The Round Number

Por Ludmila Ferreri

Israel, 2021, 60′
Dirigida por David Fisher

Una simple pregunta

1. Estrenada en Bafici 2022, y gracias a una iniciativa de “estrenar” en salas independientes con la lógica de propia de los estrenos comerciales, pero en una menor escala de público aunque sin la “protección” de un ciclo o retrospectiva, The Round Number es una de las películas más ruidosas que podamos llegar a ver en este año. Producida por Errol Morris, montada sobre un puñado de ideas, una cámara, una mínima cantidad de técnicos, menos de una decena de entrevistados, algo de material de archivo y, ante todo, una voz over persistente, que ordena (o cuestiona) el relato, la película de Fisher hace algo incomodísimo para las verdades reveladas de las formas de lo religioso (secularizado) en la vida civil. Se pregunta por el uso político de los números.

2. The Round Number, que podría ser acusada torpemente de negacionista de la Shoah por aquellos que, tranquilidad mediante, prefieren no preguntarse demasiado. El problema es que la pregunta formula Fisher se vuelve insoportable porque su simpleza desarma los mecanismos que signan a los discursos que usan políticamente a la historia. Ahí donde la tranquilidad biempensante demanda verdad, Fisher pregunta por algo más concreto: datos. Y se pregunta algo que no solemos ver cuestionado, justamente por el temor a cualquier deriva que suponga alguna forma de negacionismo: por qué hablamos de seis millones de víctimas para la shoah? Cuál fue la primera? Cuál fue la última? De dónde surge el número? Qué relación hay entre el número y el uso político que hicieron del mismo tanto victimarios como víctimas asi como terceros? Lo insólito de la acusación es que Fisher en ningún momento nos propone nada parecido a una negación de los muertos (que en efecto refleja la verdad incontrastable de los hechos: el genocidio existió y una y mil pruebas lo documentan), no obstante la pregunta por el número provoca reaccionas airadas de toda clase en sus interlocutores, que no soportan la pregunta en cuestión: por qué hablamos de seis millones de muertos?

3. “Importa si fueron 6, 7 u 8 millones?Y si fueron dos? O doscientos mil? O uno? Acaso importa? Lo que importa es que fue un asesinato masivo y murió gente” podemos escuchar pronunciar por varios de los entrevistados de una u otra manera. Pero si no importa, entonces…por qué seis millones? Por qué una cifra que retrotrae a datos que la orgullosa maquinaria asesina del nazismo postulaba como números oficiales? Por qué un número que permite contabilizar, ya desde 1919, a la cantidad de judíos en la diáspora? Por qué ese número con inicio y fin y no otro? Acaso importa? Si el número es redondo, por más que se estime aproximado, si importa. Porque si cada vida vale, cada vida es también, para los números, un hecho, un dato. Y es verificable. “Y para qué querés verificar? Entonces quiere decir que no crees que haya muertos?” podemos oir, y nos retrotrae a la experiencia de nuestros propios muertos, nuestros 30 mil desaparecidos, que también son un número redondo y sacrosanto. Y que cuando es revisado incluso por gente que participó en la investigación que habilitó otras cifras (los 8961 muertos que la CONADEP contabilizara en 1984, para la finalización del informe que conocemos como Nunca Más) se vuelve motivo de acusaciones.

4. Creencia mata dato, parece decirnos Fisher, porque nos refriega por la cara que los datos no proporcionan humanidad la la experiencia de la pérdida y la muerte. De hecho, Fisher no parece buscar los datos para retrucar la existencia de los hechos (eso es lo que hacen los negacionistas), sino para exponer el uso político de los mismos, en una indagatoria que, como toda indagatoria genealógica, incomoda porque cuestiona los encadenamientos de la fe, de la creencia, que son argumentos que nada tienen que ver con la honestidad intelectual y los mecanismos derivados del análisis crítico. Fisher no se pregunta por la veracidad de las muertes, sino por lo que hacemos con los muertos y los modos en los que se los incorpora al relato público que las comunidades hacen para si mismas, para poder posicionarse en relación al pasado, al presente y al futuro. En todo caso, lo inquietante de las preguntas simples que formula el director, es que de no relevar en esas respuestas necesarias (las que le dan voz, voto, entidad, existencia a los números en tanto personas), la experiencia emocional, cuasi religiosa, suple a la experiencia humana, empática. Y ahí donde la primera está determinada por el automatismo de la falta de preguntas -porque la respuesta es obvia-, la segunda nos acerca a las vidas que se perdieron y nos alejan de las formas de la manipulación.

5. Ahí donde el dicho reza memoria, verdad, justicia, Fisher nos recuerda que el recuento de los hechos, al acceso a los datos nos permite entender el modo en el que la ley hizo, hace o debe hacer su trabajo. Y que en un mundo en el que papa noel no existe, es un trabajo duro, pero justo y neceasario el que nos invita a abandonar las creencias para acercarnos a las personas, con un poco más de corazón y menos odio. Curiosamente, gracias a los números.

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