil pero marcada diferencia con la mafia tradicional estriba en el método utilizado para su continuidad pues la ‘Ndrangheta recluta a sus miembros a través de lazos consanguíneos directos lo cual contribuye a una cohesión familiar mucho más aceitada de lo normal y por lo tanto dificulta enormemente investigarla y actuar en consecuencia; es cierto que esto ya se encontraba en la saga de El Padrino, de Francis Ford Coppola (1972-74-76) pero solo era nítidamente visible en la familia Corleone, aunque también esta reclutaba miembros que no pertenecían a la familia nuclear. Normalmente se espera que los hijos de ‘ndranghetisti sigan los pasos de sus padres, pasando por un proceso de aprendizaje durante su juventud para convertirse en jóvenes de honor (picciotti onorati) antes de formar parte activa de la organización como hombre de honor (uomini d’onore). El hecho de que jueces y fiscales italianos con una alta calificación en sus exámenes puedan elegir su desplazamiento, si deben trabajar en Calabria generalmente -aunque no siempre y no todos, por supuesto- solicitan un desplazamiento fuera de la región. Esto, sumado a la complicidad de funcionarios públicos y fuerzas del orden en general -algo que conocemos bastante bien en nuestro continente- obviamente no ayuda para intentar erradicar, o al menos, atenuar, los efectos de esta mafia cuyas actividades económicas principales más allá de las locales incluyen el tráfico internacional de cocaína y de armas, estimando los investigadores italianos que alrededor del 80% de la cocaína comercializada en Europa pasa por el puerto calabrés de Gioia Tauro controlado por la ‘Ndrangheta -aunque, al parecer según otras organizaciones europeas dedicadas a la investigación del tráfico de drogas, la penísula ibérica compite con este liderazgo.

El cine, en general, ha intentado desde hace mucho tiempo poner en escena este fenómeno secular de la mafia, esta cuestión de familias, clanes, grupos, pandillas y demás, aunque los resultados han sido y son disímiles, claro. Al cine italiano de las últimas dos décadas en particular no le ha resultado nada fácil filmar dejando de lado el espectáculo hollywoodense y mucho menos desprenderse de la uniformidad,  por lo tanto de la permutabilidad, del  world cine, pero ahí se encuentran Gomorra, de Matteo Garrone (2008) con la tremenda influencia de la Camorra en la vida corriente y cotidiana de los habitantes de la región napolitana o El traidor, de Marco Bellocchio, (2019) y el un tanto inesperado arrepentimiento de Tommaso Buscetta ante el juez Giovani Falcone o La mafia solo mata en verano, de Pierfrancesco Diliberto (2013) con los sentidos e incómodos recuerdos de una infancia permeada por la Cosa Nostra palermitana desde los 70 hasta los 90,  por citar solo tres ejemplos significativos, aún dentro de sus respectivas particularidades, cercanos en el tiempo made in Italia. Por fuera de la espectacularización y de la permutabilidad  también se encuentra Para Chiara; y no importa si forma parte de una trilogía o es una ficción puntual dentro de un filmografía semi documental o lo que fuera, importa, como ha importado siempre, como muestra lo que desea mostrar.

Por fuera del film de Carpignano tanto los padres, como las tres hermanas e incluso tres de los tíos forman parte de una misma familia fuera de la ficción, salvo  Swamy Rotolo (Chiara) todos son no actores o, en todo caso, actores no profesionales  Pero a la familia Guerrasio, la ficcional, la conocemos de inmediato en una larga secuencia donde la hermana menor molesta a la cumpleañera, Chiara oficia de mediadora hasta cierto punto y el padre con las buenas maneras de un padre comprensivo, debe intervenir finalmente para zanjar  la disputa, en un registro habitual por estos tiempos donde la cámara en mano no establece ninguna distancia entre las personas y las cosas -el extraordinario uso de la cámara en mano en Rosetta (1999) de los hermanos Dardene no debería ser la excepción a la regla sino la regla misma- y el espacio se acota a las siluetas de los personajes sea lo que fuera que se encuentren haciendo. En este caso jugueteando sobre las camas y los sillones, en otro caso cuando Chiara se encuentra con sus amigas en el lugar habitual -una suerte de malecón al borde del mar- para, luego de echar a una intrusa por invadir su sitio, buscarla en Instagram amontonándose, literalmente,  y discutiendo si es linda o fea, agradable o no, subiendo alguna, cualquier, foto, y demás habitualidades que les permiten, como a millones de personas minuto a minuto, mostrarse como miembros plenos de una comunidad virtual que ya no parece serlo tanto, precisamente por su feroz habitualidad.. 

Antes, el film comienza con unos minutos de Chiara en el gimnasio donde concurre habitualmente a correr en una cinta. Luego prosigue con el festejo del cumpleaños de Gulia, la hija mayor, en el cual su padre Claudio no se anima a dar el famoso discurso que debería pronunciar en honor a su hija. Hay también un concurso de baile con música de Romeo Santos, Raffaella Carrá, Madame y Gali, ambos rapperos italianos, Roy Paci que mezcla el Calipso, el swing y melodías folk sicilianas y balcánicas, y cosas por el estilo -solo entre mujeres, los hombres jóvenes de la edad de las hermanas, entre 15 y 18 años, digamos, parecen no existir ni siquiera en las conversaciones de nadie- y después del veredicto de quien ha ganado el concurso, comienzan algunas idas y venidas de los hombres mayores, hay discusiones,  el auto de Claudio, estacionado en la calle, estalla, hay corridas, Claudio trepa la pared del fondo de la casa escapándose en la noche cerrada, su esposa Carmela habla con la policía en la puerta de la casa, Chiara pregunta a su madre que sucede y obtiene como única respuesta que deben permanecer tranquilas. La vida aparentemente normal de una familia más o menos acomodada implosiona en un instante y ya nada será igual para ninguno de ellos, sobre todo para la protagonista excluyente de un film anclado no tanto en los vericuetos mundanos de una organización mafiosa particular sino más bien en lo que significa pertenecer a ella.

No transcurre mucho tiempo desde el momento en el cual Chiara decide averiguar quién es realmente su padre y su encuentro con él, Es en este interregno donde Carpignano abandona el registro cerrado y lo abre al insistente periplo de Chiara hacia la casa de su primo quien en un principio se niega a develarle el paradero de su padre, al menesteroso bario de la Ciambra donde Chiara ha visto el auto de su primo y termina por entrar en una casa aparentemente abandonada donde se cocina droga, al malecón donde se encuentra con su hermana mayor que se niega a contarle la verdad, a un paseo en moto con una amiga que culmina en un enfrentamiento a base de tirarse petardos con un grupo de jóvenes romanís de la Ciambra -¿cómo pueden vivir de esa manera si son delincuentes? le dice Chaira a su amiga-, a esa panorámica en el medio de un paisaje desolado y gris donde Chiara se encuentra finalmente con su padre mientras cae una tenue llovizna, al raid nocturno iniciático, se supone, para buscar la droga y pagarla y cortarla y entregarla y escuchar a su padre decir algo así como algunos lo llaman mafia para nosotros es supervivencia. 

Un programa de algún ministerio de Calabria se basa en la búsqueda de una familia sustituta para los hijos de la ‘Ndrangheta que deseen abandonarla, algo que podría permitirle al Estado terminar con la sucesión familiar o al menos comenzar a resquebrajarla, algo que podría permitirles a los que abandonen la familia un horizonte distinto al de un designio por nacimiento. Las opciones de Chiara son la cárcel -ha herido en la cara a una joven romaní con ese petardo tirado al aire casi como al descuido- y luego volver con su familia o la adscripción al programa del Estado calabrés. En el momento en el cual sube al tren con una representante del ministerio Chiara se escapa, vuelve a su casa entrando por el sótano descubierto cuando buscaba a su padre, encuentra a su hermana menor, la alza en brazos y la lleva a la cama, entra al dormitorio de su madre que duerme junto a su hermana mayor, se sienta en el borde de la cama y las mira durante unos segundos. Una despedida finalista. Una decisión terminal. Unos años después no se la ve feliz a Chiara en el tradicional cumpleaños número 18 a pesar del sentido discurso de su hermana sustituta pero sí cuando se encuentran en la calle para continuar la celebración tomando algo con sus nuevos amigos, mujeres y hombres por igual, y sí cuando llega a su nueva casa y la recibe su perro. No se la ve feliz aunque sí un tanto preocupada cuando llega con un poco de retraso la mañana siguiente a la pista donde entrena, tanto que debe disculparse con su entrenador. El plano que toma su cuerpo de espaldas no nos permite ver su rostro, solo su silueta difuminándose en la madrugada en una pista de atletismo al aire libre en algún lugar de Italia, en cualquier lugar. Tal vez, en ese momento, Chiara sea feliz.

Para Chiara

 “Hay otros mundos pero están en este”, Paul Éluard, Donner á voir (1939) 

“Hay otras vidas pero están en ti”, el que suscribe (2022)

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