Un día lluvioso en Nueva York (A Rainy Day In New York)
EE.UU, 2019, 92′
Dirigida por Woody Allen.
Con Timothée Chalamet, Elle Fanning, Selena Gomez, Liev Schreiber, Jude Law, Diego Luna, Rebecca Hall, Kelly Rorhbach, Cherry Jones, Annaleigh Ashford, Will Rogers y Ben Warheit.

Si la cosa funciona

Por Ludmila Ferreri

Con el paso de los años el cine de algunos directores experimenta una parábola a veces imprevisible, en otros casos anticipada a una legua de distancia. En esa parábola, sin embargo, el tiempo ocupa una rol central porque es el encargado de hacernos entender si la parábola en cuestión supuso un verdadero cambio o si en realidad quienes experimentamos un cambio real fuimos nosotros y por eso le adjudicamos una cierta dirección evolutiva a ciertas obras. En esa paralaje cinéfila al pobre Woody Allen le tocaron cartas extrañas: director canónico en los 80s (luego de una irrupción con fuerza en los 70s), recién hacia finales de los 90s comienza a ser fuertemente cuestionado, en los 2000s reescribe y reformula (acaso para mal) buena parte de su obra pasada (al punto tal que es descubierto por nuevas generaciones) pero desde finales de la primer década del nuevo siglo al día de hoy (en buena medida como consecuencia de que su obra se volvió centro del desprecio generado por las acusaciones penales sobre la persona, sobre el hombre, no sobre el director) WA se ha convertido en un verdadero paria audiovisual, solo sostenido por sus productores y amigos que siguen apoyando una obra extraordinariamente prolífica (que no buena, ojo).

En esa parábola que mencionábamos al inicio, la obra de Allen pasó de ser contemporánea a una época (los 70s, 80s y parcialmente los 90s) a ser percibida como un poco demodé, cuando no directamente anacrónica, en otro contexto temporal (los últimos 20 años, en los que el cine de Allen parece cada vez más concebido por un extraterrestre y menos por una persona que ha testimoniado el paso de los años y los cambios en las costumbres). Lo interesante es que nada de esto parece afectar en concreto a la obra de Allen, quien sigue con sus obsesiones, con su estilo, con sus temas y decisiones como si nada pasara en el fondo. Esto, que bien podría ser un gesto reaccionario, también puede ser leído en otra dirección: WA representa un mundo anacrónico porque no pretende ser asimilado al presente. En alguna medida como si hubiera aprendido del protagonista de su película Medianoche en París. No solo no se puede vivir obsesionado con el pasado sino que tampoco se puede vivir obsesionado con el presente, determinado por las agendas de turno. Allen, en este orden de cosas, se comporta ya no como un viejo conservador y reaccionario sino como un hombre de su tiempo. Y en el presente en el que su obra se siente viva, inteligente, burbujeante, es en el de los años 70s, 80s y 90s.

Asi como buena parte de los films recientes del director bien podrían leerse como manotazos desesperados en busca de un horizonte que lo recupere con sus mejores épocas es en las películas pequeñas en donde debemos buscar mayores libertades. Un día lluvioso en NY funciona en ese orden de lectura, porque se evidencia un film melancólico que no hace más que exhibir personajes de un mundo que ya no existe. Ninguno de esos personajes que habla de manera artificiosa parece salido de un mundo real. Algo de ese artificio es lo que hace que el mundo falso, superficial, snob, pretencioso que muestran los personajes no nos moleste del todo porque en el fondo estamos ante una película que los revela como lo que son: estrategias desesperadas para encontrar felicidad en el mundo, contacto con el otro. La liviandad con la que Allen cuenta esta necesidad de los personajes de encontrarse a si mismos (intelectuales que no quieren serlo, personas superficiales que ocultan dolor, personas que no están contentas consigo mismas y solo pueden sostener una máscara) parecía haber quedado olvidada en películas anteriores. Y solamente la presuntuosa trascendencia de films a la larga olvidables (como la sobrevalorada Blue Jasmine y Wonder Wheel) terminaba por hacernos olvidar que el mejor cine del director está en el reconocimiento de los personajes. Por eso películas como Coffee Society y Un día lluvioso en Nueva York destacan: no por ser películas testamentarias, finales, solemnes, cerradas sobre si, sino películas sobre la apertura al mundo, sobre los sueños pero también sobre las ilusiones perdidas. Quizás el director no sepa decirnos otra cosa que el mundo que alguna vez él conoció y con el que interactuó como contemporáneo era un mundo en el que esos principios eran determinantes. Y que frente a esos valores lo único que puede hacerse es encapsularse en las experiencias pasadas, como una forma de exorcizar sentirse fuera.

En Un día lluvioso en Nueva York los personajes realizan un tránsito que evidencia el autoreconocimiento, si. Pero también la pertenencia. Todo el recorrido (determinado por la melancolía del naranja de Storaro que no es otra cosa que el naranja del crepúsculo, de algo que empieza a decaer e irse) que los personajes hacen gira en torno a las variaciones del reconocimiento. Por eso la película comienza como una comedia veloz y superficial para derivar a una comedia amarga con el centro puesto en la imposibilidad de ser feliz si no se produce un encuentro entre personas que no se sientan parte de un mundo en el que puedan compartir cosas. Lo interesante es que Allen demuestra que eso no es ni tan fácil ni tan simple. Y que la vida dista de ser como en el artificial mundo de las películas (aqui plenamente justificado y no un tonto guiño cinéfilo). Por eso la llegada hacia el final se vuelve emocionante. En uno de los pasajes el personaje de Selena Gomez le indica al protagonista una frase que es clave: “La vida real está muy bien para quien no puede conseguir algo mejor”. Y es que contrario a una pose conservadora, el viejo director nos recuerda que se puede construir una vida y un mundo más allá de nuestras posibilidades. Pero que también es bueno aceptar los límites de lo real. Esa idea, que no tiene nada de vendedora, de popular ni de contemporánea (en donde el límite es el cielo y no hay permiso para el fracaso) es el gran gesto de resistencia de un director que hace varias décadas decidió quedarse a vivir en el único mundo que conoce. Y cada tanto nos invita a pasar.

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