Las calles
Argentina, 2016, 81′
Dirección: María Aparicio.
Con Eva Bianco, Mara Santucho, Gabriel Pérez, Luna Barone, Maximiliano Buss y Renzo Fernández.

Tramas cruzadas

Por Marcos Rodriguez

El encanto de Las calles proviene de su (aparente) simplicidad. No porque la historia que se narra sea mínima (que lo es) ni porque los personajes y sus acciones se parezcan a las personas que podríamos cruzar cualquier día en Puerto Pirámides. Tampoco se trata de que los hechos que se cuentan en la película hayan ocurrido (con mayores o menores variaciones y simplificaciones) en la vida real de quienes sí viven en esa localidad. La simplicidad de Las calles tiene que ver con una transparencia, por supuesto muy trabajada (como siempre pasa en el cine), que se relaciona con la forma.

El argumento tiene sus atractivos: una maestra de pueblo que involucra a sus alumnos adolescentes en un proyecto cuyo objetivo es otorgar un nombre a las calles innominadas por las que circulan todos los días. Para hacer esto, deben realizar una serie de entrevistas con diferentes habitantes del pueblo, para que ellos les cuenten su historia y vayan sugiriendo a su vez nombres que creen que merecerían ser recordados a través de una calle. Lo atractivo del argumento es que sirve, a través de una serie de secuencias y escenas levemente descentradas, para articular múltiples historias que hacen al pasado de ese pequeño pueblo pesquero. Las calles no es una historia de Puerto Pirámides, pero a la vez lo es.

Ese desgranamiento del argumento es lo que le permite a la película adelgazarse, volverse porosa. La historia principal, que estaría centrada alrededor de la figura de la maestra Julia (interpretada por Eva Bianco, fotogenia pura), nos interesa en la medida en la que está atravesada por muchas otras historias paralelas que nos acercan a un costado más bien documental. Los pobladores y vecinos de Pirámides que hablan frente a cámara y nos cuentan sus historias parecerían ser los propios vecinos del lugar, que se prestaron para esta película, como alguna vez años atrás se prestaron para el proyecto real de nominar las calles de Pirámides.

Hay algo de lo documental inmiscuido en la ficción que le da oxígeno a Las calles y la aleja de un cierto aire de “cine independiente” (los adolescentes, los planos “a lo” Dardenne de personajes que se desplazan de un lugar al otro, el minimalismo argumental como excusa para intentar pescar con redes de mariposa algo de ese inefable “je ne sais quoi” que sería la esencia del cine moderno). No es un juego, sino una realidad de registro: un primer plano frontal mirando a cámara, un poema de amor al terruño recitado con emoción auténtica, unos cuantos planos generales que nos permiten ver y entender un pueblo que iremos descubriendo.

Este elemento de registro real se cruza con una trama que remite a la construcción cívica de una sociedad. La cámara registra a los vecinos hablando sobre sus vidas (personas que, como dice el personaje de Bianco, no nacieron necesariamente ahí, pero hacen a la vida del lugar) no por simple placer antropológico (aunque algo de eso habrá) sino también porque el gesto de los chicos de salir a recuperar el pasado de quienes hacen al pueblo tiene que ver con una toma de conciencia, que es la base para la construcción de una identidad. Darle nombre a las calles no es (solo) el resultado de un simple crecimiento demográfico: identificar y reconocer el pasado de esas calles construye ese pueblo como algo más que un amontonamiento de viviendas. Una trama los une. Esa trama es la comunidad de Puerto Pirámides, que en la película sella su pacto con un simple y rudimentario gesto democrático: todos se acercan a la escuela para votar qué nombres deberían llevar las calles del pueblo. No se trata de elegir entre los nombres más bonitos para que aparezcan en un mapa: las calles son lo que nos une y nos da forma.

La verdadera intuición de Las calles no es haber acercado la cámara a la gente y registrado lo que tenían para decir. El gesto de esta película es haber sabido absorber ese mínimo acto cívico y darle forma. Es precisamente el gesto democrático el que hace que la película carezca de un verdadero centro, más allá del institucional: la historia de Julia en realidad no es la de Julia (de hecho, conocemos las historias de los demás, pero no la de ella), el protagonismo frente a cámara se dispersa, no solo cuando tenemos a un entrevistado, sino también en el deambular de los adolescentes, que alternativamente y sin un orden aparente, van acaparando la cámara, que los acompaña en sus actividades y sus movimientos. Ni siquiera el acto institucional concentra toda la atención: la película abre y cierra con dos secuencias preciosas y detallistas de pescadores que realizan su trabajo, ya sea en el mar o en la orilla. Todo puebla la pantalla sin jerarquías o subrayados evidentes. Aunque, por supuesto, hay una trama detrás de todo esto.

No es fácil tomar unas elecciones comunales y convertirlas en cine. María Aparicio, con su ópera prima, lo ha logrado.

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